domingo 29 de enero de 2012

Tránsitos: Un enfoque holístico


Es un texto perteneciente a Stephen Arroyo, muy útil para la comprensión del trabajo con los tránsitos.


Una proliferación de libros sobre tránsitos, que intentan reducir el significado de cada tránsito a un prolijo párrafo de predictibilidad explícita ha tenido el efecto colateral de animar a muchas personas, especialmente estudiantes primerizos de la astrología, a tratar de interpretar diversos tránsitos de manera aislada, independientemente del contexto del mapa íntegro. De esta manera, creo que vale la pena contrarrestar esa tendencia con unas pocas observaciones y unos pocos hechos que son pertinentes para comprender los tránsitos.

En primer lugar, tenemos que reconocer que la astrología como se expresa en los libros, conferencias y diálogos de consultas, usa palabras para tratar de acercarse a la vida. A lo sumo, usar las palabras correctas con el conocimiento correcto podría aproximarse al significado de la vida, pero nunca lo atrapará. La vida no puede encapsularse en prolijos parrafitos de otras tantas palabras. De modo parecido, en la mayoría de los casos que he visto, los párrafos que dan muestras de explicar el significado de un tránsito dado no llegan habitualmente a describir la realidad de la experiencia de la persona. Los libros, en su mayoría, no dan en el blanco de la realidad esencial, y una de las principales razones –distintas del hecho de que las palabras nunca podrán atrapar la realidad- es que tan raras veces se acercan a los principios fundamentales simbolizados por los planetas involucrados en el tránsito.

Una idea preliminar podría expresarse como línea de procedimiento, para citar a Charles Carter: “Los planetas tienden a funcionar en términos de sus posiciones radicales más que de sus sitios progresados; y esto es cierto, según mi experiencia, en todos los sistemas”.

En otras palabras, necesitamos seguir concentrados en el planeta natal que es transitado, pues ese planeta simboliza nuestra innata armonización con toda una dimensión de la experiencia que tendremos a través de muchos cambios de expresión en una vida, pero que seguirá siendo igual a la parte dominante de nosotros mismos. Por ejemplo, todos los tránsitos de Venus natal se parecen en que todos afectarán invariablemente a nuestra función de Venus y a la dimensión de Venus correspondiente a la experiencia. Todos los tránsitos de Venus tendrán efecto sobre uno o, probablemente, sobre más de los siguientes temas: amor, valores, gustos, relaciones, situación financiera, necesidades sociales y desahogo social, satisfacción personal, etc. En un sentido, no importa qué planeta en tránsito haga que Venus llame nuestra atención, mientras nos llame la atención periódicamente. Cuán exactamente nos llame la atención es muy secundario, aunque tal vez prefiramos mucho que nos llame la atención de  modo jupiteriano más que de modo saturnino. Pero es Venus en nuestro mapa natal el que define cuán bien o cuán fácilmente expresamos a Venus o satisfacemos a Venus, cuán importante es Venus para nosotros, qué casas y signos están involucrados, etc.

Otro hecho que nunca se recalca bastante es que los tránsitos del Sol natal son infinitamente importantes. Los tránsitos del Sol afectan todo, todas las dimensiones de nuestra vida, porque el Sol es nuestra energía vital y nuestra consciencia básica. Tal como el Sol es el centro de nuestro sistema solar, de igual modo los planetas distribuyen, en astrología, la energía solar central. De allí que aunque un tránsito de Marte, Mercurio o Venus no afecte siempre a nuestro yo integral ni a nuestro sentido integral de identidad, confianza y bienestar (depende de cuán fuertes sean los planetas para nosotros), un tránsito de nuestro Sol natal afectará siempre la confianza, la identidad y la sensación de bienestar; afectará siempre a nuestro yo integral y, secundariamente, a nuestro Mercurio, a nuestro Marte, a nuestro Venus, etc. Cuando la fuerza vital disminuye o se expande energéticamente, lo mismo le ocurre a nuestro yo íntegro. Un buen ejemplo de esto es cómo, cuando Saturno está en cuadratura con el Sol natal por tránsito, la felicidad de la persona (Venus), la energía sexual de la persona (Marte) y la vitalidad mental de la persona (Mercurio), habitualmente declinan o disminuyen, al menos en alguna medida, aunque nuestra concentración (Saturno) mejore a pesar del nivel inferior de energía. Pero un Saturno en cuadratura con Venus, Marte o Mercurio tendrá un alcance más restringido de impacto en nuestra vida; quizá toda nuestra sensación de confianza y bienestar (Sol) esté en muy buena forma, a pesar del Saturno en cuadratura con los otros planetas personales.

Específicamente en relación con el tema de los tránsitos, es muy posible que la fuerza y la confiabilidad de los mismos pueda comprenderse mejor e incluso explicarse de algún modo, mediante el concepto del campo electromagnético. En realidad, si, por así decirlo, nacemos con el sistema solar en el instante que está grabado en todo nuestro ser, y que lo impregna, y si esa particular pauta de energía es fundamentalmente nuestra a lo largo de toda nuestra vida, pero sujeta a cambios y fluctuaciones (muchos de los cuales están correlacionados con los planetas en tránsito en el cielo), entonces podemos imaginar fácilmente cómo los tránsitos podrían arrojar a todo nuestro campo de energía dentro de una pauta diferente: posiblemente, a través de este efecto “magnético”. En otras palabras, los tránsitos alteran temporariamente, y en algunos casos hasta deforman significativamente, nuestro campo de energía innata y, de esta manera… nuestra consciencia! Depende de muchos factores cuánto durará esta alteración o esta deformación. En algunos casos, la alteración (o la transformación) parece seguir existiendo permanentemente, con una nueva armonización y con el surgimiento de una pauta enteramente nueva de la totalidad, sobre la base de la pauta vieja pero, sin embargo, fundamentalmente diferente en el modo con que las energías se expresan. En la mayoría de los casos, la alteración o la deformación será relativamente efímera y la pauta original de energía se reafianzará y restablecerá en un lapso.

Ciertos tipos de cura y terapia, como la Terapia de las Polaridades, pueden también ayudarnos a restablecer la pauta básica de modo sano, una vez que pasó un tránsito particular o una pauta de tránsito, aún cuando se acepten y reconozcan todas las transformaciones que puedan haber ocurrido. Sin embargo, cuando incluso un nuevo factor empieza a afectar a nuestro campo de energía, recordemos que el campo íntegro es lanzado dentro de una pauta diferente. Tenemos que aprender a vivir con esa pauta y ajustarnos a ella. Los planetas siguen desplazándose en sus órbitas. Los cambios de la vida siguen llegando y jamás se detendrán. Experimentamos innumerables alteraciones y transformaciones, que en su mayoría no podremos cambiar, afectar ni evitar. Pero nuestra actitud es algo que podremos en alguna medida cambiar, y esto me conduce hacia mi cita final, de un gran maestro espiritual, que es de aplicación para toda la vida y, específicamente, aporta una pauta para el empleo de cualquier método astrológico que se proyecte en el futuro: “El temor a una miseria venidera nos vuelve más miserables que la miseria real, la cual tal vez llegue o no. En realidad, nos causamos más dolor cavilando sobre nuestros problemas imaginarios en vez de apretarnos el cinturón y enfrentarlos con valentía cuando lleguen”.


domingo 15 de enero de 2012

La Difuminación de los Límites


Fragmentos del libro “Los dioses del cambio” (El dolor, las crisis y los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón), de Howard Sasportas. Reflexiones para comprender los tránsitos de Neptuno en la carta natal.


Los tránsitos de Neptuno aflojan nuestro control sobre lo que tiene acceso a la conciencia y lo que permanece fuera de ella. En un sentido, esto significa que la imaginación puede desatársenos sin freno: empezamos a ver cosas que en realidad no existen y creemos que están teniendo lugar sucesos que de hecho son ilusorios. Podemos perdernos en ensoñaciones y fantasías, quedando fuera de contacto con la realidad concreta. Nuestra capacidad de concentración se resiente, es decir que somos menos eficientes en actividades que hasta ese momento ejecutábamos con facilidad. También puede ser que perdamos todo sentido de la proporción en relación con el planeta con que Neptuno esté contactando por tránsito.

El engaño y la deshonestidad también son problemas que se relacionan con Neptuno, merced a la tendencia de este planeta a borrar las distinciones y restar definición. Bajo la influencia de un tránsito de Neptuno podemos ser nosotros quienes engañemos a los demás. Pero un tránsito de Neptuno también puede significar que seamos víctimas del fraude o de la deshonestidad de otra persona.

En otro sentido más luminoso, la tendencia neptuniana a difuminar las fronteras del yo tiene además el efecto de estimular la  imaginación creadora. Nos volvemos más receptivos a lo que se conoce como el “ámbito de lo imaginario” o “ámbito mítico”, es decir, el plano de la existencia donde circulan imágenes, ideas y sentimientos de dimensión universal y arquetípica. En caso de darse alguna forma de canalización creativa, podemos convertirnos en el medio a través del cual estas imágenes puedan ser transmitidas a otros. También los místicos y los profetas de hoy tienen acceso a este ámbito y reciben “mensajes” o visiones que luego comunican al mundo. Pero bajo la influencia de un tránsito de Neptuno, la certeza de estos mensajes depende, de hecho, de la “pureza” del medium en cuanto canal de transmisión. Los prejuicios personales y los complejos emocionales no resueltos (como, por ejemplo, un deseo infantil de omnipotencia) pueden oscurecer o deformar la verdad de lo que está transmitiendo.

