domingo, 10 de julio de 2011

Los Luminares

Hoy comparto con ustedes la Introducción del libro "Los Luminares" (Seminarios de Astrología Psicológica), de Liz Greene y Howard Sasportas, cuya lectura recomiendo de modo especial.


La palabra luminary, de acuerdo con el Chambers Twentieth Century Dictionary, significa, simplemente, "fuente de luz". Describe también a "alguien que ilustra cualquier materia e instruye a la humanidad". Así, en el mundo de la literatura o del teatro, un luminar es alguien de gran talento - un actor como Lawrence Olivier o un escritor como Thomas Mann - que mediante su excelencia define la norma a la que todos aspiramos. Un luminar es alguien que sirve de ejemplo, encarnando lo mejor que se puede lograr.

En una astrología más temprana y más poética, al Sol y la Luna se los llamaba los Luminares o, alternativamente, las Luces. Cabe preguntarse qué son estos luminares, estos "instructores" ejemplares que llevamos dentro y que definen, cada uno en su dominio, la norma interna a la que aspiramos como individuos. En el pasado, la astrología interpretó los emplazamientos planetarios como una especie de dato inamovible, como la forma en que estamos hechos. Del Sol y de la Luna se dice, por lo tanto, que representan las características esenciales que definen de forma irrevocable la personalidad individual. Pero cualquier factor astrológico es también un proceso, porque cuando se lo ve a través de la lente de la penetración psicológica, el ser humano no es algo estático, sino que se mueve a lo largo de la vida en un proceso interminable de cambio y evolución.  Un emplazamiento astrológico describe una flecha que apunta hacia alguna parte, una energía creativa que gradualmente recubre de carne los huesos pelados de la pauta arquetípica, un movimiento inteligente que, con el tiempo, va llenando los austeros bocetos en blanco y negro del mito esencial de la vida con los colores sutiles de la experiencia y de la opción individual. Los luminares son, en el horóscopo, auténticos instructores, que reflejan lo que podríamos llegar a ser un día, presentando de forma simbólica lo mejor que podemos lograr.

Los seres humanos nacemos sin terminar. Comparados con otras especies animales, llegamos prematuramente al mundo, y durante muchos años dependemos de otras personas que puedan asegurarnos la supervivencia física y psicológica. Recién salido del huevo, el pequeño cocodrilo tiene dientes capaces de morder, un cuerpo totalmente coordinado que puede correr y nadar, y un desinhibido instinto agresivo que le permite buscarse la vida y lo protege de otros depredadores. Pero nosotros, el magnum miraculum de la naturaleza, de  quienes  Shakespeare  dijo  que   "lloriqueamos y vomitamos en brazos de la niñera" -desdentados, débiles, descoordinados e incapaces de alimentarnos solos -, somos, al nacer, víctimas potenciales, porque si nadie nos cuidase, nos moriríamos. Expulsados del Edén, que es el útero, sin contar con elementos tan básicos como nuestro propio coche, nuestro propio piso y nuestra propia tarjeta de crédito, necesitamos una madre o una madre sustituta de quien podamos depender, y esta inmediata y absoluta dependencia física da origen a un apego emocional profundo y duradero a esa fuente primaria de vida, apego que no tiene otro contrapeso que nuestros posteriores esfuerzos por separarnos de ella. Y como en el comienzo la madre es todo nuestro mundo, empezamos a percibir el mundo a la luz de nuestras primeras experiencias de ella, y aprendemos a ser nuestra propia madre de acuerdo con el ejemplo que ella nos dio. Si ella es un contenedor seguro que puede satisfacer en la medida suficiente nuestras necesidades básicas - la "madre suficientemente buena" a que se refiere Winicott -, llegamos a ser adultos que confían en la vida y estamos convencidos de que el mundo es, en lo esencial, un lugar que nos apoya bondadosamente, porque hemos aprendido, por el ejemplo de nuestra madre, a ser bondadosos con nosotros mismos y a apoyarnos. Pero si se denigran o manipulan nuestras necesidades o, simplemente, no se hace caso de ellas, entonces nos convertimos en adultos que creen que el mundo está lleno de enemigos de una fuerza y una astucia sobrehumanas, y pensamos que la vida no favorece nuestra supervivencia, porque nosotros mismos no la favorecemos. Nuestra madre nos da el primer modelo concreto del instructivo cuidado de uno mismo que significa la Luna, nuestro primer ejemplo de lo que es posible lograr. Pero la Luna, el luminar que nos enseña a cuidar de nosotros mismos de acuerdo con nuestras propias y peculiares necesidades está en última instancia dentro de nosotros, y puede enseñarnos -si nuestra experiencia inicial no fue "suficientemente buena"- a sanar nuestras heridas, de modo que finalmente podemos confiar en la vida.

La diferenciación de nosotros mismos como entes por derecho propio, relacionados con nuestra madre pero diferentes de ella, es el anuncio de nuestro nacimiento psicológico. Hay algo dentro de nosotros que lucha contra la total dependencia y la fusión de la infancia, y que nos va guiando por el camino largo y espinoso que nos lleva a convertirnos en seres independientes con poder sobre nuestra propia vida. Y esto no es cuestión simplemente de que nos salgan dientes y aprendamos a morder a otros cocodrilos. El Sol, el luminar que nos instruye en los ritos y rituales de la separación, nos atrae con el gran misterio del "yo", la reluciente promesa de una personalidad distinta y auténtica, que sea diferente de las otras y que tenga no sólo el ingenio necesario para sobrevivir, sino también la capacidad de llenar la vida de significado, sentido y alegría. Tal como nos lo presenta el viaje del héroe arquetípico, el pasaje de la dependencia de la madre a una existencia independiente, en lo interior y en lo exterior, está erizado de miedos y peligros. La unidad con la madre es bienaventuranza, es el capullo intemporal y eterno del Jardín del Paraíso, donde no hay conflicto, soledad, dolor ni muerte. Pero la autonomía  y la autenticidad son solitarias, porque, ¿y si nadie nos ama? Además, ¿de qué sirven tanta lucha y tanta angustia si un día, como todas las criaturas vivientes, hemos de morirnos? Al parecer, nuestros maestros interiores, como Marduk, el dios babilónico del fuego, y su oceánica madre Tiamat, están trabados en mortal combate. O, como dice el poeta Richard Wilbur: "Esta planta querría crecer y seguir siendo semilla, / desarrollarse y sin embargo escapar / del destino de adquirir forma...".

Se ha dicho que la historia es el relato del despliegue de la conciencia. Así como nuestra historia personal se inicia con la salida del niño de las aguas uterinas, también la historia mitológica del universo comienza con el dios o el héroe solar que emerge triunfante del cuerpo de la Gran Madre primaria. La batalla del héroe con la madre (el dragón) y su definitiva apoteosis en brazos de su padre divino no son, ciertamente, el final de la historia, ya que en última instancia debe regresar de las alturas olímpicas para unirse, en su condición de ser humano, con su complemento femenino, transformado -merced a los esfuerzos del héroe- de dragón en mujer amada. Pero el héroe solar que llevamos dentro, dispuesto a la lucha durante un tiempo (que es a veces el tiempo de una vida), es ese luminar interior que orienta la emancipación del ego de las compulsiones ciegas e instintivas de la naturaleza hasta que se convierte en "mi" luz, inicialmente solitaria, pero realmente indestructible.

El Sol y la Luna simbolizan dos procesos psicológicos básicos, pero muy diferentes, que actúan dentro de todos nosotros. La luz lunar que nos seduce para hacernos volver a una fusión regresiva con la madre y a la seguridad del contenedor urobórico es también la luz que nos enseña a relacionarnos, a cuidar de nosotros mismos y de los demás, a pertenecer, a sentir compasión. La luz solar que nos conduce a la ansiedad, el peligro y la soledad es también la luz que nos instruye sobre nuestra divinidad oculta y -tal como lo expresó en el siglo XV Pico della Mirandola- sobre nuestro derecho a ser orgullosos cocreadores del universo de Dios. Encontrar un equilibrio viable entre estas dos luces, una coniunctio alquímica que rinda honor a ambas, es el trabajo de toda una vida. La diferenciación del yo a partir de la fusión con el mundo de la madre, de la naturaleza y de lo colectivo nos permite alcanzar la razón, la voluntad, el poder y la capacidad de elegir, y en términos históricos esto ha generado los notables adelantos sociales y tecnológicos de nuestra cultura occidental del siglo XX. Podemos idealizar el distante pasado de un mundo matriarcal más "natural", pero cuando consideramos lo que había entonces para ofrecer -una esperanza de vida de veinticinco años, un total desvalimiento frente a la enfermedad y las fuerzas de la naturaleza y un desprecio absoluto por el valor de la vida individual - podemos apreciar mejor cuál es el don que nos ha concedido nuestro instructor solar durante el largo viaje evolutivo que hemos realizado desde que salimos de la caverna madre. Sin embargo, tal vez hayamos ido demasiado lejos, a expensas del corazón y del instinto; y nuestro ciego maltrato de la madre tierra nos ha llevado al borde de un abismo ecológico. Con los ojos fijos en el resplandor de la luz solar, nos hemos disociado míticamente de la madre en vez de diferenciarnos de ella, y así como una vez estuvimos a su merced, ahora ella está en igual situación ante nosotros... tal como lo están nuestros cuerpos y nuestro planeta. También en nuestra vida personal parecemos estar todavía luchando por conseguir ese equilibrio rítmico que se refleja en la danza cíclica del Sol y de la Luna en los cielos. Jung decía que si algo anda mal en la sociedad, algo anda mal en el individuo; y si algo anda mal en el individuo, algo anda mal en mí. "Mí" se refiere tanto al Sol como a la Luna, dos maestros interiores que, debido a sus peculiares emplazamientos en cada carta natal, nos proporcionan nuestras personales normas de excelencia en lo que se refiere al cuerpo, al corazón y a la mente, y nuestros modelos personales de lo mejor que podemos lograr para el despliegue del espíritu y el alma. Por más poderosos que puedan ser en la carta natal los planetas más lentos, en última instancia son el Sol y la Luna los que deben canalizar y dar cuerpo a esas energías, y modelarlas en la experiencia y la expresión individuales. Entender que el Sol y la Luna son descripciones de rasgos de carácter no es más que empezar a entender la astrología; sin embargo, cultivar lo que simbolizan los luminares de modo que lleguemos a ser vasijas adecuadas para contener lo que hay dentro de nosotros puede ser el mayor reto que hemos de afrontar y el mejor logro que podamos alcanzar en una vida individual.