Neptuno ablanda el ego y disuelve la separación, lo que significa que somos más sensibles a lo que otras personas sienten. El aumento de nuestra capacidad de empatía puede orientarnos hacia trabajos o actividades tendentes a cuidar de otros menos afortunados que nosotros. Este puede ser un uso constructivo de un tránsito de Neptuno, pero también debemos darnos cuenta de los logros personales que tal vez estemos alcanzando al prestar un servicio de naturaleza aparentemente “desinteresada”. De modo similar, bajo la influencia de un tránsito de Neptuno, es probable que se nos pida que dejemos a un lado nuestras necesidades en interés de lo que quieren o necesitan otros. Aunque esta posibilidad de dar y de comprometerse puede ser el signo distintivo de la madurez, en ocasiones indica una debilidad de carácter que puede ser usada para manipular encubiertamente a los demás. Muchos supuestos “mártires” andan por el mundo cargando con gran cantidad de resentimiento oculto por lo que habrá que analizar tanto los beneficios como los peligros psicológicos de un comportamiento desinteresado manifestado durante un tránsito de Neptuno.


La disolución del yo no significa tener automáticamente una vivencia estática de nuestra naturaleza infinita e ilimitada. Perder las fronteras del ego puede dar en ocasiones la sensación de que uno se reventara por las costuras; perdemos el control de aquello a lo que se permite (o se niega) el acceso a la conciencia y como resultado es probable que nuestra identidad presente sea invadida por partes de nosotros mismos que hasta ese momento habíamos conseguido mantener a raya. La confusión respecto de quiénes somos en realidad nos lleva a no saber ya lo que queremos en la vida. La nostalgia neptuniana por retornar a un estado de bienaventuranza primaria puede conducir también al escapismo, a tendencias suicidas y a la tentación de perder el yo en las drogas, el alcohol o en cualquier circunstancia o persona que se nos presente.

La derrota del ego es una experiencia de abatimiento y de humillación. Cuando Neptuno en transito forma aspectos con nuestros planetas natales, es frecuente que nos encontremos en situaciones en las que no queremos estar, pero que no podemos hacer nada por remediarlo. Con frecuencia nos veremos obligados a reconocer que “ahí fuera” hay fuerzas mayores y más poderosas que nosotros. Descubriremos que en realidad no es en modo alguno el yo quien dirige el espectáculo, sino que a veces él también tiene que inclinarse ante una voluntad superior.

Es frecuente que los tránsitos de Neptuno nos pidan que sacrifiquemos aspectos de nuestra vida y de nuestra identidad que han sido importantes para nosotros. Puede haber personas o cosas que queremos desesperadamente, o que sentimos que necesitamos, pero el cosmos, el hado o nuestro Ser superior – depende de cómo queramos llamarlo – no está dispuesto a concedernos lo que con tanta urgencia deseamos. Aprender a renunciar es una lección neptuniana. Bajo la influencia de ciertos tránsitos de este planeta, podemos encontrarnos con que el mundo se nos desmorona. El suelo desaparece bajo nuestros pies y las estructuras y los apuntalamientos que dábamos por seguros se desploman. Nos sentimos impotentes y a merced de la vida. Mientras esto sucede, es difícil imaginar que de la disolución que experimentamos pueda salir nada positivo. La sensación es más bien la de una maldición que la de una fuerza superior que esté actuando a favor nuestro o favoreciendo nuestro crecimiento. Queremos aferrarnos a lo que se va, atrasar el reloj y mantener las cosas tal como estaban, pero por más que nos esforcemos, nuestros intentos de conseguirlo siempre fallan. Sólo cuando finalmente renunciamos y nos relajamos, creamos la posibilidad de que llegue algo que nos ayude a superar nuestras dificultades y a dar el paso siguiente para entrar en una nueva fase de la vida. Orfeo, el héroe griego, tuvo que aprender esta lección, y la historia de su amor por Eurídice es un ejemplo de lo que puede suceder cuando Neptuno está transitando por nuestra carta.


Neptuno representa aquella parte de nosotros que, en el corazón mismo de nuestro ser, está ávida de disolver las fronteras y las divisiones que nos impiden tener la vivencia de nuestra unidad esencial con el resto de la vida. Para poder hacerlo tenemos que renunciar hasta cierto punto a nuestro ego, es decir, a nuestro sentimiento de ser un “yo” aparte. En sus tránsitos, Neptuno puede aportarnos el tipo de vivencias espirituales o experiencias cumbre mediante las cuales llegamos a trascender momentáneamente nuestra realidad normal de “yo-aquí-dentro” opuesta a “tú-ahí-fuera”, y a tener atisbos de aquella parte de nosotros que es universal e ilimitada. Cuando Neptuno está activo en nuestra carta, estos súbitos avances en la conciencia pueden producirse espontáneamente, en cualquier parte y en cualquier momento, aunque con frecuencia van asociados con ciertos sentimientos o actividades: momentos de serena comunión con la naturaleza, escuchando música, meditando ya sea a solas o en grupo, y otros semejantes.

El deseo de expansión y crecimiento espiritual está siempre dentro de nosotros, pero hay ciertos períodos en la vida en los cuales se activa con más fuerza. Bajo la influencia de los tránsitos de Neptuno, la necesidad religiosa o mística puede ser movilizada por una insatisfacción o una disconformidad creciente con nuestra vida y nuestros logros actuales; quizás hayamos tenido un éxito financiero o social admirable y, sin embargo, nos descubrimos pensando: “Bueno… ¿y qué, eso es todo?”. Vacíos pese a haber conseguido cosas y logros externos, quizás nos encontremos con que la atención se vuelve hacia adentro y buscamos ahora el significado y la realización en el mundo interior del espíritu. 


lunes 2 de enero de 2012

Desintegración y Crecimiento


Un fragmento del libro “Los dioses del cambio” (El dolor, las crisis y los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón) , de Howard Sasportas


Independientemente de que se los atribuyamos al destino o a la actuación de nuestro Ser más profundo, los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón ponen a prueba y desbaratan la identidad actual del yo, o sentimiento de nosotros mismos, para que así podamos volver a “montarnos” de nuevo. Sin embargo, antes de estudiar los tránsitos específicos de estos planetas, necesitamos definir con más claridad la forma en que estoy usando el término “yo” y necesitamos entender la manera en que nuestro yo evoluciona en la niñez.

En general se define al yo como aquella parte de la mente que tiene un sentimiento de individualidad. En otras palabras, el yo es nuestra sensación de ser nosotros mismos, el sentimiento de un “yo-aquí-adentro”. No nacemos con una sensación muy clara de nosotros mismos. En el útero nos encontramos en un estado en que el yo no existe y no tenemos conciencia de nosotros mismos como entidad aparte y diferente. Creemos serlo todo; creemos que somos el universo entero.

Nacer significa “asumir” un cuerpo, y una vez que nos damos cuenta de que tenemos cuerpo, también nos damos cuenta de que tenemos límite; mi cuerpo termina en alguna parte y el tuyo comienza en alguna otra parte. Esto es lo que se llama un “yo corporal”. Con el paso del tiempo adquirimos un “yo mental”: nos damos cuenta de que tenemos una mente que es nuestra, y sentimientos que son nuestros. A veces sucede que la gente comparte nuestros pensamientos y emociones, pero en general lo que pensamos y sentimos no es lo que piensa y siente todo el mundo. Una vez establecido, el yo (nuestra sensación de ser individuos con cuerpo, mente y sentimientos propios) se expande para incluir cada vez más atributos.

Pensamos que somos guapos, inteligentes y simpáticos, o bien que somos estúpidos, inútiles e inadecuados. Tenemos muchos anhelos e impulsos diferentes; sentimos que algunos son aceptables y les damos cabida en la conciencia, pero hay otros cuya presencia nos asusta admitir, generalmente porque el entorno no nos perdona que los tengamos. Así, pues, al empezar a vivir creemos que somos todo, pero gradualmente esa identidad global originaria se va estrechando hasta incluir ciertas cualidades y rasgos excluyendo otros. Nuestro yo es una edición limitada del Sí mismo, formada por aquellas partes de nuestra naturaleza que estamos dispuestos a aceptar.

Nuestro yo es, pues, una especie de línea limítrofe: todo lo que hay dentro del límite lo definimos como nosotros, todo lo que queda fuera es “no-nosotros”. La línea de demarcación más común es la piel: lo que está dentro de mi piel soy yo, lo que está fuera de mi piel es no-yo. Las cosas que están fuera de la línea limítrofe de mi piel pueden pertenecerme – mi coche, mi familia, mi casa, mi trabajo -, pero no son yo.

Sin embargo, el límite de la piel no es el único tipo de línea divisoria que trazamos. También dibujamos límites dentro de nuestra propia piel. Hay cosas que suceden dentro de nosotros que estamos dispuestos a admitir como parte de nuestra identidad, y a otras las mantenemos fuera. Puede suceder que aceptemos la parte de nosotros que es amable y bondadosa, y neguemos aquella que es cruel y destructiva, pero algunos hacemos lo contrario: nos identificamos con lo que tenemos de frío y áspero, y negamos nuestro aspecto más tierno y sensible. De modo que incluso dentro de la línea divisoria de la piel establecemos nuevos límites, nuevas divisiones entre lo que somos nosotros y lo que es no-nosotros. Los junguianos llamarían a esto el límite entre el yo y la sombra, o entre la parte de nosotros mismos de la que tenemos conciencia y la parte de la que somos inconcientes, el límite entre lo que dejamos ver a los otros y lo que mantenemos oculto en la oscuridad.

Astrológicamente, Saturno es el planeta asociado con los límites, y representa la piel que nos separa de lo “otro”. De forma sumamente positiva, Saturno nos ayuda a definirnos y a afirmar, concentrar y  disponer nuestra energía en el marco de formas y estructuras específicas; por mediación de Saturno aprendemos la disciplina y el compromiso. Saturno es también la línea divisoria que trazamos entre la parte de nuestra naturaleza a la que estamos dispuestos a dar cabida en nuestra identidad y la parte a la que queremos prohibir la entrada a nuestra conciencia. En este sentido, Saturno simboliza la necesidad que tiene el yo de estructurarse –el sistema de las defensas del yo-, una dinámica existente en todos nosotros y que construye y procura estabilizar y mantener el status quo de nuestra identidad restringida. Por ello, Saturno puede expresarse negativamente, desautorizando lo nuevo y forzándonos a defendernos –a defender lo que pensamos, lo que sentimos y cómo nos comportamos- de maneras rígidas y anticuadas.

Cualquiera que esté familiarizado con la estrategia militar sabe que una línea limítrofe es una frontera, y que las fronteras son potencialmente frentes de batalla. Es en las fronteras donde se libran las guerras. Tan pronto como creamos fronteras –entre nosotros y los demás, o entre las facetas de nuestra naturaleza que reconocemos y expresamos y aquellas otras que negamos como propias- también creamos la posibilidad de guerra y conflicto entre los elementos existentes a cada lado de la frontera.

Urano, Neptuno y Plutón son enemigos de las fronteras y, en este sentido, son anti-Saturno. Cuando estos planetas transitan por la carta, amenazan nuestra identidad, porque sus energías destruyen los muros que ha levantado el yo, socavan la frontera entre nosotros y los demás y nos hacen tomar conciencia de nuestra esencial unidad con la totalidad de la vida (a esto es especialmente adepto Neptuno), de nuestra interconexión con todo. O, lo que es aún más importante, destruyen los límites entre aquello de lo cual tenemos conciencia en nosotros mismos y aquello de lo que somos inconcientes o que negamos, de modo que nos vemos forzados a admitir concientemente los aspectos de nuestro psiquismo que hemos mantenido en el exilio. Saturno se esfuerza por mantener el status quo, intenta que las cosas sigan siendo como siempre, pero no lo consigue. No importa que nos decidamos a cambiar o que nos hagan cambiar; los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón son un reto para nuestra antigua manera de ser y nos obligan a cartografiar nuevamente las fronteras de nuestra identidad.



miércoles 21 de diciembre de 2011

El Tesoro Escondido


Reflexión para comprender los tránsitos de Plutón en la carta natal, extraída del  libro “Los dioses del cambio” (El dolor, las crisis y los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón), de Howard Sasportas. 


El inconciente no es un mero almacén de complejos emocionales negativos y de nuestros impulsos primitivos negados, sino también nuestra reserva de potencialidades aún no desarrolladas y de rasgos positivos que esperan que los reconozcamos, trabajemos con ellos y los integremos. Plutón era el dios de los tesoros enterrados, y un viaje al interior de lo que hay enterrado en nosotros sacará a la luz riquezas ocultas, de algunas de las cuales quizás ignorábamos hasta la existencia.

Antes de analizar con más detalle este aspecto de los tránsitos de Plutón, es necesario que examinemos más de cerca la dinámica de la evolución del yo y del mecanismo de la represión en general. Llegamos a este mundo en un estado de desvalimiento total; sin el amor de una madre o una cuidadora, no sobreviviríamos. Para ganarnos este tan necesario apoyo, pronto aprendemos a ocultar, suprimir o negar totalmente aquellas partes de nosotros mismos que el ambiente no aprueba, generalmente – y especialmente – nuestros impulsos agresivos y sexuales. Este proceso puede ser representado de la siguiente manera:


                                 Impulso     à         Angustia   à        Mecanismo de defensa

Todos tenemos ciertos impulsos que nos dan la sensación de que no son aceptables para el medio. Como tememos perder el amor de los demás, nos angustiamos por esos impulsos y nos defendemos de ellos. La represión es uno de los mecanismos de defensa que empleamos, pero hay muchos otros. De esta manera el ego, el sentimiento de ser “yo”,  se forma generalmente incluyendo los impulsos y las características que el medio acepta y excluyendo los que desaprueba.

Sin embargo, nuestros impulsos sexuales o agresivos no son los únicos mal mirados. También es posible que las personas de quienes dependía nuestra supervivencia fueran ambivalentes ante nuestros rasgos más positivos, como la energía, la curiosidad o la espontaneidad innatas, o que los desaprobaran. Si de niños sentíamos que el ambiente no aprobaba estas cualidades, nos habremos angustiado y habremos procurado negar también estos rasgos. Es decir que los desterramos de nuestra identidad conciente y nos convertimos en lo que se conoce en Análisis Transaccional como “el niño adaptado”. Cultivamos un falso yo, que se podía mostrar al mundo. Y después de un tiempo nos olvidamos de lo que hubo originariamente allí y llegamos a creer que el falso yo es lo que realmente somos. Al hacerlo, nos quedamos con una sensación de estar incompletos, alienados de partes de nuestro propio ser y fuera de contacto con nuestra totalidad.

Los tránsitos de Plutón derriban las fronteras del falso yo y  permiten que lo que hay oculto en nosotros se incluya en nuestra identidad, y por consiguiente nos dan la oportunidad de integrar potencialidades positivas que antes habíamos negado.

El psicólogo humanista Abraham Maslow veía muy claramente la forma en que reprimimos nuestra potencialidad creativa y acuñó la expresión “complejo de Jonás” para describir el miedo a nuestra propia grandeza: “Tememos a nuestras posibilidades más elevadas (del mismo modo que a las inferiores). Generalmente tenemos miedo de llegar a aquello que podemos atisbar en nuestros momentos más perfectos, en las condiciones más perfectas y de mayor coraje. En esos momentos cumbre disfrutamos de las posibilidades casi divinas que vemos en nosotros mismos y hasta nos sentimos fascinados por ellas. Y sin embargo, simultáneamente nos estremecemos de debilidad, espanto y miedo ante esas posibilidades”.

¿Por qué habríamos de temer a nuestra propia grandeza? Una razón es el miedo a la responsabilidad. Si reconociéramos plenamente nuestros talentos, recursos y habilidades potenciales, tendríamos que cargar con el peso de tener que hacer algo para cultivarlos. Preferimos entonces no saber para no tener que asumir la responsabilidad de lo que allí pueda haber. Otra razón para negar nuestra plena potencialidad podría ser que tememos el poder que nos daría reconocerla. Ya no podríamos seguir siendo “pequeños”, pero ¿usaríamos con prudencia nuestro poder o abusaríamos de él? O quizás temamos que si llegamos a estar realmente en contacto con nuestra grandeza, los demás nos envidiarían y se resentirían por nuestros logros.

Los tránsitos de Plutón, al hacernos más concientes de lo que hay oculto en nosotros, pueden exigirnos que nos enfrentemos a estos miedos para llegar a convertirnos en lo que realmente somos.

domingo 11 de diciembre de 2011

Los Tránsitos de Urano


Fragmento del libro “Los dioses del cambio” (El dolor, las crisis y los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón), de Howard Sasportas


Todos tenemos un Sí mismo, un Ser nuclear que guía, regula y vigila nuestra evolución. El Sí mismo dispone el tipo de situaciones y de circunstancias que necesitamos para crecer y evolucionar, pero la mayoría de las veces no tenemos conciencia de esta parte de nosotros, que hace su trabajo sin que necesariamente sepamos qué es lo que se propone. Sin embargo, durante un tránsito de Urano es posible tener un atisbo del mecanismo con que funciona. Se levanta un velo que nos permite tener una imagen más amplia de nuestra vida. Con esta perspectiva, alcanzamos a ver el verdadero significado de lo que en cualquier momento dado nos está sucediendo y de la dirección en que el Sí mismo intenta que vayamos. Una visión uraniana nos aclara los pasos que debemos dar, o la acción que es necesario que realicemos para cooperar con lo que el Sí mismo nuclear tiene pensado para nosotros. Incluso en medio de crisis y dificultades, si Urano está en juego en ellas por tránsito somos, con frecuencia, más capaces de entender por qué estamos atrayendo sobre nosotros ese tipo de cosas y qué es lo que están destinadas a mostrarnos o enseñarnos… Por contraste, cuando estamos sufriendo crisis que corresponden principalmente a tránsitos de Neptuno o Plutón, es probable que tengamos más dificultad para percibir cuál es la importancia o el propósito de aquello con que hemos de enfrentarnos.