Liz Greene
Howard Sasportas
Londres, noviembre de 1991


domingo, 3 de julio de 2011

Orientaciones generales para la Interpretación de Júpiter


Texto de Stephen Arroyo perteneciente a su libro “Júpiter, un estudio astrológico”:

Me propongo enumerar de forma muy concisa varias orientaciones generales que considero especialmente útiles para entender a Júpiter en una determinada carta natal. Remitirse a estas orientaciones puede ser un ejercicio particularmente fructífero, ya sea que uno explore el potencial de su propia carta o establezca un diálogo de descubrimiento con un cliente. El lector tendrá que aplicarlas específicamente a cada carta, pero he de subrayar que pueden referirse tanto a la posición de Júpiter por signo como a su posición por casa y aspectos. También debo puntualizar que cualquier factor de la carta que ponga en juego a Júpiter es especialmente importante si se tiene a Piscis o a Sagitario destacado en el tema natal.

Nota del autor: Cada vez que hablo de un “Júpiter fuerte” o uso otra expresión similar, por lo general el enunciado también será válido para quienes tengan emplazamientos importantes en Sagitario o en Piscis.

Júpiter expande el flujo de energía indicado por el elemento en el que se halla emplazado en la carta natal; con frecuencia, basta con acudir concientemente a esta fuente de energía interior para activarla y usarla.

Un Júpiter fuerte se manifiesta generalmente como una personalidad optimista, alegre y animada, y a menudo bastante divertida. El signo de Júpiter suele dar pistas sobre el tipo de humor.

El emplazamiento de Júpiter indica la sensación de significado y de dirección en la vida que puede guiarnos, y señala la búsqueda de una verdad por la cual vivir.

Allí donde se encuentre Júpiter en la carta natal es donde el nativo querrá explorar constantemente nuevos horizontes. Esto es más fácil de hacer en algunos signos y casas que en otros, según cuáles sean las conveniencias sociales, la educación moral, etc. En todo caso, queremos mejorar continuamente en el ámbito de la vida indicado por Júpiter en nuestra carta.

Con frecuencia, el emplazamiento de Júpiter muestra, tras una investigación más profunda y especialmente en el caso de las personas mayores, dónde está trabajando el nativo en el desarrollo de un sistema de valores propio y una comprensión más amplia y profunda mediante el estudio y/o la experiencia.

La posición de Júpiter indica un área de entusiasmo y optimismo, en donde podemos poner fácilmente nuestra confianza en acción. En este dominio, esperamos algún beneficio, y vamos en busca de oportunidades de crecimiento y también de ocasiones de compartir nuestra propia abundancia interior. (Este es un punto importante, dado que Júpiter – un planeta extraordinariamente generoso – no sólo representa recibir de la vida aprovechando las oportunidades, sino también devolver lo recibido, a menudo de un modo que resulte beneficioso para todo el mundo.)

El emplazamiento de Júpiter muestra dónde buscamos experiencia (Marc Edmund Jones) y dónde tenemos la capacidad de sacar partido de las oportunidades (Grant Lewi).

La posición de Júpiter revela dónde nos sentimos liberados de la presión y el miedo y experimentamos la sensación de tener espacio para respirar, expandirnos, crecer y expresarnos. Su emplazamiento (especialmente su signo) nos muestra qué cosas y actividades pueden restablecer nuestra fe cuando estamos bajos de ánimo y ayudarnos así a recuperarnos (Rebecca Wilson).

Júpiter confiere un sentimiento de convicción moral a todo lo que toca y nos proporciona un significado y una motivación para promover ciertas ideas, ideales, objetivos, etc., y para estimular a otros en pos de esos objetivos. En el ámbito de la vida donde está concentrado Júpiter tenemos una fuerte necesidad de abrirnos y ser sinceros.

Júpiter representa un anhelo de dirigirse hacia un orden superior o de conectarse con algo mayor que uno mismo, y este deseo se siente con más intensidad en las áreas simbolizadas por el signo, la casa y los aspectos más exactos de Júpiter.

El emplazamiento de Júpiter indica dónde deberíamos correr riesgos, porque estos son absolutamente necesarios para progresar en cualquier esfera de la vida. La puerta de la oportunidad puede estar ahí esperando, pero hemos de tener el coraje necesario para atravesarla.

La posición de Júpiter señala dónde puede estar la probabilidad de éxito, prosperidad y un rápido desarrollo, porque es ahí donde podemos tener la vivencia de esa generosa energía y donde poseemos una gran capacidad para expresarnos y comunicarnos con la sociedad en general.

El emplazamiento de Júpiter revela dónde podemos desarrollar nuestra confianza en nosotros mismos y nuestra autoestima, aprovechando de un modo activo las oportunidades que se nos presentan, basándonos en la fe en nuestro propio potencial. Esto sólo podemos lograrlo si recurrimos a la fuente de abundancia que llevamos dentro, y concedemos a esta energía, talento o mente superior el espacio necesario para que funcione en nuestra propia vida.

Los niveles de expresión de Júpiter:

El alcance de la expresión de este planeta en la vida de una persona puede ser de una enorme amplitud. Si no se mantiene un diálogo con la persona cuya carta se está considerando, es sumamente difícil establecer de qué modo particular se manifiestan la energía y la función de Júpiter. Las diferentes personas viven en distintos niveles de conciencia y también Júpiter puede funcionar en varios niveles distintos. En realidad, por lo general este planeta actúa por lo menos en dos niveles simultáneamente, ya que es mucho más amplio que las estrechas categorías analíticas del tipo “esto sí, aquello no”.

Por lo tanto, Júpiter puede manifestarse en cualquiera de los siguientes niveles y es probable que también en otros:

En el nivel físico y material: la riqueza, el éxito mundano, la fama, el orgullo, la prosperidad.

En el nivel social y psicológico: comprometiéndose con causas, grandes grupos, la educación, las leyes y otros países y culturas.

En el nivel mítico y arquetípico: las enseñanzas de la mayoría de los caminos espirituales y ocultos; algunas tradiciones psicológicas; los sistemas de creencias religiosas.

En el nivel moral y de mejora de uno mismo: un profundo desarrollo interior y filosófico que trasciende la santurronería y las categorías convencionales y le permite a uno abrirse a la posibilidad de tener la vivencia de una realidad más vasta y abundante como también de una verdad más profunda.

Júpiter en los signos:

En los signos de fuego: La fe interior llega cuando uno es extravertido, entusiasta, autoafirmativo y físicamente activo. Las oportunidades se ven estimuladas cuando uno se arriesga para expresarse e intentar cosas nuevas.

En los signos de tierra: La fe interior se consigue cuando uno está en armonía con el espíritu práctico, la seguridad y las experiencias de los sentidos. Las oportunidades resultan estimuladas cuando uno trabaja duro, asume sus responsabilidades y sintoniza con la naturaleza y su ritmo.

En los signos de aire: La fe interior se ve estimulada por la exploración de nuevas ideas, la comunicación con personas nuevas y el progreso social. Las oportunidades llegan cuando uno expresa sus ideas con entusiasmo e interacciona con los demás en pos de un objetivo futuro.

En los signos de agua: La fe interior resulta estimulada por la profundidad de la experiencia emocional y la expresión positiva de la compasión y la imaginación. Las oportunidades llegan cuando uno se muestra sensible a los demás y cuida de ellos, y cuando sigue intuitivamente sus propios anhelos interiores.

Orientaciones generales para interpretar el emplazamiento de Júpiter por casa:

Sea cual fuere la casa donde esté Júpiter, es ahí donde uno puede cultivar una actitud de amplia comprensión, suponiendo que acepte el reto de explorar ese dominio de la vida con valentía y una gran sinceridad.

Allí donde esté emplazado Júpiter, es el ámbito en el que uno puede experimentar de un modo inmediato la vivencia de la fe, la confianza, la seguridad interior y una sensación de bienestar y prosperidad.

La casa de Júpiter puede señalar un campo de la experiencia que proporcione al nativo esperanza para el futuro, optimismo y un sentimiento de fuerza y resistencia interior.