No solamente tenemos un Sí mismo nuclear o más profundo que regula nuestra evolución, sino que muchos astrólogos y filósofos creen que también la totalidad del cosmos se despliega de acuerdo con cierto plan o diseño grandioso. Dicho de otra manera, existe un centro organizador superior de inteligencia creadora que guía y supervisa la evolución de la vida en su totalidad. Acorde con estas líneas, Dane Rudhyar equiparaba a Urano con “el poder de la mente universal”. En ocasiones, por tránsito, Urano conecta nuestra conciencia con el funcionamiento de esta inteligencia superior, permitiéndonos tener un atisbo de su fin y de sus intenciones, y cierta penetración en lo que algunos llaman la mente de Dios. Bajo la influencia de Urano, creemos saber la Verdad, con mayúscula, y de acuerdo con ello es probable que emprendamos ciertas acciones en la creencia de que coinciden con la voluntad de Dios o con la voluntad del cosmos. Sentimos que lo que insiste en que sigamos determinado sendero o plan no es sólo nuestra voluntad personal, sino también la voluntad de Dios. O, como dice Dane Rudhyar: “El individuo transfigurado se ha convertido en el centro focal para la liberación del poder de la Mente Universal”.

Como es obvio, en algunos casos la convicción de que estamos actuando en nombre de alguna autoridad superior y omnisciente contribuye a la arrogancia, la soberbia y el engreimiento, en el mejor de los casos, y en el peor, al comportamiento psicótico. La historia registra numerosas atrocidades e injusticias perpetradas por individuos y naciones que, cegados por la orgullosa convicción de su propia virtud, pretendían ser los agentes de la voluntad divina. Pese a todo ello, no debemos descartar por completo el concepto de una mente universal. Repetidamente, místicos y mentores provenientes de épocas y civilizaciones muy diversas han proclamado la existencia de un elemento superior de unificación que trasciende toda vida y –tal como lo demuestran investigaciones recientes – hay muchos hombres de ciencia que no cuestionarían este punto. Fritjof Capra, físico del siglo XX (Sol en Acuario, Urano en Tauro en casa doce, en conjunción con el Ascendente) dice, respecto de la interconexión intrínseca de todo: “La física moderna revela la unidad básica del universo. Demuestra que no podemos descomponer el mundo en unidades menores de existencia independiente. Cuando nos introducimos en la materia, la naturaleza no nos muestra una serie de elementos básicos aislados que sirven como ladrillos para una construcción, sino que más bien se nos aparece como una complicada trama de relaciones entre las diversas partes de un todo unificado. Tal como lo expresa Heisenberg, el mundo se nos muestra como un complicado tejido de acontecimientos, en el cual se alternan, superponen o combinan diferentes tipos de conexiones, que de esa manera determinan la textura de la totalidad.”

La forma en que Capra presenta la cuestión acepta como válido el concepto místico de una mente universal que vincula y une todo el universo en una compleja trama de relaciones. Nada se puede entender de forma aislada, sino totalmente por su relación con otras cosas. En algún nivel profundo, todos estamos interconectados; la mente y el ser de todo lo que existe forman un entramado inextricable.

Si cada mente está vinculada con todas las demás, no es difícil entender la idea que expresó el filósofo y sacerdote jesuita Pierre Teilhard de Chardin: “Una vez vista, aunque no sea más que por una única mente, una verdad termina por imponerse a la totalidad de la conciencia humana”. El científico británico Rupert Sheldrake propone algo muy similar. Cree en la existencia de campos organizadores invisibles a los que llama “campos morfogenéticos”, que conectan entre sí a los miembros de una especie. Cada vez que uno de ellos aprende algo, el campo morfogenético de esa especie cambia, y ello hace posible que otros miembros de la especie lo imiten. Una vez más, llegamos al concepto de una mente de grupo.

Los tránsitos de Urano pueden activar nuestra capacidad de conectarnos con los mecanismos de la mente universal y de entenderlos, lo que nos permite vislumbrar su intención y su orientación. Cuando así sucede, puede pasar que nos convirtamos en el canal o agente por cuyo intermedio pueda manifestarse alguna idea o tendencia nueva que está en circulación en el psiquismo colectivo. Es obvio que no a todos nos afecta Urano de esta manera.

Independientemente de que creamos o no en el concepto de una mente universal o de grupo, no cabe duda de que los tránsitos de Urano suscitan con frecuencia una mayor conciencia política. Ciertos individuos, al hallarse bajo la influencia de tránsitos importantes de Urano, tienen la visión de sistemas o conceptos nuevos que, en su sentir, mejorarían el orden existente de las cosas, o bien encuentran causas o ideales que, al ser promovidos, constiturían un reto para las estructuras rígidas y anticuadas de la sociedad. De esta manera, Urano es un instigador no sólo del crecimiento y el cambio personales o internos, sino también de la evolución social.

domingo 4 de diciembre de 2011

La Cronología de la Semilla


Fragmento del libro “Los dioses del cambio” (El dolor, las crisis y los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón ),  de Howard Sasportas


La carta natal es un momento congelado en el tiempo, una imagen del cielo tal como se lo veía en el momento y el lugar del nacimiento. Pero los planetas no dejan de moverse cuando alguien nace, y mientras se mueven hacen otras cosas, como completar el círculo hasta volver a donde estaban en el momento del nacimiento, o pasar por encima de la posición natal de otro planeta, o formar una cuadratura (un ángulo de 90°), una oposición (un ángulo de 180°) u otros aspectos con su posición en el tema natal. Los tránsitos muestran dónde están los planetas hoy en el cielo, en relación con la posición que ocupaban en el momento del nacimiento. Las progresiones, que son otra forma de actualizar la carta, representan simbólicamente cómo afectan a la carta natal los movimientos de los planetas después del nacimiento. La carta natal revela qué clase de semilla somos, pero los tránsitos y las progresiones nos hablan del desarrollo temporal de nuestra semilla. ¿Hay algo que está listo para que lo siembren, o algo nuevo dispuesto a crecer? Puede ser que algunas semillas no necesiten más que unas semanas para germinar, pero otras pueden precisar meses, e incluso años, para crecer.

Cada uno de nosotros está en un proceso continuo de manifestación y desarrollo, y yo creo que los tránsitos y las progresiones nos enseñan cuáles son los designios que el Sí mismo – o Ser - más profundo (esa parte de nosotros que guía y va graduando nuestra evolución) nos ofrece como meta en cualquier momento de nuestra vida. El Sí mismo nuclear va activando diferentes aspectos de la psique y de la carta natal según cuál sea el objetivo que hay que alcanzar en cada fase determinada del desarrollo. Los tránsitos y las progresiones revelan qué es lo que el Si mismo quiere que nos suceda, sobre qué intenta llamarnos la atención con el fin de que lo cultivemos. Para cooperar con nuestro crecimiento, con nuestro despliegue interior, es necesario que escuchemos lo que sucede dentro de nosotros. Si lo hacemos, tendremos la vivencia de los tránsitos y de las progresiones con respecto a nuestra carta natal como anhelos e inclinaciones que se originan en el interior de nuestro propio psiquismo.

Sin embargo, no podemos negar el hecho de que con frecuencia los tránsitos y las progresiones se correlacionan con acontecimientos externos que al parecer caen inesperadamente sobre nosotros. Yo creo que estos acontecimientos son manifestaciones externas sincrónicas con los cambios internos que se están produciendo. Dicho de otra manera: el Sí mismo nuclear puede valerse de sucesos externos con el fin de promover el tipo de cambios que necesitamos realizar para convertirnos en aquello que hemos de llegar a ser.

Citando la teoría de Robert Hand, según la cual el tema natal revela las intenciones originarias de nuestro creativo Ser nuclear: “Estoy convencido, aunque no pueda demostrarlo aquí, de que dentro de cada uno de nosotros hay un nucleo creativo que activamente modela el universo, formando cada parte de la nada o habiendo acordado por adelantado, antes de nuestra encarnación física, que jugaremos a cierto juego respetando ciertas reglas. En este esquema, el horóscopo se convierte en un símbolo de nuestras intenciones, no en un registro de lo que vaya a sucedernos. Tal como le gusta decir a la astróloga Zipporah Dobyns, el carácter es el destino.”

Respecto de los tránsitos y de las progresiones, Hand señana además lo siguiente: “Tanto los tránsitos como las progresiones indican las diversas fases de esta intención originaria. Aunque con frecuencia caiga en una formulación causal yo no creo que los planetas causen nada. No son más que signos de la manifestación de la intención originaria, parte de la cual se experimenta como algo que fluye a través de nosotros como voluntad. Esa es la intención de la cual somos concientes. Otra parte de ella se experimenta como algo que viene de afuera, y podemos llamarla hado, destino o circunstancias que escapan de nuestro control. Pero también esto viene desde dentro de nosotros, y lo único que se necesita para saber que es así es una elevación de la conciencia. Una de las funciones de la astrología es, precisamente, elevar de esta manera la conciencia del individuo.”

Si no estamos atentos a la pauta de crecimiento que el Ser nuclear tiene “pensada” para nosotros, o no la respetamos, es probable que atraigamos a nuestra vida circunstancias externas que nos fuercen a cambiar o a adaptarnos. Por ejemplo, cuando Urano en tránsito está en conjunción con nuestro Venus natal, nos ha llegado el momento de alterar nuestras pautas de relación. Si estamos bien sintonizados con nuestro mundo interior, es probable que nos demos cuenta de ello y que podamos hacer lo que sea necesario para respetar este nuevo paso de nuestra evolución. Pero si tenemos miedo o nos resistimos a aceptar los anhelos uranianos que se están haciendo sentir por mediación de Venus, el tránsito puede manifestarse como un acontecimiento externo que nos obliga a cambiar. En este caso, es probable que nuestra pareja nos abandone o trastorne la relación de tal manera que nos obligue a hacer los cambios necesarios en este ámbito de la vida. En otras palabras, con frecuencia el Sí mismo nuclear se valdrá de los acontecimientos para hacernos tomar conciencia de cuál es la forma de crecimiento que espera de nosotros en un momento dado de nuestra vida. Y vuelvo a citar a Hand, que explica detalladamente la relación entre la importancia psicológica de los tránsitos y los tipos de acontecimientos externos que atraemos a nuestra vida: “Lo que sostengo es que en última instancia los tránsitos significan cambios que se producen en el interior del yo; cambios psicológicos, sin duda, pero sólo si ampliamos el significado de lo que normalmente se entiende por psicológico.  Sin embargo, estos cambios interiores se pueden experimentar ya sea como cambios psicológicos en el sentido convencional, como interacciones sociales o como sucesos totalmente externos a nosotros mismos. Un suceso también puede ser percibido como una enfermedad. Proyectamos hacia fuera nuestras energías interiores y las experimentamos en diferentes niveles de la vida. Es importante entender esta idea, porque si uno no comprende de qué manera participa en la producción de un suceso determinado, esto quiere decir que está operando inconcientemente y, por lo tanto, que no tiene el control de las circunstancias.”

domingo 27 de noviembre de 2011

El significado de los tránsitos y de las progresiones


Un fragmento del libro “Los dioses del cambio” (El dolor, las crisis y los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón), de Howard Sasportas.


Si se entienden adecuadamente, los tránsitos y las progresiones permiten que el astrólogo tenga una percepción más cabal del significado más profundo y esencial de una determinada experiencia vital o de una fase de la evolución en la vida de su cliente. El examen de la carta natal de una persona revela de manera clara y concisa cuáles son las partes de su naturaleza que están maduras para ser concientemente integradas, exploradas o transformadas. Una parte importante del trabajo del psicoastrólogo es coordinarse de alguna manera con el Ser nuclear del cliente. Mediante el establecimiento de este vínculo de congruencia con el Si mismo del cliente, es como mejor puede el astrólogo guiar a la persona para que ésta promueva (o coopere con) aquello que el Sí mismo quiere sacar a la luz o hacer conciente en la personalidad.

En psicosíntesis –una rama de la psicología transpersonal fundada por el psiquiatra italiano Roberto Assagioli - se denomina “propósito” al paso siguiente que ha de dar la persona en su evolución. El propósito refleja la intención del Ser nuclear en cualquier momento, y estará relacionado de alguna manera con las preocupaciones y los problemas vitales inmediatos del cliente. Estas preocupaciones inmediatas –o problemas emergentes, como se las llama a veces - reflejarán también los tipos de tránsitos y de progresiones que se producen en la carta del cliente. Cuando examina los tránsitos y las progresiones en una carta, el astrólogo puede formularse las tres preguntas siguientes, para evaluar mejor cuál es la intención del Ser profundo de esa persona en un momento dado:

1                   ¿Qué es lo que está tratando de aparecer o de nacer por mediación del problema emergente?
2                   ¿Qué cualidad o cualidades arquetípicas está tratando de sacar a la luz el Sí mismo del cliente?
3                   ¿Cuál es el paso siguiente que el Sí mismo está tratando de conseguir que dé esa persona?

Aunque Pascal, el escritor y filósofo francés, afirmó que “la rama no puede tener la esperanza de saber cuál es el significado del árbol”, Viktor Frankl, por el contrario, abriga más esperanzas sobre nuestra capacidad de sondear el funcionamiento del Sí mismo. Tras aseverar que los monos utilizados para las pruebas de vacunación antipolio no tenían manera de comprender el propósito de los pinchazos que les aplicaban periódicamente, sostiene que los seres humanos somos diferentes: que nuestro cerebro, más evolucionado, nos permite tomar distancia y reflexionar, preguntarnos por qué está sucediendo algo. Gracias al tema natal y al sistema de los tránsitos y de las progresiones, contamos con una cartografía simbólica que nos ayudará a descubrir significado en las experiencias – tanto de signo “positivo” como “negativo” – que creamos y que atraemos a nuestras vidas.

En ocasiones, lo que se propone el Sí mismo nuclear está bastante claro. Otras veces, las razones de que nos haga pasar por épocas de dolor y de crisis no son tan obvias ni tan directas. Yo no creo que el Sí mismo nos plantee situaciones que nos torturan simplemente porque le divierte ser sádico; no es así como funciona. El propósito del Sí mismo es supervisar y guiar nuestra evolución para que nos despleguemos plenamente; por consiguiente, todo lo que pone en nuestro camino – aún cuando lleve consigo momentos de conmoción, desorientación y traumas – debe tener algo que ver con el proceso de convertirnos, creciendo, en aquello que tenemos que ser.

Nuestro Ser más profundo puede pedirnos que soportemos períodos de dolor y de crisis para así alcanzar ciertas cualidades o rasgos que no llegarían a desarrollarse en nosotros si no nos viéramos frente a esos desafíos. Dicho de otra manera: cuando se lo contempla desde una perspectiva más amplia, la de nuestro despliegue global y nuestro “viaje” individual, el conflicto puede servir a fines creativos y constructivos. Además, si en nuestro crecimiento nos hemos alejado de nosotros mismos, podría ser necesaria cierta dosis de dolor o de conflicto como forma de ayudarnos a recuperar el contacto con la persona que somos realmente, o como manera de volver a llevarnos a nuestro camino, al camino para el que estamos hechos. El dolor es un mensajero que nos dice que las cosas no son como deberían ser. Si durante algún tiempo no hemos sido fieles a nosotros mismos – si hemos descuidado persistentemente las necesidades o verdades fundamentales de nuestra naturaleza – la desarmonía que de ello resulta se refleja en enfermedades, tensión y sufrimiento. No importa que les prestemos atención o no: los síntomas físicos, u otras dificultades vitales, son frecuentemente esfuerzos del Sí mismo por hacernos saber que en alguna parte hay algo que se ha desviado de su camino.

Hay personas que parecen muy felices de vivir o expresar ciertas partes de su carta, en tanto que hacen caso omiso de otras con las que, por la razón que fuere, no se sienten cómodas. En una conferencia sobre el uso de la astrología que dio en la Asociación Astrológica de Gran Bretaña, la astróloga y psicoterapeuta Beata Bishop insistió en las consecuencias de suprimir o negar partes de nuestra carta o de nuestra propia naturaleza. Una de sus clientas era una mujer con el Sol en Leo, la Luna en Aries, Sagitario en el Mediocielo y Ascendente en Piscis. No tenía problemas para vivir sus características de Neptuno y de Piscis, pero no conseguía llegar a un acuerdo con los ardientes anhelos de Aries, Leo y Sagitario, es decir, la parte más extravertida y testaruda de su naturaleza. En la línea de su Ascendente Piscis, continuamente dejaba de lado sus necesidades para dar preferencia a otras personas y centraba su vida en el marido y la familia. Cuando Urano en tránsito por Sagitario entró en conjunción con su Mediocielo, la negación del elemento fuego en su carta se expresó mediante la aparición de síntomas como terribles ataques de pánico, pesadillas y accesos de angustia.

Las deducciones de Beata Bishop sin duda no serán extrañas para cualquiera que haya usado la astrología como instrumento para el counseling: “Me parece que cuando las personas no se parecen a su carta, cuando no expresan en su vida los factores más importantes del tema natal, es fácil que el conflicto que de ello resulte se traduzca en síntomas físicos. La mujer de mi ejemplo pagó un precio relativamente bajo, con sus terrores nocturnos y sus ataques diurnos de pánico, pero las cosas pueden ser mucho peores.

Los síntomas mentales y físicos de esta mujer le estaban diciendo que había perdido el contacto con buena parte de su verdadera naturaleza. El dolor y la incomodidad resultantes le hicieron buscar ayuda. El Sí mismo no tuvo más remedio que recurrir a esos ardides para comunicarle que ya era hora de hacer algún cambio en su vida. No podemos negar que su incomodidad debe de haber sido grande, pero esa misma incomodidad era lo que ella necesitaba para iniciar un proceso de autocuración.


sábado 12 de noviembre de 2011

Destino y Self


Fragmentos del Capítulo 10 del libro “Astrología y Destino”, de Liz Greene.