La posición de Júpiter por casa revela en qué dominio tenemos un modo intuitivo de aprender y sentimos instintivamente cuáles serán las tendencias futuras, lo cual puede llevarnos con rapidez al logro de nuestros objetivos. Debido a esta armonización natural, el emplazamiento de Júpiter por casa señala un ámbito de la vida en donde, con algún esfuerzo, podemos conseguir un crecimiento rápido y una mejora sustancial en muchos niveles, tanto mundanos como personales.

Júpiter expande la atención que debemos prestar al campo de la experiencia simbolizado por su emplazamiento por casa. Si en esa casa hay también otras planetas, invariablemente habremos de concentrarnos con mucha atención y de un modo conciente en esa área de la vida y dedicarle mucha energía.

La casa de Júpiter simboliza un ámbito de la vida en donde buscamos continuamente la verdad y deseamos explorar nuevos horizontes. Es frecuente que tengamos el sentimiento instintivo de que “la verdad nos hará libres”, y de que esa verdad nos ayudará a encontrar el significado y la dirección de nuestra vida; de ahí que haya un fuerte y persistente anhelo de apertura y sinceridad en esa esfera de actividad.

La casa de Júpiter indica un campo de acción y de experiencia en donde uno debe correr riesgos con el fin de fortalecer su confianza y su autoestima, depositando la fe en su propio potencial interior y en los talentos que Dios le ha dado.

La casa de Júpiter muestra un área de la vida en donde estamos siempre motivados para mejorar nuestra situación actual y donde además es probable que haya una evolución y una expansión rápidas, hasta el punto de que en ocasiones lleguen a ser sumamente fructíferas.

El emplazamiento de Júpiter por casa también revela, por consiguiente, dónde se nos ofrece la oportunidad de dar nuestra propia abundancia interior.

La casa donde está emplazado Júpiter representa la necesidad de conectar con un orden más vasto o con algo mayor que nuestro pequeño yo en ese ámbito en concreto; esto explica en parte la frecuencia con que nos sentimos liberados de la opresión y el miedo (y también capaces de respirar con más libertad, de expandirnos y de expresarnos de maneras nuevas e inéditas) cuando participamos con entusiasmo en las actividades simbolizadas por la casa en que tenemos a Júpiter.

Orientaciones para interpretar los tránsitos de Júpiter:

Por tránsito, Júpiter abre las puertas a planes nuevos y nos sintoniza con las posibilidades futuras. Puede inspirarnos y proporcionarnos una nueva aspiración hacia la cual viajar o un objetivo por el cual luchar. Generalmente, confiere además un deso de mejorar cualquier ámbito o dimensión de la vida en que esté “influyendo”. Júpiter nos incita a expandirnos y adentrarnos en dominios nuevos de la experiencia, algo que en general exige una actividad más extravertida y/o un mayor compromiso social de lo que quizás estemos acostumbrados a asumir.

Los tránsitos de Júpiter suelen proporcionar una mayor confianza para realizar aquello que –conciente o subconcientemente – siempre hemos querido hacer, y pueden estimularnos a cultivar una mayor libertad de expresión y darnos “espacio para actuar” con una sensación de liberación que parece un poco embriagadora y sin duda es muy energética. De repente, puede que sea más fácil “hacer lo que nos sale naturalmente” y superar las influencias que nos inhiben. Por ejemplo, es probable que durante algunos tránsitos de Júpiter nos sintamos más libres de expresar dimensiones de nosotros mismos que no se nos permitió expresar plenamente con anterioridad o que están restringidas por nuestro entorno actual, ya sea éste personal o profesional.

Es verdad que los tránsitos de Júpiter proporcionan oportunidades, pero debemos actuar con rapidez porque, si no, la oportunidad se desvanece. Júpiter no es demasiado paciente con las personas temerosas. En realidad, sus tránsitos conducen más a menudo a correr demasiados riesgos que a una moderación cautelosa. En ocasiones, durante los tránsitos de Júpiter las cosas llegan a fructificar, pero en otros momentos la visión inicial de las posibilidades futuras sólo termina por concretarse años más tarde. En todo caso, debemos estar dispuestos a actuar en el sentido que más nos impulse a enriquecer nuestro potencial.

Durante algunos tránsitos de Júpiter, podemos tener una percepción intuitiva de que hay diversas posibilidades a nuestro alcance y sólo hemos de ser capaces de dar un “salto de fe” en esa dirección. Afortunadamente, durante muchos tránsitos de Júpiter contamos con una cierta cantidad extra de confianza y optimismo, que nos permiten poner a prueba esta nueva visión de la vida. Y realmente, si no vamos en pos de un gran sueño durante un tránsito de Júpiter, ¿cuándo tendremos una oportunidad mejor?

Por lo general, cuando Júpiter en tránsito está activo, hay un deseo de ir más allá de nuestros límites actuales, y esta motivación interior es tan válida para las posibilidades de progreso y prosperidad material como para impulsar al máximo nuestro potencial de crecimiento personal y satisfacer nuestra necesidad de expresarnos. Los tránsitos de Júpiter señalan que ha llegado el momento de expandir algún aspecto de nuestra vida.

Nunca sabremos qué beneficios y acontecimientos positivos pueden aportarnos estos tránsitos si no liberamos su potencial, elevándonos por encima del miedo, los hábitos, la falta de seguridad en nosotros mismos y la preocupación. Una sinceridad a veces dolorosa suele ser la fuente adicional de fortaleza que podemos encontrar en esos momentos para enfrentarnos con las posibilidades desconocidas – prometedoras, pero aún así inquietantes – que nos ofrece el futuro. Sin embargo, hemos de tener fe en el axioma bíblico: “La verdad os hará libres”. Y por supuesto que en momentos como éstos debemos recordar que hemos de ser tan implacablemente sinceros con nosotros mismos como queremos serlo con los demás.

Algunas otras manifestaciones comunes durante los tránsitos de Júpiter son: la promoción o el éxito de alguna empresa que ya está en marcha; éxito u honores en el nivel mundano; experiencias religiosas, estén o no relacionadas con diversos compromisos mundanos; viajes, tanto físicos (especialmente los largos, por lo común al extranjero) como mentales, explorando nuevos puntos de vista en cuanto a entendimiento y perspectiva; la publicación y la publicidad o una experiencia satisfactoria de liberación de alguna presión continuada; el intento de asumir experiencias nuevas, con lo que el nativo dispersará sus energías y a menudo desperdiciará sus recursos.

Si de las enseñanzas de Júpiter podemos extraer un optimismo esencial con respecto a la vida y una buena disposición a adaptarnos a la infinita variedad de seres humanos y experiencias vitales, deberíamos ser capaces de completar este viaje a lo desconocido con más alegría, e incluso con agradecimiento hacia el supremo poder que, desde nuestro propio interior, nos sostiene mientras recorremos la senda de la vida llenos de fe en el futuro.



domingo, 19 de junio de 2011

Fragmentos del libro "El Hilo Mágico", de Richard Idemon

Hay un fenómeno al que yo llamo territorio psicológico básico. Me refiero a esto: como probablemente sepáis, todos los animales son territoriales, es decir que si van en manadas, como los búfalos, marcan olfativamente el perímetro de sus fronteras. La manada se las arregla para conocer los límites de su territorio. El territorio es esencial para la supervivencia. Los seres humanos podemos tener menos conciencia de nuestras propias fronteras físicas y de nuestro territorio, pero, sin embargo, son factores tan importantes para nosotros como para todos los demás organismos vivos. Una liebre perseguida por un coyote conoce los límites de su propio territorio y volverá sobre sus pasos, incluso a riesgo de caer entre las fauces del coyote, con tal de no salir de su territorio básico. Lo mismo sucede, en un nivel psicológico, con los seres humanos, que tenemos nuestro propio territorio psicológico básico donde nos sentimos seguros. Esa es nuestra realidad. En general, se basa en un mito, aquel que dice: “Esto soy yo, así son mis relaciones con los demás en el mundo, y esto es lo que el colectivo me reserva”. O, dicho de otra manera: “Este es mi destino” o “Esto es lo que me dicen los dioses”.

Es muy frecuente que estos mitos (la sustancia fundamental que constituye ese territorio psíquico básico) se establezcan muy precozmente en la vida. En psicoterapia, el proceso consiste en identificar la naturaleza de este territorio básico, y una vez que se la identifica, ayudar a la persona a ensanchar sus fronteras o, incluso, traspasarlas. Por eso hay quienes pueden pasarse años sometidos a psicoanálisis o estudiando su propia carta astral, o consultando a todos los “psíquicos” del mundo, sin llegar realmente a cambiar. Y la razón de que no cambien es que la comprensión intuitiva no basta para traspasar las fronteras. Hay alambradas psíquicas… Cambiar es como morir un poco psíquicamente, y esa es una de las razones por las cuales la gente se resiste tan desesperadamente a cambiar. Por lo tanto, tener una comprensión intuitiva no equivale necesariamente a cambiar, pero sí es un buen comienzo, y eso es lo que podemos obtener de la astrología: comprensión intuitiva.

Ahora bien, ¿cuál es la sustancia que constituye ese territorio básico? Pues esa sustancia es el mito, es un material mítico integrado por una combinación de mitos personales, sociales y colectivos o transpersonales. Volvamos atrás en el tiempo y hablemos de los mitos colectivos o transpersonales. Carl G. Jung los denominó arquetipos – o mitos arquetípicos – e incluso les dio nombres arquetípicos como el de la Gran Madre. La madre es una fuerza arquetípica que existe en todas partes, en todas las culturas y en todas las épocas. Su función es nutrir, proteger, dar a luz, ser fecunda. Y puesto que es así para todo el mundo, hay ciertos mitos arquetípicos, universales y colectivos, referentes a cuál debe ser la función de la madre. Son mitos que ya hemos asimilado porque, tal como dijo Jung, nos llegan con la leche materna. Los respiramos con el aire, simplemente porque es una parte colectiva del universo en el que vivimos. Jung trata en sus escritos de una enorme cantidad de esos mitos colectivos, que son su verdadera especialidad.

Después tenemos lo que yo llamo mitos sociales. Todos vivimos en una época y un lugar determinados, con su propia mitología social. ¿Cómo se comportaba una mujer del sur de Estados Unidos antes de la Guerra de Secesión, por oposición a la forma en que se conduce en la actualidad? ¿Cómo actúa una mujer soltera en Grecia, en comparación con la que está casada o es viuda? ¿Hay una gran diferencia cono el comportamiento de una viuda en California o no? Es decir que los mitos sociales provienen de un determinado entorno cultural, de la época y el lugar determinados en los que nace una persona. Y también estos son rasgos que imitamos, aprendemos y asimilamos en nuestros primeros años. ¿Cuál es el papel que desempeña cada cual?¿Qué es ser un hombre y qué es ser una mujer? Y también hay mitos relacionados con las profesiones.

Muy cerca de ellos están los mitos familiares. Cada familia tiene su propia mitología. Ahora nos estamos acercando más al ámbito del que nos hablaba Freud. ¿Quién ostenta el poder en la familia? ¿Quién ofrece apoyo y afecto? ¿Qué significa ser hombre o mujer en vuestra familia? ¿Quién recibe los palos? ¿Cómo está dividido el poder? ¿Cómo expresáis la rabia en vuestra familia? Tal vez el mito familiar sea que la ira destruye y mata, o quizás se considere que sólo la pueden expresar los hombres. Puede que el mito sea que las mujeres subliman su rabia. O bien que a los hombres les corresponde públicamente el poder y que las mujeres deben ejercitarlo de un modo sutil. Es decir que los mitos familiares tratan de temas sumamente importantes.

Tenemos, pues, los mitos colectivos o transpersonales, los sociales y los familiares, además del propio material innato que cada uno aporta a su propia vida. Ya veréis que yo no creo, como muchas escuelas psicoanalíticas sostienen, que nuestra formación provenga totalmente del ambiente, ni tampoco de la herencia. Como astrólogo, no puedo menos que creer que nacemos con algo esencial y propio que se va coloreando y enriqueciendo mediante nuestra interacción con los mitos colectivos, sociales y famliares. Entonces, hemos de reunir y sumar todos estos factores. Si tomamos los mitos colectivos, los sociales y los familiares y la esencia innata de lo que nosotros mismos aportamos a todo ello, veremos que muy pronto en la vida se van formando lo que podríamos llamar mitos personales. Y esta es la sustancia esencial de nuestro territorio básico.

¿La carta astral nos habla de los mitos colectivos, sociales y familiares? A decir verdad, es mucho lo que nos cuenta al respecto. También nos habla de cuál es el aporte innato de la persona al sistema. ¿Nos dice la carta de qué manera el nativo ha juntado todo esto para crear su propia mitología? Pues no, eso no. Entonces, ¿cómo lo descubriremos? Dialogando con él, porque cada persona es una entidad increíblemente única, creativa y original, que tiene su propia forma de reunir y unificar todo eso. El modo en que puede colaborar el astrólogo que cuenta con la adecuada formación psicoterapeútica, o el psicoterapeuta con formación astrológica, es ayudar a que el proceso se encamine con mayor rapidez hacia una comprensión intuitiva más profunda, llegar hasta la naturaleza de esos mitos, y darles nombre.

 

En los fragmentos siguientes, Richard Idemon relata cómo realiza el abordaje de una carta, de acuerdo a su propia metodología. Cabe destacar que "El Hilo Mágico" es un libro que reúne la formación impartida en seminarios de astrología psicólogica dictados por el autor.


La carta astral está tan cargada de información que tendemos más bien a tener demasiada. Entonces, lo que hago es destilar la información hasta reducirla a lo que para mí son las partes más psicodinámicas de la carta, y a eso lo llamo la leyenda. ¿Recuerdan que en la clase de geografía había una clave para explicar que las líneas de puntos eran ferrocarriles y las estrellitas señalaban capitales? Esa leyenda nos daba la interpretación del mapa. De modo que esto es una leyenda, una especie de boceto preliminar. Como un modelo artístico de la condición humana, la astrología debería ser como otras artes, en las que se nos permite hacer un boceto preliminar.

¿No es interesante que los astrólogos levantemos una carta astral, la estudiemos durante dos o tres horas y pensemos que ya estamos preparados y listos para ofrecer a una persona una lectura o una consulta? Yo veo la carta de otra manera y me gustaría ir desarrollándola, capa tras capa, desde dentro hacia fuera, al igual que un artista va trabajando en un boceto preliminar. Se trata de elaborar un bosquejo a grandes líneas de la carta. No es un material para compartirlo con el cliente, sino más bien una manera de concentrarse.

La leyenda se forma a partir de una serie de cosas diferentes de la carta. Hay que descubrir lo que se destaca, lo que es diferente o excepcional, de modo que se trata de buscar anormalidades. No uso este término en el sentido de algo que esté mal, sino de algo que se diferencie de la norma, y que esté compuesto de diversas funciones. Extraigo la información de la carta, que se convierte en parte de la leyenda, y después dejo de lado la carta hasta que venga el cliente. No quiero mirarla, porque los astrólogos tendemos a prepararnos en exceso, hasta el punto de que dejamos de escuchar. Ya nos hemos formado nuestra opinión y la cosa es como un producto terminado.

Los puntos destacados de la carta están formados por varios factores. El primero es lo que yo llamo funciones. Empecemos con las funciones y después ya veremos los otros factores que destacan en la carta, como las configuraciones mayores, los planetas elevados, o los planetas estacionarios. Y veremos las configuraciones de determinados aspectos, profundizando un poco, y algunas cosas más, como por ejemplo el significado del grado. Una vez que tengan esa leyenda tendrán el elemento básico de la estructura.

Empecemos con el uso de las funciones; pero, ¿de qué funciones estamos hablando? En primer lugar, todo en la carta tiene una polaridad. Hablemos de los doce signos. Tenemos seis signos yang y seis signos yin (a los que se suele llamar masculinos o positivos y femeninos o negativos). Yo prefiero usar los términos “yang y yin” porque no llevan implícito ningún juicio de valor ni tienen connotaciones sexistas. Así, pues, tenemos la polaridad. Y también la modalidad, que significa una clase o forma de movimiento. Todos los signos tienen un modo de funcionar característico, que puede ser cardinal, fijo o mutable. El movimiento cardinal es centrífugo, se dirige desde dentro hacia fuera, hacia un objetivo. El movimiento fijo es centrípeto, va hacia dentro, de la periferia al centro. El movimiento mutable es pulsátil y fluctuante, una función de avance y retroceso.

Además de la polaridad y la modalidad, tenemos los elementos, a los que yo me refiero a veces como “tipos”. Los elementos (fuego, tierra, aire y agua) se correlacionan aproximadamente, pero no con exactitud, con las funciones junguianas. El elemento tierra se equipara claramente con la función que Jung llama sensación, y está bien claro que el elemento aire se equipara con la función junguiana del pensamiento. La cosa se nos complica con el fuego y el agua, al igual que se le complicó a Jung, puesto que no llegó jamás a definir con claridad, de un modo que le resultara satisfactorio, qué quería decir al hablar de la intuición. La función del sentimiento parece armonizar bien con el elemento agua, pero cabe preguntarse si “intuición” es la palabra adecuada para el elemento fuego. El propio Jung no pudo nunca decidirlo del todo.

Finalmente, tenemos otra categoría que me gusta utilizar, y que llamo orientación. Las orientaciones son tres: la personal, la social y la universal. Aquí volvemos al asunto del punto de vista del observador. Cada signo, arquetípicamente, percibe el tiempo y se orienta en el tiempo y el espacio de manera diferente. Aries, por ejemplo, se orienta hacia “yo, aquí y ahora”: “Yo quiero lo que quiero cuando lo quiero”. Libra dice: “Yo no sé lo que quiero mientras no sepa lo que tú quieres”, o simplemente: “Quiero lo que tú quieras”. De modo que Libra se orienta hacia “ti” y Aries se orienta hacia “mí”. Piscis dice: “Yo no, aquí no, ahora no”, o sea: “Todos, en todas partes, siempre”. Como podéis deducir, el diálogo entre signos que se orientan de manera tan diferente en el tiempo y el espacio es muy difícil. ¿Han observado cómo parece que el tiempo se acortara a medida que envejecemos? ¿Recuerdan cuando eran niños y esperaban su cumpleaños o la Navidad, y cómo el tiempo parecía que pasaba muy despacio? ¿No es algo sumamente subjetivo? Si lo estamos pasando bien, el tiempo pasa con rapidez, y con qué lentitud y monotonía parece transcurrir si se sienten tristes o aburridos! Así pues, cada signo se orienta de diferente manera en el tiempo y en el espacio.