Como dice Jung: “Lo que le sucede a una persona es característico de ella, representa un patrón que hace que todas las piezas concuerden. A medida que discurre la vida, las distintas piezas van colocándose, una tras otra, en su lugar como si siguieran un diseño preestablecido”.

Cuando la vida nos da un golpe duro e inesperado experimentamos el lado oscuro del destino, lo que los griegos llamaban Moira. Cuando la vida parece dirigirnos hacia una meta y nos hace sentirnos agradecidos a la suerte experimentamos el lado luminoso del destino, lo que la Cristiandad llama Providencia.  El primer aspecto, fielmente reflejado por una imagen femenina primordial, parece implacable, despiadado y sin razón o propósito alguno relacionado con el individuo. Moira, después de todo, traza sus fronteras sin favoritismo, porque se trata de fronteras colectivas o universales, no de fronteras personales o individuales. El segundo, aunque pueda también suponer dolor, en última instancia parece benevolente, lleno de sabiduría y especialmente cuidadoso con el individuo. Frecuentemente ambos aspectos del destino son experimentados a la vez, aparecen juntos, como formando parte del mismo todo, en particular en el trabajo analítico, en el sentido de que las restricciones “injustas”, las lesiones y las pérdidas van comprendiéndose gradualmente como manifestaciones de un patrón interno que se mueve hacia un objetivo y que lentamente va ampliando y enriqueciendo la personalidad. Aniela Jaffe expresa esta coincidencia del modo siguiente:  Básicamente la individuación consiste en el intento necesario y constantemente renovado de fusionar las imágenes internas con la experiencia externa o, dicho de otro modo, es la tarea de haer que el destino actúe sobre nosotros según nuestra propia intención.”

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Una de las definiciones que Jung da del Self es esta: “Como concepto empírico el Self designa todo el rango de los fenómenos psíquicos del hombre. Expresa la unidad de toda la personalidad. Sin embargo, dado su componente inconciente, la personalidad sólo puede ser parcialmente conciente y por ese motivo el concepto de Self es, en parte, sólo potencialmente empírico y no deja de ser más que un postulado.

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En ocasiones, Jung habla del Self como arquetipo, es decir, como uno de los distintos factores ordenadores o conformadores del inconciente. En este sentido, de la misma manera que Moira es un autorretrato del instinto natural primordial que determina los límites de la vida material y que castiga la transgresión de esos límites, el Self, con su impresionante rango de representaciones simbólicas: diamante, círculo, mandala, piedra filosofal, flor, tesoro, andrógino, anillo de oro, etc., es una imagen de aquel instinto individual que guía la evolución en la dirección de llegar a ser la totalidad significativa, única y singular que potencialmente siempre fue y cuyo desarrollo, aún parcial, supone una o varias vidas. Dicho de otro modo, el Self es un imagen del instinto religioso, ese aspecto del psiquismo que aspira a experimentar la unidad con la divinidad. Cuando Jung habla en este sentido el Self es “el” arquetipo, el Gran Círculo que engloba todos los aspectos del psiquismo y los funde en una totalidad única.

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El siguiente párrafo de The Development of Personality refleja lo que ha sido llamado el punto de vista “místico” de Jung sobre el psiquismo:  “¿Qué es, en definitiva, lo que induce al hombre a seguir su propio camino y a separarse de laidentidad inconsciente con la masa como si de una nube de niebla se tratara?  No es por cierto la necesidad porque la necesidad implica a muchos e inclina a refugiarse en la convención, ni tampoco una decisión moral porque un problema de este tipo se resuelve nueve de cada diez veces por una solución convencional. ¿Qué es entonces lo que inclina inexorablemente a la balanza a favor de lo extraordinario? Es lo que comúnmente se llama vocación, un factor irracional que hace que el hombre se emancipe del rebaño y del camino trillado. La personalidad genuina es siempre una vocación y hay que confiar en ella como en Dios… La vocación opera como una ley divina de la que no se puede escapar… El sujeto debe obedecer su ley como si fuera un daimon susurrándole nuevos y maravillosos senderos. Cualquiera con una vocación escucha la voz de su hombre interno: siente su llamada.

Lo que Jung llama “vocación” o “personalidad genuina” supone para el astrólogo una serie de problemas. Jung describe al Self como “la unidad de la personalidad como un todo” y podríamos considerar a todo el horóscopo, no sólo los signos, los planetas y las casas sino tamabién los aspectos, los equilibrios (o desequilibrios) de elementos y cualidades, las fases lunares, en definitiva todos los detalles que componen el arte de la interpretación horoscópica, como su impronta. El Self es, por consiguiente, la carta completa, natal y progresada, pero sea lo que fuere “lo que indica al hombre a seguir su propio camino” no aparece en el horóscopo. Cualquier astrólogo experimentado se ha topado con personas que lejos de manifestar su historia singular y única de su carta natal no se le parecen en nada sino que parecen copias de personajes de revista o televisión, con ideas, creencias y respuestas que son totalmente colectivas. En esos casos podríamos decir crudamente que no hay nadie en casa, es decir que no hay ningún individuo en casa sino sólo un altavoz que va repitiendo los sistemas de creencias y valores familiares y, a un nivel más amplio, las creencias y valores de la cultura prevalente en la que el individuo vive y trabaja. No hay nada en el horóscopo que pueda decirnos por qué una persona no está expresando su horóscopo, eso sólo puede verse desde fuera. El Self no se agota en la totalidad del horóscopo porque es algo más que el horóscopo.

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La mayoría de nosotros vivimos en un estado de gradual aproximación a nuestra personalidad total, primero nos encontramos con ella como “destino”en el mundo externo y sólo más tarde y en ocasiones tras considerables esfuerzos, la vivimos, también como “destino” como aspectos de nosotros mismos. Para el ojo astrológico uno de los rasgos más interesantes del trabajo analítico es que en la medida en la que el individuo va aumentando su conciencia del Self va manifestando más las tendencias descriptas en su horóscopo. Lejos de “trascender” la carta natal el individuo parece encontrarse más a gusto en ella, individuo y horóscopo empiezan a adecuarse y consecuentemente el individuo parece encontrarse más a gusto consigo mismo, con lo que es. Esto, por supuesto, es algo que tiene lugar sin ningún tipo de consideración del tema astrológico… En particular es el signo solar el que parece aumentar su “resplandor”, como si este punto del horóscopo fuera el “receptor” del Self del individuo pero no podemos responder a la pregunta de por qué ciertos individuos eligen hacer el viaje individual y otros no.

Otro problema que también tiene que ver con la relación entre el Self y el individuo que ya hemos considerado en otras ocasiones es ¿por qué una determinada configuración astrológica se manifiesta en una persona en un nivel y en otra en un nivel completamente diferente?  Hay ciertos aspectos del psiquismo que indudablemente pueden alterarse pero otros no.  El ejemplo siguiente ilustra brevemente este último caso. Cuando consideramos una vida desde una perspectiva amplia parece que los límites dados – sea por Moira, la Providencia o el Self - son precisamente los más adecuados para facilitar el desarrollo del individuo. Es difícil de describir a menos que uno lo haya experimentado pero he oído con frecuencia (y yo misma también lo he sentido así) que no conviene cambiar ningún aspecto del pasado porque había algo que es “adecuado”, algo que conduce al presente e incluso al futuro, algo que incluye tanto los aspectos “malos” y “desgraciados”, los “errores” y las “elecciones equivocadas” como los aspectos “felices” y las “elecciones correctas”. Esta experiencia profundamente subjetiva de “ajuste” no parece estar limitada por el horóscopo, más bien es una experiencia sobre el horóscopo, como si en el caso de haber podido elegir uno hubiera elegido precisamente su carta astral. La carta sin embargo no describe detalles mundanos tan precisos [del tipo de los acontecimientos sincrónicos que hemos visto en el capítulo precedente]. El horóscopo puede reflejar el “ordenamiento” de la vida, pero no un ordenamiento que descienda al detalle concreto. Así pues, una vez más nos encontramos con algunos aspectos del Self que van más allá de la carta natal.

miércoles 5 de octubre de 2011

El Karma y la Carta Natal


Fragmentos del libro “Astrología, karma y transformación (Las dimensiones interiores del mapa natal)”, de Stephen Arroyo.

La palabra “karma” la usan de tan distintas maneras los ocultistas, astrólogos y los que se interesan por las leyes universales que guían nuestras vidas que, al considerar la relación de la astrología con el karma, primero de todo debemos aclarar el significado del término.

Básicamente, se refiere a la ley universal de causa y efecto, idéntica a la idea bíblica de que “cuanto el hombre siempre, eso también cosechará”. Esta ley es meramente la aplicación más amplia de nuestras ideas terrenas de causa y efecto; es evidente que nadie que plante hortigas podrá esperar que cosechará rosas.

La ley del karma es similar a la ley de la mecánica newtoniana que declara “por cada acción hay una reacción igual y contraria”. La única diferencia entre la ley universal del karma y la ley física mundana de causa  y efecto es el alcance de la existencia que cada una abarca. La ley del karma da por sentado que la vida es una experiencia continua, de ningún modo limitada a una sola encarnación en el mundo material. La ley universal de karma, pues, podrá verse como un modo de lograr  mantener la justicia y el equilibrio universales. De hecho, es una de las leyes de la vida más sencillas y que lo abarcan todo. Es inseparable de lo que algunos llamaron la “ley de la oportunidad”, o sea, una ley universal que a cada uno de nosotros nos pone en las circunstancias que nos proporcionan las lecciones espirituales exactas que necesitamos a fin de llegar a ser de apariencia más divina.