Empecemos por Aries, el primero de los cuatro signos que yo llamo personales, y recuerden que hablo de ellos de forma arquetípica y no refiriéndome a personas espefícicas. No creo que haya “Virgos” ni “Sagitarios”. Son principios arquetipicos, es decir, cuando hablo de los signos, me refiero a ellos como principios fundamentales de procesos que tienen que ver con todos nosotros. Así pues, la orientación de Aries, Tauro, Geminis y Cancer es: “primero yo”. Son los signos del despertar. Tienden a ser primitivos, sin que eso implique ninguna connnotación peyorativa. Hay algunas bellísimas cualidades que se relacionan con lo primitivo y lo básico. Si algo existe a lo que se pueda considerar instintivo, es probable que se relacione con los dos primeros signos, Aries y Tauro. Su preocupación es “yo” y “lo mío”, en el tiempo y el espacio, y están orientados hacia lo inmediato, hacia el ahora. En su círculo, el entorno es pequeño.

El segundo grupo de cuatro signos está constituído por lo que yo llamo signos sociales: Leo, Virgo, Libra y Escorpio. Aquí la orientación es “yo y tú”. Otras preocupaciones pasan a ocupar el primer plano. El mundo se va ensanchando. Así como el niño empieza a gatear y a dar los primeros pasos y se va desarrollando hasta convertirse en un adolescente y finalmente en un adulto, también el mundo de nuestras percepciones se va ampliando, no sólo en cuanto a lo que vemos exteriormente, sino también en lo que respecta a nuestro interior, o por lo menos, así debería ser. A los signos sociales les interesan las interconexiones, las relaciones sociales, la validación de los demás. Estos cuatro signos actúan de maneras diferentes, como los cuatro signos personales, pero a todos les preocupa lo mismo. A los cuatro signos sociales yo los llamo “signos morales”, no porque siempre se comporten de buena manera, sino porque la moral es el pegamento que mantiene unida a una determinada entidad social. Las normas morales y los tabúes nos vinculan a una comunidad.

El último grupo de cuatro signos es el formado por los signos colectivos o transpersonales: Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Su orientación es “yo y el universo”, incluso hasta el punto de que en los dos últimos signos (Acuario y Piscis) el “yo” desaparece y no hay más que “el universo con el universo”. Aquí el interés se centra en las causas, las teorías, las ideas, los grandes conceptos… Todo se ensancha y se aleja de lo individual, de lo personal e incluso de lo social, razón por la cual no se puede considerar a Acuario un signo social, aunque los textos de astrología digan lo contrario. El signo social de aire es Libra, el que disfruta en las fiestas y relacionándose con la gente, y no Acuario. Arquetípicamente Acuario dice: “Dejen que me reúna con el mundo entero en algún gran nivel cósmico, o déjenme solo”. Y Geminis, el otro signo de aire, dice: “Pero ¿qué tiene que ver todo esto conmigo?” De modo que ya ven cómo cada uno de los signos tiene una orientación muy diferente.

En la evaluación tendremos en cuenta los signos y las casas. Yo no considero que las casas tengan ni modalidad ni elemento, o sea que no creo que haya casas de fuego, tierra, aire y agua. Sé que algunos pueden pensar que es así y utilizarlas en función de ello, y no tengo ningún inconveniente en que lo hagan así. Es probable que más adelante les explique por qué pienso lo que pienso sobre este tema, pero por el momento me limitaré a decir que es así.

Empleo un sistema de cálculo para determinar las funciones dominante e inferior. Asigno un punto a cada planeta y un punto extra al Sol, la Luna y el regente del Ascendente, de manera que al final tendremos un total de trece puntos. Este es un sistema muy subjetivo y lo voy variando constantemente. Hay veces en que añado un punto extra para el dispositor de un stellium o para el regente del Medio Cielo.

No cuento el Ascendente porque sólo tengo en cuenta los emplazamientos planetarios. La razón es que considero que los planetas son energías psicodinámicas. Son los intermediarios entre el colectivo arquetípico de los signos y el arraigo en el mundo de las casas, de modo que sólo cuento los planetas. Tampoco cuento los nodos ni las partes arábigas ni los asteroides.

Contamos los emplazamientos en signos personales, sociales y universales. Hacemos lo mismo con las casas, empezando por las personales (desde la primera hasta la cuarta) y contamos los planetas emplazados en ellas. Seguimos con las casas sociales (de la quinta hasta la octava) y las universales (de la novena hasta la duodécima).

Esta información nos da tantos datos sobre la persona que sólo con estos elementos podemos empezar a hacer a grandes rasgos un análisis preliminar de la carta.

jueves, 2 de junio de 2011

Los Cuatro Elementos: Las Energías Básicas de la Astrología



Transcripción del Capítulo 10 del libro “Astrología, Psicología y los Cuatro Elementos”, de Stephen Arroyo.


Los elementos son en realidad la base misma del Zodíaco y, en consecuencia, de toda la astrología.

Pueden ser descriptos desde muchos puntos de vista y con grandes pormenores, pero necesariamente dista de ser fácil entender, explicar y ejemplificar qué son, de hecho, no menos que las leyes fundamentales de nuestro sistema solar, si no del universo.

Se refieren a las fuerzas vitales que constituyen la creación entera que los sentidos físicos pueden percibir. Es por esta razón que, en la antigüedad, al zodíaco se lo mencionaba como “el alma de la naturaleza”. Por ello, los elementos son no sólo la base de la astrología y de todas las ciencias ocultas, sino que abarcan todo lo que normalmente percibimos y experimentamos. Es cierto que los elementos, si se los considera como factores puramente materiales, simbolizan los cuatro estados de la materia descriptos en la física moderna: la tierra es sólida, el agua es líquida, el aire es gaseoso y el fuego es plasma o energía ionizada radiante. También puede decirse que representan las cuatro necesidades primarias de todo organismo avanzado: aire, agua, tierra (alimento) y fuego (calor). Pero esto solo no empieza a revelar el verdadero significado de los elementos.

RECONOCIMIENTO MUNDIAL DE LOS CUATRO ELEMENTOS

En el mundo, muchas culturas incluyen a los cuatro elementos en sus tradiciones filosóficas, religiosas y mitológicas. Se los nombra con distintos términos: prana, fuerza vital, chi, y otras. Las características esenciales de esta energía fueron idénticas para todas las culturas, aunque hayan variado los nombres dados a la fuerza primaria y a los elementos mismos.

En el Tibet, se construyeron enormes estructuras llamadas “stupas” como símbolos gigantescos de la estructura de la creación. La base del stupa era un gran cubo (que representaba a la tierra), sobre el que descansaba una esfera (el agua), y en la parte superior de esa esfera había una estructura espiraloide (el fuego). Luego en la cúspide misma había una media luna (el aire), en la que descansaba una esferita (el “eter”,vocablo que los tibetanos aplicaban a la fuerza primordial de la que fluyen las demás). El stupa representaba la base de la cosmología tibetana y, en consecuencia, a los elementos se los consideraba como las energías fundamentales del cosmos.

Un concepto similar de los elementos se halla en las sagradas escrituras de la India (como el Bhagavad Gita), y también en la filosofía de la Medicina Ayurvédica india. La filosofía y la acupuntura chinas se fundan en el concepto de los elementos. Como las expresiones tibetana e india de su naturaleza, los chinos hablan de los cinco elementos: “Los cinco elementos: madera, fuego, tierra, metal, agua, abarcan todos los fenómenos de la naturaleza. Es un simbolismo que igualmente se aplica al hombre” (Su Wen). Estos cinco elementos se correlacionan con los cuatro que se usan comúnmente en el mundo occidental, con el agregado del éter. La tradición occidental no menciona habitualmente el quinto elemento, puesto que en realidad es distinto de los otros , de hecho, el origen de los otros cuatro.

La antigua filosofía griega se basaba también en la doctrina de los elementos, que se equiparaban con las cuatro facultades del hombre: moral (fuego), estética y alma (agua), intelectual (aire) y física (tierra). La Europa medieval y del renacimiento importó la idea de los elementos principalmente de los escritos de Galeno y los correlacionó con los cuatro “humores” que, a su vez, dieron origen a los cuatro temperamentos humanos específicos: colérico (fuego), melancólico (tierra), flemático (agua) y sanguíneo (aire).

En el Japón encontramos muchos ejemplos de la importancia que se daba a los elementos. Por ejemplo, en un tratado budista zen sobre Bodhidharma escrito en el año 1004 d.C., nuestros cuatro elementos tradicionales son representados por cuatro cualidades que constituyen la creación: luz (fuego), levedad (aire), fluidez (agua) y solidez (tierra).

Los elementos están intrincadamente entretejidos con la mitología. En el antiguo Sumer, donde la religión abarca todos los aspectos y actividades de la vida, las deidades más importantes guardaban correspondencia con los elementos: Anu, los cielos (aire); Enlil, la tormenta (fuego); Ninhursaga, la tierra y Enki, las aguas.