El concepto de karma se basa en el fenómeno de polaridad por el cual el universo mantiene un estado de equilibrio. Esto no equivale a decir un estado de inercia, sino más bien un equilibrio dinámico, en cambio constante. Inherente a este concepto es la premisa de que un “alma” individual (o un “ente” según algunas escuelas de pensamiento) tiene dentro de sí el poder causal que a su tiempo da fruto, da los “efectos”. La facultad que inicia este proceso es la “voluntad”, y a toda la estructura del fenómeno causal se la llama “deseo”. Al “deseo” puede vérselo como la aplicación de la voluntad de modo tal que dirija la energía de esa persona hacia la manifestación de un impulso o una idea.

Toda la idea de karma es, por supuesto, inseparable de la teoría (o la ley) de la reencarnación. Aunque algunos autores consideraron que karma y reencarnación son metáforas o símbolos de un proceso mucho más sutil que lo que patentiza el concepto popular de estos términos, la mayoría que aceptó las enseñanzas de la reencarnación y el karma como una realidad viva se contenta con el significado tradicional e incluso evidente de estas palabras.

Yogananda estaba también íntimamente familiarizado con la astrología y sus comentarios son dignos de consideración: “Un niño nace el día y la hora en que los rayos celestiales están en matemática armonía con su karma individual. Su horóscopo es un retrato desafiante, que revela su pasado inalterable y sus resultados futuros probables. Pero el mapa natal sólo podrán interpretarlo correctamente los hombres de sabiduría intuitiva; éstos son pocos.”

Como lo mostré muy pormenorizadamente en mi libro “Astrología, Psicología y los Cuatro Elementos”, al mapa natal se lo puede considerar como si revelase el modo de energía del individuo que se manifiesta simultáneamente en todos los niveles: físico, mental, emocional e inspiracional, correspondientes a los cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego.

El sinchit karma, o karma de reserva, no se indica en el mapa natal, puesto que no es asignado a esta vida. De modo parecido tampoco se indica el kriyama karma, puesto que nos parece tener algún grado de libertad, por limitada que sea, en la determinación de qué karma crearemos en el presente. De allí que yo no quiera dar la impresión, hablando de “hado”,”destino” y términos similares, de que nada hay que podamos hacer o ser en respuesta a nuestro karma que cambie nuestras vidas de modo positivo. Por el contrario, aunque el mapa natal muestra al karma y por ende las restricciones que nos atan y nos impiden sentirnos libres, el mapa es también una herramiente que nos permite ver con claridad en qué ámbitos de la vida necesitamos trabajar para que transmutemos nuestro modo corriente de expresarnos. Llegamos a ser aquello en lo que la mente mora. En consecuencia, si podemos alterar sutilmente nuestras actitudes y modos de pensar, no sólo teniendo sino también viviendo un ideal, entonces podremos empezar a liberarnos de la esclavitud y a respirar libremente con el ritmo de la vida.

En verdad, como lo recalcara uno de los más grandes astrólogos del siglo XX –Dane Rudhyar-, los acontecimientos no les suceden a las personas de modo tan importante como las personas les suceden a los acontecimientos. Estas siete palabras sintetizan las posibilidades de nuestro desarrollo espiritual y psicológico cuando nos encontramos con nuestro karma, sea agradable o doloroso. En otras palabras, nuestra actitud hacia la experiencia es el factor crucial. Nuestra actitud sola determinará si, al encontrarnos con experiencias difíciles sufriremos o creceremos aprendiendo las lecciones que la vida nos está enseñando.

Por tanto, el mapa natal muestra nuestras pautas mentales, nuestros condicionamientos pasados, las impresiones y pautas mentales a los que Meher Baba hace referencia como sanskaras. El mapa muestra lo que ahora somos debido a lo que hemos pensado y hecho en el pasado. Estas pautas vetustas y profundamente arraigadas no se cambian con facilidad. No es asunto sencillo cambiar poderosas pautas consuetudinarias a través de la mera aplicación de un poco del anticuado “poder de voluntad”. Estas pautas tampoco cambian en esencia glosándolas con la chiflada jerga de algunas psicoterapias o filosofías de la Nueva Era que infatúan a la gente animándola a que afirme: “Me hago cargo de mi vida; yo hago que todo suceda; ahora sé que me estoy haciendo sufrir; etc.”. La evolución espiritual humana es mucho más sutil que eso. El viejo enfoque de tratar nuestros problemas diciéndonos “donde hay voluntad, hay un camino” se derrumba cuando la exigencia es demasiado intensa. Y el intento de racionalizar nuestros conflictos y crisis espirituales de la existencia sólo cerrará el paso de la corriente de energías vitales por poco tiempo, seguido por una liberación torrencial de energía que pone al descubierto totalmente la superficialidad del escapismo pseudo-espiritual. Las pautas kármicas son reales y potentes. Los hábitos no van a desaparecer de la noche a la mañana luego de una breve incentivación verbal para pensar positivamente. A estas fuerzas vitales se las debe aceptar y reconocer, y prestar la debida atención.

Conocimiento personal y realización personal son preludio necesario de la realización de Dios; pero, en las primeras etapas, quien estudia las verdades espirituales o las formas superiores de la astrología se desanima con frecuencia cuando las nuevas intuiciones respecto de su personalidad le revelan tantos consuetudinarios rasgos, emociones y pautas de orden negativo. Es a esta altura del desarrollo del individuo que gran cuidado deberá ejercitar tanto esa persona o cualquiera –astrólogo u otro- que intente aconsejar o guiar al estudiante. Debe explicarse que tal como, al abrir una puerta, una pequeña hendidura y el dejar que un rayo de luz entre en una pieza oscura revelan toda clase de polvillo en el aire y tal vez otra suciedad que antes no se manifestaba en esa habitación, de igual modo cuando se dan los primeros pasos hacia el conocimiento personal, ya sea utilizando el rayo de luz conocido como astrología u otro método iluminador, el estudiante muy a menudo desarrolla rápidamente una actitud negativa hacia su personalidad, su destino, su mapa natal, etc. Debe explicarse además que, a medida que aumenta la intensidad de la luz, el estudiante tomará conciencia más inmediata aún de sus defectos, debilidades y cualidades negativas, pero a tal conocimiento se le ha de dar la bienvenida como índice de un mayor conocimiento personal y un claro avance evolutivo.

Al estudiante se lo debe animar para que use tal intuición como un acicate para que asuma una clara acción constructiva en la transformación positiva de la vida individual, más que como una razón o una excusa por el temor o la ansiedad. Además, podrá señalársele al estudiante que, a medida que aumenta el nivel de conocimiento personal, a menudo el karma  de esa persona empieza a manifestarse en un nivel más sutil, puesto que ahora se ha franqueado para aprender lo que se debe aprender sobre la personalidad y, por ende, ya no hay necesidad de sacudidas o acontecimientos dramáticos para despertar al individuo del sueño de la letargia espiritual. Como lo señala Carl Jung: “La norma psicológica dice que cuando no se toma conciencia de una situación interna, sucede afuera como destino. Es decir, cuando el individuo no toma conciencia de sus contradicciones interiores, el mundo forzosamente deberá representar el conflicto y partirse en mitades opuestas”. (Aion, pág. 71)

Por tanto, parece seguro decir que un compromiso de desarrollo y conocimiento personales no sólo ofrece la promesa de ayudar al individuo a que en el futuro sea un alma más íntegra, feliz e iluminada, sino también que tal paso empieza a menudo a aliviar mucho sufrimiento en el presente, una vez que la confusión y el desánimo iniciales fueron vencidos.

Así podemos ver que todos tenemos ciertas influencias kármicas que debemos encontrar: todos deberemos cosechar los frutos de lo que hemos sembrado. La astrología, proveyéndonos un mapa de nuestros apegos, problemas, talentos y tendencias mentales, nos ofrece un modo –un paso inicial- no sólo de comprensión de lo que es exactamente nuestro karma en un sentido específico, y de ayuda para que trabajemos con estas confrontaciones dentro y fuera, sino también un modo de empezar a elevarnos por encima y obtener una perspectiva de este karma.

En consecuencia, el mapa natal muestra el pasado uso creativo o el mal uso de nuestros poderes. Si aceptamos la idea del poder de la mente y la voluntad del individuo, entonces deberemos aceptar también que somos responsables de nuestro hado, nuestro destino y nuestros problemas como aparecen en el mapa natal. En un sentido importante, podríamos entonces decir incluso que el mapa natal no muestra sino el karma. En el mapa puede, pues, suponerse que todo brota directamente de nuestras acciones, logros y deseos pasados. Aunque a Saturno  se lo llamó el “planeta del karma”en muchos escritos, esta es una simplificación excesiva. Realmente a la astrología se la podría llamar legítimamente “ciencia del karma”, o sea, un modo de comprender y aceptar nuestras responsabilidades de modo preciso.

En la interpretación de los mapas natales, casi todos los factores pueden considerarse como kármicos o como poseedores de implicancias kármicas. Sin embargo, hay algunos factores astrológicos específicos a los que se debería prestar especial atención en esta clase de investigación.

En tal sentido, para comenzar nos ocuparemos de la Luna.

En la presente vida, la personalidad se construye sobre las bases del pasado. Tal como la cuarta casa está en el fondo mismo del mapa natal, constituyendo la base sobre la que construímos nuestra personalidad operacional íntegra, de igual modo la Luna –que tradicionalmente “gobierna” a Cancer y la cuarta casa que participa del principio análogo- representa nuestros sentimientos raigales acerca de nosotros mismos. El principio de la Luna es similar a lo que muchos psicólogos llaman la “imagen personal”, aunque el sentido del yo representado por la Luna no es tanto una imagen consciente y visual como subliminal, habitualmente una indicación más bien vaga de lo que realmente somos.

Los astrólogos asociaron tradicionalmente a la Luna con el pasado, ya sea meramente el pasado durante esta vida, y conectado con los condicionamientos de la infancia y relaciones con los padres (especialmente la madre), o correlacionado con una comprensión más vasta del pasado en el contexto de la teoría reencarnacionista.

En muchos escritos astrológicos se ha expresado que, mientras la Luna muestra el pasado, el Sol muestra la orientación presente y el Ascendente señala el desarrollo futuro. Sin duda, hay un razonamiento sensato detrás de estos paralelismos y –en un nivel abstracto- son probablemente muy exactos en la mayoría de los casos. Sin embargo, en el presente todo llega junto; lo que hemos sido continúa influyendo en nuestras orientaciones, actitudes y acciones en el ahora. El hecho de cómo nos sentimos respecto a nosotros mismos y qué pautas de expresión sobrevienen más naturalmente y las sentimos más cómodas (la Luna), tienen gran impacto sobre nuestro modo presente de vivir.

Tal como la Luna refleja, en nuestro sistema solar, a la luz solar hacia la tierra, y concentra así la fuerza de vida hacia objetivos prácticos (simbolizados por la Tierra), de igual modo la Luna en astrología representa un reflejo general de lo que hemos sido en el pasado. Es una imagen de experiencia pasada y pautas de conducta asimiladas con las que ahora nos sentimos cómodos porque son familiares y porque –de hecho- hemos ejemplificado esas cualidades en nuestro mismo ser.

En otras palabras, la Luna simboliza –especialmente según la posición de su signo- pautas kármicas específicas, mentales y emocionales, que nos inhiben o nos ayudan en nuestros intentos de expresarnos y ajustarnos al mundo externo. Si los aspectos con la Luna son armónicos, revelan pasados condicionamientos y pautas de reacción espontánea que podrán ayudar a la persona a que se ajuste a la vida y a la sociedad como también a que exprese su yo. Si los aspectos de la Luna están tensionados, simbolizando así ineptitud para ajustarse con facilidad a la vida y/o una imagen personal negativa, estas predisposiciones emocionales deberán superarse. Es importante notar que la Luna simboliza tal reacción espontánea y tales pautas de conducta que estas orientaciones son primordialmente evidentes en la niñez, cuando nuestra conducta es más bien pura y desinhibida. De allí que el signo lunar y los aspectos sean muy inmediatamente eficaces en la primera parte de nuestra vida. A medida que envejecemos, es posible que superemos algunas antiguas pautas emocionales, incluso a punto tal que los bloqueos emocionales que muestre el mapa a través de aspectos lunares ya no tenga significados importantes.

No estoy diciendo que el signo de la Luna cese de ser importante, pues simbolizará siempre un tono dominante en el modo fundamental de ser de la persona. Pero lo que recalco es que los problemas y conflictos asociados con los aspectos de la Luna y con la expresión de las cualidades de ese modo simbolizadas pueden ser superados casi totalmente, o por lo menos ajustarse de manera saludable.

Puesto que la Luna es un símbolo tan complejo y puesto que sus significados son tantos y diversos, el modo más apropiado de explicarlos más es presentar un esbozo esquemático:

1) La Luna simboliza la imagen de uno mismo que una persona ve reflejada en sus tratos con el público. De allí que una Luna tensionadamente aspectada pueda mostrar ineptitud para proyectarse armónicamente a fin de que otras personas respondan de manera positiva. Una Luna aspectada armónicamente muestra, a menudo, que podemos expresarnos armónicamente al tratar al público y que tenemos buen sentido respecto de lo que al público le gusta. (En otras palabras, cuando respondemos intuitivamente a los demás con exactitud, ellos a su vez responden de modo positivo). Por tanto, los aspectos armónicos de la Luna muestran áreas en las que podemos proyectarnos con facilidad a fin de obtener una buena retroalimentación.

2) Una Luna tensionadamente aspectada muestra, a menudo, una imagen personal marcadamente inexacta, pues cómo la persona sienta acerca de sí misma basada en pautas pasadas e identidad pasada tal vez no sea una descripción exacta de la naturaleza verdadera de esa persona en el presente. Esta inexactitud de la imagen personal se refleja, a menudo, en conductas como éstas: tomar las cosas equivocadamente, ser extremadamente sensible, reaccionar en demasía ante bagatelas, vestir de manera que no se adapte a la naturaleza interior y a la verdadera personalidad, estar demasiado a la defensiva.

3) La posición de la casa de la Luna natal muestra el área de actividad de vida en que necesitamos obtener retroalimentación, donde podremos llegar a vernos más objetivamente y donde podremos armonizarnos en un sentido del yo que pueda proporcionarnos tranquilidad interior.

4) El signo de la Luna muestra cómo nos defendemos instintivamente. Por ejemplo, la Luna en fuego reacciona con ira; la Luna en aire, con racionalización,disputas o discusión; la Luna en agua, con retiro o eclosiones emocionales; la Luna en tierra, con aguante.

5) El Signo de la Luna simboliza también un modode expresión que llega naturalmente y un modo de conducta en el que nos sentimos seguros; pues el signo de la Luna muestra una vieja pauta de vida que habitualmente es medianamente cómoda (a menos que los aspectos estén demasiado tensionados).

6) Puesto que la Luna representa fuerte deseo de expresar un modo de ser que es parte natural e íntima de uno mismo, el signo de la Luna muestra también lo que necesitamos expresar a fin de sentirnos bien con nosotros mismos. Como lo expresa Grant Lewi, la Luna muestra el “deseo del corazón”. Los aspectos con la Luna muestran sencillamente con cuánta facilidad podremos expresar este modo de ser y con cuánta facilidad podremos alcanzar esta sensación de bienestar.

7) El signo de la Luna simboliza la aplicación práctica de la energía y la finalidad solares. He aquí porqué un trígono, un sextil o, hasta cierto punto, una conjunción Sol-Luna (lo mismo que tener sencillamente el Sol y la Luna en elementos compatibles) es un aspecto tan estabilizador y potencialmente creativo; pues en estos casos,  la energía solar podrá expresarse fácilmente de modo práctico.

Por todo lo anterior, debe quedar en claro cuán importante son el signo, la casa y los aspectos de la Luna en toda consideración de las revelaciones kármicas del mapa. Probablemente, en el mapa natal no haya otro factor que pueda relacionarse tan inmediatamente con las pasadas experiencias y pautas consuetudinarias. Debemos tener cuidado de no simplificar demás la asociación de la Luna con las vidas pasadas a punto tal de formular declaraciones como ésta: “Bueno, usted tiene la Luna en Leo, de modo que en una vida pasada debió haber sido un actor”. Tales interpretaciones pueden ser ocasionalmente válidas, pero habitualmente no tienen una finalidad constructiva y pueden dar al cliente la impresión de que el astrólogo está tratando sencillamente de impresionar con expresiones sensacionalistas, deducción ésta que tal vez sea muy precisa.

Lo importante en que hay que detenerse es la necesidad que la Luna simboliza en esta vida, y el enfoque más constructivo para interpretar mapas desde el punto de vista kármico es aclarar las motivaciones y las presiones más profundas que la persona sienta pero que no tiene modo de identificar o poner en una perspectiva más vasta.

Al concluir, podemos decir que cada uno de nosotros tiene la oportunidad de armonizar dentro de sí mismo las diversas manifestaciones del universo; y tenemos la oportunidad de aceptar a todos los demás seres humanos, incluso aquellos con los que pulsamos una nota discordante en el nivel de la personalidad.

¿Podemos vivir sin exigir que todas las experiencias y todos los seres humanos armonicen con nuestra sintonía? ¿Podemos hacer evolucionar una conciencia madura y desapegada que nos permita observarnos mientras representamos el papel que nos correspondió en el drama cósmico? ¿Podemos reírnos de nuestra complejidad, de nuestros conflictos y de nuestras incoherencias? Lo que es importantísimo: ¿podemos tener fe de que el universo es armónico y que sólo es nuestra visión estrecha la que ve discordancia?

Las respuestas a estas preguntas determinarán, en gran medida, cómo enfrentamos nuestro karma en esta vida y qué clase de karma estamos creando ahora.