Los ejemplos anteriores revelan cómo a los elementos mismos –como al zodíaco- se los consideraba no sólo como una realidad vital de la que los pueblos antiguos tenían que ocuparse, sino también, en realidad, como el fundamento de la realidad misma.

CLASIFICACION DE LOS ELEMENTOS

Tradicionalmente, a los elementos se los dividió en dos grupos, considerándose al fuego y al aire como activos y autoexpresivos mientras que a la tierra y al agua se los consideró pasivos, receptivos y autorepresivos. Estos dos grupos son los mismos que las divisiones básicas de la filosofía china: yin (agua y tierra) y yang (aire y fuego). Son también idénticos al concepto griego de las dos expresiones de la energía: apoloniana (fuego y aire, que activan y concientemente forman la vida) y dionisiana (agua y tierra, que representan las fuerzas que se manifiestan más inconciente e instintivamente).

Esta diferenciación es de gran importancia en un enfoque holístico de los mapas natales. Debo recalcar aquí que ahora nos ocupamos de los principios básicos solamente y que una referencia a agua y tierra, por ejemplo, como “autorepresivo” o “inconciente” de ningún modo indica que las personas cuyos mapas natales tengan muy acentuados estos elementos sean necesariamente limitadas en conocimiento particularmente más “reprimidas” que cualesquiera otras. Estos términos se refieren más al modo de operar de estas energías y al método de autorealización que a una generalización específica que pueda aplicarse al azar a todas las personas de cierta categoría.

Por ejemplo, los signos de agua y tierra son más autorepresivos que los de fuego y aire en el sentido de que viven más dentro de sí mismos y no se permiten proyectar su energía esencial hacia fuera sin buena cantidad de cautela y previsión. Los signos de fuego y aire son más autoexpresivos, puesto que siempre “están haciendo salir”, derramando sus energías y sustancia vital sin reservas: los signos de fuego mediante acción directa, y los de aire mediante interacción social y expresión verbal.

EL ELEMENTO FUEGO

Este elemento se refiere a una energía radiante universal, una energía que es excitable, entusiasta y que, a través de su luz, aporta color al mundo. A este elemento, Carl Jung lo correlacionó con la esencia dinámica de la energía psíquica, la energía que fluye espontáneamente de modo inspirado, automotivado. Se puede equiparar al elemento fuego con la “experiencia centrada en la identidad personal”. Y esto explica por qué las personas con los signos de fuego dominantes en sus mapas son tan autoconcentradas y habitualmente más bien impersonales. Se creen canales de “vida” y no pueden ocultar fácilmente su orgullo acerca de este hecho.

Los signos de fuego son ejemplo de espíritus elevados, gran fe en sí mismos, entusiasmo, fuerza sin fin y honradez directa. Necesitan mucha libertad a fin de expresarse naturalmente, y por lo común se aseguran ese espacio mediante tenaz insistencia en su punto de vista. Los signos de fuego pueden también dirigir su energía concientemente (aunque no siempre con coherencia) mejor que otros signos. Su voluntad de ser y de expresarse libremente es más bien infantiloide en su simplicidad, cualidad que a veces parece cautivas a los demás, pero que en otras ocasiones parece ofensiva para los más cautos y sensibles.

Los “defectos” de los signos de fuego se manifiestan raras veces como resultado de malas intenciones, sino más a menudo simplemente a través de falta de control personal y sensibilidad hacia los demás. Aparecen más bien como tozudos, hasta abrumadores en ocasiones, abalanzándose sobre las cosas con tal apresuramiento que sin intención causan destrucción o hieren sentimientos de los demás.

Los signos de fuego tienden a ser impacientes con las personas más sensibles o amables, especialmente las que son dominantemente agua y tierra. Los signos de fuego creen que el agua los extinguirá y la tierra los ahogará, y a menudo se resienten por ello de la pesadez y el emocionalismo de estos signos. Los signos de aire, por otro lado, apantallan las llamas del fuego suministrando nuevas ideas que la persona del signo de fuego puede activar. Por esta razón al fuego generalmente se lo considera compatible con el aire, pero debe señalarse que los signos de fuego son con frecuencia demasiado ardientes e impacientes para que el delicado sistema nervioso de los signos de aire los tolere largo tiempo. De hecho, aunque los signos de fuego a menudo sean estimulados por los signos de aires, se cansan y aburren fácilmente con observaciones intelectuales que puedan representarse más bien rápidamente.

EL ELEMENTO AIRE

Es la energía vital que se asoció con la respiración y con lo que los yoguis llaman “prana”. El reino del aire es el mundo de las ideas arquetípicas detrás del velo del mundo físico, la energía cósmica concretada dentro de las pautas específicas del pensamiento. Se asocia con líneas geométricas de fuerza, que funcionan a través de la mente, la energía que modela las pautas de las cosas venideras. Mientras los signos de fuego se interesan por querer que algo sea, los signos de aire enfocan su energía en ideas específicas que aún no se materializaron y – concentrándose en estas ideas – aseguran que a su tiempo se materialicen. De allí que, aunque a los signos de aire a menudo se los acuse de soñadores sin practiciad, representan un papel en la concreción de la creación en el más amplio nivel social, pues sus ideas pueden a su tiempo entrar en contacto con las vidas de millones de personas.

Se equipara al aire con “la experiencia en su interés por las relaciones teóricas”. El énfasis sobre la teoría y sobre los conceptos de la vida por parte de las personas de signos de aire conduce a que encuentren el modo más compatible de expresión en el aire, en las palabras y en el pensamiento abstracto. Los signos de aire tienen la aptitud de desapegarse de la experiencia inmediata de la vida diaria, permitiéndose así obtener objetividad, perspectiva y un enfoque racional de todo lo que hacen. Este desapego también les permite trabajar con eficacia con toda clase de personas, pues no creen necesario comprometerse mucho con las preocupaciones o emociones de las demás personas. Los signos de aire son, de hecho, los más sociables de todos en el sentido de que pueden apreciar objetivamente los pensamientos de otras personas sin entrar a considerar si están de acuerdo con ellas.

Naturalmente, si los signos de aire se ocupan en demasía de sus ideales abstractos y teorías, pueden desequilibrarse mentalmente y entregarse a toda clase de excentricidad y fanatismo. A menudo carecen de emoción profunda y de aceptación de las limitaciones del cuerpo físico. Pueden sobrevalorar la competencia intelectual y rehusar enfrentar el hecho de que las ideas deben ser puestas a prueba para determinar si funcionan, antes de que pueda atribuírseles gran valor. El pensamiento es una fuerza tan dominante en las vidas de los signos de aire que son más fácilmente amenazados si se ignora sus opiniones o se desacredita la calidad de su intelecto. Y por supuesto, los signos de agua y tierra son los que más probablemente desvalorizan las ideas de los signos de aire, pues esas ideas por lo común no resisten la prueba de hondura emocional y practicidad sobre las que agua y tierra insisten. Por su parte, los signos de aire no quieren ser confinados por las limitaciones de la tierra ni desean que su leve libertad se sature de sentimientos y reservas de los signos de agua. Los signos de fuego, por el otro lado, estimulan a los de aire hacia más libertad de expresión y dan a los de aire un sentido de confianza y fuerza que no pueden hallar en nadie más. Aunque los signos de aire admiran a los de fuego de muchos modos, insisten aún en su derecho a pensar las cosas antes de comprometerse, hábito que puede tornarse cada vez más fastidioso para los signos de fuego.

EL ELEMENTO AGUA

Los que tienen el elemento agua fuertemente activado en sus mapas natales advierten desde el nacimiento que varios factores intangibles representan un papel mayor en la vida de lo que comúnmente se cree. Los signos de agua están en contacto con sus sentimientos, armonizados con los matices y las sutilezas que muchos otros ni siquiera advierten. El elemento agua representa el reino de la emoción profunda y de las respuestas sentimentales, abarcando desde pasiones compulsivas hasta miedos abrumadores, y una aceptación y un amor omniabarcantes de la creación. Puesto que los sentimientos, por su naturaleza misma, son parcialmente inconcientes, los signos de agua están simultáneamente al tanto del poder de la mente inconciente y ellos mismos son inconcientes de mucho de lo que realmente los motiva. Cuando están armonizados con las dimensiones más profundas de la vida con plena conciencia, son los signos más intuitivos y psíquicamente sensitivos. En ese caso, los signos de agua están en contacto con la unidad de toda la creación y son capaces de ayudar a los demás por medio de una sensibilidad empática hacia los sentimientos de los semejantes. Sin embargo, cuando no están plenamente al tanto de sus propios sentimientos, se encuentran acuciados por deseos compulsivos, miedos irracionales y gran supersensibilidad ante la más leve amenaza.

Los signos de agua, como la naturaleza del agua misma, no tienen solidez o forma propia. Por ello son más felices cuado su fluidez se encauza y recibe forma de otro, particularmente de los signos de tierra que tienen la solidez en la que el agua puede confiar y apoyarse. Los signos de agua tienden a no gustar de los jactanciosos o de las personalidades fuertes, como los signos de aire y fuego. Se sienten muy cómodos con quienes sean más bien reservados y reprimidos, lo cual les brinda una mayor sensación de protección y seguridad. Esta cualidad reservada de los signos de agua, de paso, es más bien engañosa; pues, aunque estén calmos por fuera, constantemente hay tormentas que se preparan en niveles más hondos y ocultas napas que pueden arrastrarlos hacia abajo. De hecho, los signos de agua pueden ser a veces sensacionalistas, pues inconcientemente cultivan tormentas y agitaciones emocionales si sus vidas se vuelven demasiado monótonas.

La sensibilidad de los signos de agua es tan grande y tan pronunciada su vulnerabilidad que, si las reacciones emocionales no se controlan y encauzan apropiadamente, eso puede llegar a un estado de inestabilidad emocional y una predisposición a ser demasiado fácilmente influidos por el más leve viento que sople. La sensibilidad de los signos de agua no debe considerarse debilidad sin embargo, pues el agua tiene gran fuerza y poder penetrante durante un largo período, especialmente cuando se encauza de modo concentrado. Un hermoso ejemplo de la potencia de este elemento lo expresa un erudito del siglo XI: “De todos los elementos, el Sabio debe considerar al agua como su preceptor. El Agua cede pero lo vence todo. El Agua extingue al Fuego o, hallándose a punto de ser derrotada, huye como vapor y se reforma. El Agua lava a la Tierra landa o, al enfrentar a las rocas, procura dar un giro… Satura la atmósfera para que el Viento muera. El Agua cede ante los obstáculos con engañosa humildad, pues ningún poder puede impedirle que siga el destino que se propuso hacia el mar. El Agua vence cediendo; nunca ataca, pero gana siempre la última batalla”. (de The Wheel of Life, página 78, de John Blofled).

Por último, el elemento agua corresponde al proceso de ganar conciencia a través de una comprensión lenta pero segura de los más hondos anhelos del alma. Los signos de agua conocen instintivamente que deben protegerse de influencias externas a fin de asegurarse la calma interior necesaria para la reflexión profunda y la sutileza de la percepción. La comprensión de la naturaleza verdadera de sus emociones y anhelos es un proceso lento y a menudo doloroso, pero en la medida en que quieran enfrentar sus verdaderas motivaciones, tienen la seguridad de acrecentar el contento interior con el curso de los años.

 

EL ELEMENTO TIERRA

Una armonización de este elemento indica que el individuo está en contacto con los sentidos físicos y la realidad de aquí y ahora del mundo material. Los signos de tierra tienden a confiar más en sus sentidos y su razón práctica que en las inspiraciones, consideraciones teóricas o intuiciones de los demás signos. Están armonizados con el mundo de las “formas” que los sentidos y la mente práctica consideran como reales, y su comprensión innata de cómo el mundo material funciona da a los signos de tierra más paciencia y autodisciplina que los demás signos. Raras veces hay que decirles cómo adecuarse al mundo de ganarse la vida, proveer a las necesidades básicas y persistir hasta alcanzar una meta. Todas estas cualidades le llegan naturalmente a los del elemento tierra.

Aunque el elemento tierra es uno de los elementos pasivos o “receptivos”, este elemento, como el agua, tiene fuerza de resistencia y persistencia que permite que los signos de tierra siempre tengan cuidado de sí mismos. Aunque no sean particularmente afirmativos, se manifiestan cuando “lo de ellos” está en peligro o está amenazada su seguridad. Y debido a su eficiencia, son aptos no sólo para manifestarse sino también para actuar de modos más bien concretos para asegurarse de que aquello por lo cual trabajaron no se los quiten. El elemento tierra tiende a ser cauto, premeditado, más bien convencional, e insólitamente confiable. Por lo general, son recelosos o dubitativos respecto de personas más vivaces o mentalmente ágiles, y reaccionan ante los signos de aire con algún grado de reserva, aunque éstos algo les fascinen. No obstante, creen que los signos de aire se van por las nubes, jugando infantilmente con esquemas que no son prácticos ni funcionales. Creen que los signos de fuego quemarán la tierra, alborotando la vida con demasiada prisa y violencia como para confiar en ellos. Los signos de agua, por el otro lado, comparten sus cualidades de adquisitividad, retentividad y autoprotectividad. Por ello la tierra cree que el agua la refrescará y le permitirá dar a luz más productividad aún.

La armonización misma que a los signos de tierra les suministra poder y sus aptitudes especiales pueden ser también la fuente de sus máximos defectos. El comprometerse con el mundo práctico puede limitar a menudo su imaginación si confían demasiado en las cosas como son o parecen ser. Esto puede llevar a una perspectiva estrecha, a una afición a la rutina y al orden, y a una falta total de aptitud para ocuparse de los reinos abstractos y teóricos de la actividad. Más que nada más, los signos de tierra necesitan franquearse a la realidad del mundo invisible y comprometerse en ideales específicos como guías de su actividad.


viernes, 20 de mayo de 2011

Los Dos Estados de Atención

Un texto perteneciente al libro “El Camino del Poder”, de Lena Stevens y José Stevens, (Ediciones Gaia, Colección Gaia Perenne).



Los chamanes de todo el mundo identifican dos estados distintos de atención que deben ser comprendidos con claridad y aprendidos para adquirir verdadero poder. Los chamanes de la tradición tolteca de América del Norte y Central usan el término “primera atención” para describir la atención a la realidad física que tiene la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo. La primera atención es la que usamos para identificar los objetos cotidianos y percibir el mundo ordinario. En la primera atención, una cueva es un agujero en el suelo, una silla es algo en lo que te sientas, un árbol sirve para dar sombra o para extraer madera, y así sucesivamente. Usamos esta primera atención tan constantemente que la mayoría de la gente no puede imaginar ningún otro modo de percibir.


Existe otro nivel de percepción que da acceso a otro conjunto de realidades que los chamanes toltecas llaman la “segunda atención”. Michael Harner, el antropólogo americano que dedicó su carrera profesional a estudiar el chamanismo, llama a este conjunto de realidades la “realidad no ordinaria”. Esta realidad no ordinaria puede ser vista con la segunda atención, un término usado para describir una amplia variedad de estados y realidades a las que los chamanes y visionarios de todo el mundo acceden a través de la búsqueda de la visión, de la oración, de la meditación, de la danza y de otros muchos medios. Para alguien que use la segunda atención, una cueva puede ser un pasadizo hacia realidades ocultas del mundo espiritual donde es posible hallar soluciones a los problemas; una silla podría haber retenido los pensamientos y sentimientos de un antiguo ocupante, y podría ser dañino sentarse en ella; un árbol puede ser un aliado, un poderoso espíritu que nos ayuda.


Como la mayoría de la gente sólo es conciente de la primera atención, tiende a negar la existencia de la segunda diciendo que es pura superstición, ilusión o imaginación. Un chamán podría responder a ese rechazo planteando la siguiente pregunta: “¿Qué es lo que no es imaginación?” Una comprensión así es difícil de entender para quienes sólo usan la primera atención, y cuando empiezan a entenderla pone en peligro sus creencias profundas sobre la naturaleza de la realidad, lo que suele generar miedo y confusión. Entonces parece que lo más seguro es cambiar de tema. Hace falta coraje para mantener el diálogo abierto, pero, si persistes, abrirás la puerta a la segunda atención y acabarás aprendiendo por propia experiencia dónde está la verdad y dónde la ilusión.


Según la perspectiva chamánica, el primer estado de atención es tan hipnótico e induce un trance tan profundo que la mayoría de la gente se queda contenida en sus confines. Es como estar en prisión o tener un mal sueño. Aunque a veces la primera atención nos produce placer, e incluso nos aporta belleza, no tiene verdadero poder porque en realidad es un fantasma, una imagen en el espejo que parece sustancial pero sólo es un reflejo.

Como descubrieron los físicos del siglo pasado, lo que llamamos realidad concreta sólo es espacio vacío; la solidez de los objetos es producto de nuestra imaginación. A decir verdad, nuestra realidad ordinaria no existe.



lunes, 9 de mayo de 2011

El Arquetipo del Niño

"El Arquetipo del Niño" es un texto de Carl G. Jung, extraído del libro "Espejos del Yo" cuya autora es Christine Downing. Los lectores interesados en recibir un ejemplar online de este libro, pueden solicitarlo enviando un e-mail a: astrologiaparacomprenderlavida@gmail.com




El abandono del niño

El abandono, el estar a la intemperie, el peligro, etc., corresponden por un lado a las eventualidades de un nimio comienzo y por otro al nacimiento maravilloso y cargado de misterio. Lo dicho describe cierta vivencia psíquica creativa, que tiene por objeto la aparición de un contenido nuevo y todavía desconocido. En la psicología del individuo siempre hay en tales momentos una dolorosa situación de conflicto, en la que la conciencia no parece tener escapatoria, pues aquí siempre vale el tertium non datur [no hay un tercero].

«Niño» significa algo que crece hacia la independencia. No puede conseguirlo sin alejarse del origen; el abandono es pues una condición necesaria, no sólo un suceso eventual. El conflicto no será resuelto por la conciencia que permanece atrapada entre opuestos; por eso requiere un símbolo que indique la necesidad de alejarse del origen. Como el símbolo del niño fascina y conmueve a la conciencia, su efecto liberador la atraviesa y lleva a cabo la separación de la que la conciencia era incapaz.

El símbolo anticipa un incipiente estado de conciencia. Mientras éste no se realiza, el «niño» permanece como proyección mitológica, exigiendo repetición a través del culto y renovación a través del rito.

 
La invencibilidad del niño

Es una paradoja llamativa de todos los mitos del niño el que, por un lado, el «niño» se halle impotente ante enemigos poderosísimos y continuamente amenazado de aniquilación y, por otro lado, disponga de poderes que exceden sobradamente lo humano. Tal afirmación está estrechamente relacionada con el hecho psicológico de que el «niño», por un lado, es sin duda «nimio», es decir, desconocido, «sólo un niño», y por otro lado es sin embargo divino. Contemplado desde la conciencia, se trata de un contenido aparentemente insignificante, sin un carácter liberador ni salvador. La conciencia se halla atrapada en su situación de conflicto, y los poderes que allí luchan parecen tan enormes que el «niño», como contenido aislado e incipiente, no guarda relación con ellos. Por eso es fácilmente desestimado y cae de nuevo en el inconsciente. Al menos así ocurriría si las cosas se comportaran de acuerdo con las expectativas conscientes. Pero el mito subraya que ése no es el caso, sino que al «niño» le corresponde una fuerza superior y pese a todos los peligros saldrá inesperadamente airoso.

El «niño» nace del seno del inconsciente, engendrado en los cimientos de la naturaleza humana, o mejor aún, de la naturaleza viviente en general. Personifica poderes vitales que están más allá del limitado perímetro de la conciencia; personifica caminos y posibilidades de los que la conciencia, en su unilateralidad, nada sabe, y una globalidad que abarca las profundidades de la naturaleza. Representa el empuje más fuerte e inevitable de todo ser, es decir, el autorrealizarse. Estructurado con todos los poderes instintivos de la naturaleza, es incapaz de alternativas, mientras que la conciencia se halla atrapada en una supuesta capacidad de alternativas. El empuje y la compulsión a autorrealizarse es una ley de la naturaleza, y por tanto de una fuerza invencible, aunque su efecto al principio es nimio e improbable. Esta fuerza se manifiesta en las proezas del niño héroe.

La fenomenología del nacimiento del «niño» siempre apunta de regreso hacia un estado psicológico original de desconocimiento, de oscuridad o crepúsculo, de indistinción entre sujeto y objeto, de identidad inconsciente entre hombre y universo. De ese estado de indistinción procede el huevo de oro, que es tanto hombre como universo, y a la vez ninguno de ambos, sino un tercero irracional.

Los símbolos del Yo se originan en las profundidades del cuerpo y participan de esa materialidad tanto como de la estructura de la percepción consciente. El símbolo es cuerpo viviente, corpus et anima; por eso el «niño» es una fórmula tan apropiada para el símbolo. La singularidad de la psique nunca llega, aunque se acerca, a realizarse completamente, y sin embargo constituye el fundamento indispensable de toda conciencia. Los «estratos» más profundos de la psique pierden su singularidad individual a medida que se adentran en la profundidad y oscuridad. Van hacia «abajo», es decir, se vuelven colectivos a medida que se aproximan a los sistemas funcionales autónomos, hasta universalizarse y extinguirse en la materialidad del cuerpo, o sea en las sustancias químicas. El carbono del cuerpo es en definitiva carbono. Y «hacia abajo» la psique es en definitiva «universo». En este sentido puedo dar toda la razón a Kerényi cuando dice que el símbolo habla el universo mismo.

Cuanto más arcaico y «profundo», es decir, cuanto más fisiológico es el símbolo, tanto más colectivo y universal, tanto más «material» es. Cuanto más abstracto, diferenciado y específico es, tanto más se aproxima su naturaleza a la singularidad e individualidad consciente, tanto más se deshace de su universalidad. Finalmente, en la conciencia corre el peligro de convertirse en mera alegoría que no traspase el marco de la opinión consciente y se halla expuesto a todos los posibles intentos de explicación racionalista.

 
El hermafroditismo del niño

Es un hecho notable el que quizá la mayoría de los dioses cosmogónicos sean de naturaleza bisexual. El hermafrodita no significa otra cosa que una unión de los opuestos más fuertes y llamativos. Inicialmente esta unidad apunta de regreso hacia un estado primitivo del espíritu, en cuya madrugada las distinciones y oposiciones estaban aún poco separadas o completamente fusionadas. Sin embargo, a medida que aumenta la claridad de la conciencia, los opuestos se distinguen y escinden de modo creciente. Ahora bien, si el hermafrodita sólo fuera un producto de la indiferenciación primitiva, debería esperarse que quedara pronto eliminado con el desarrollo de la cultura. Pero esto no es de ningún modo así; por el contrario, en los niveles de cultura elevados y más altos, la fantasía se ha ocupado de esta idea una y otra vez.

Aquí ya no se puede tratar de la persistencia de un fantasma primitivo, de una originaria contaminación de opuestos. Antes bien, como podemos ver en las obras medievales, la idea originaria se ha convertido en símbolo de la unión constructiva de opuestos, un verdadero «símbolo unidor». En su significado funcional, el símbolo ya no señala hacia atrás, sino hacia delante, hacia una meta todavía no alcanzada.

Despreocupado de su monstruosidad, el hermafrodita se ha convertido en un superador de conflictos y portador de sanación, significado que ya alcanzó en niveles relativamente tempranos de la cultura. Este significado vital aclara por qué la imagen del hermafrodita no se extinguió en los tiempos primigenios sino que, por el contrario, supo afirmarse a través de los milenios con una creciente profundización de su contenido simbólico. El hecho de que una representación tan tremendamente arcaica ascendiera a tal altura de significado no sólo indica la fuerza vital de las ideas arquetípicas, sino que también demuestra la validez de la afirmación de que el arquetipo media como unidor de opuestos entre los fundamentos del inconsciente y la conciencia. Tiende un puente entre la conciencia actual, amenazada de desarraigo, y la plenitud natural, inconsciente e instintiva de los tiempos primigenios.

A través de esta mediación la unicidad, singularidad y unilateralidad de la conciencia individual actual se conecta de nuevo con las raíces naturales y tribales.
El progreso y el desarrollo no son ideales que haya que rechazar; pero pierden su sentido cuando el hombre llega al nuevo estado sólo como un fragmento de sí mismo, olvidando todo su trasfondo y todo lo esencial en la sombra del inconsciente, en un estado de primitividad o de barbarie. La conciencia escindida de sus orígenes, incapaz de corresponder al sentido del nuevo estado, se hunde entonces con demasiada facilidad en una situación peor que aquella de la que la innovación pretendía liberarla -exempla sunt odiosa!

En el curso del desarrollo cultural, el ser primigenio bisexual se convierte en símbolo de la unidad de la personalidad, del Yo, donde se apacigua el conflicto de opuestos. De este modo, el ser primigenio se convierte en la meta lejana de la autorrealización del ser humano, habiendo sido ya desde el principio una proyección de la plenitud inconsciente.

 
El niño como principio y final

El «niño» es a la vez un ser del principio y del final. El ser inicial estaba antes del hombre; el ser final está después del hombre. Psicológicamente, esta afirmación significa que el «niño» simboliza la esencia preconsciente y postconsciente del hombre. Su esencia preconsciente es el estado inconsciente de la más temprana infancia; la esencia postconsciente es una anticipación por analogía de lo que hay después de la muerte. En esta idea se manifiesta la esencia omniabarcante de la totalidad del alma. La totalidad no se halla nunca circunscrita a la conciencia, sino que abarca la indeterminada e indeterminable extensión del inconsciente. Así pues, empíricamente, la totalidad es de una extensión imprevisible, más antigua y más joven que la conciencia, a la que abarca en el tiempo y el espacio. Esto no es ninguna especulación, sino una experiencia inmediata del alma. Los procesos inconscientes no sólo acompañan, sino que a menudo guían, promueven o suspenden el proceso consciente. El niño tenía vida anímica antes de tener conciencia. El propio adulto todavía dice y hace cosas cuyo significado sólo más tarde entenderá -si puede. Y aun así, parece que las diga y haga a sabiendas. Nuestros sueños continuamente dicen cosas que están más allá de nuestra mentalidad consciente (por eso pueden ser tan útiles en la terapia de las neurosis). Nos llegan intuiciones y percepciones de fuentes desconocidas. Se nos presentan miedos, humores, intenciones y esperanzas cuyas causas no son claras. Estas experiencias concretas forman los pilares de los sentimientos, que nunca conocemos bastante, y dan lugar a la dolorosa suposición de que podemos darnos sorpresas a nosotros mismos.

El hombre primitivo no es ningún enigma para sí mismo. La cuestión acerca del hombre es siempre la última pregunta que el hombre plantea. El hombre primitivo tiene tanto contenido anímico fuera de la conciencia, que la experiencia de algo psíquico exterior a él le resulta mucho más familiar que a nosotros. La conciencia cercada por poderes psíquicos que la sostienen y amparan o que la engañan y amenazan es una experiencia primordial de la humanidad. Esta experiencia se ha proyectado en el arquetipo del niño, que expresa la totalidad del hombre. Es lo abandonado y expuesto a la intemperie, y a la vez lo divinamente poderoso; el comienzo nimio y dudoso y el final triunfante. El «niño eterno» en el hombre es una experiencia indescriptible, una incongruencia, una desventaja y una prerrogativa divina; algo imponderable que manifiesta la última palabra y no-palabra de una persona.