Cuando pasamos
por un cierre de ciclo, con la profunda transformación que conlleva, siempre
experimentamos una pérdida del propósito y el sentido: es parte del proceso.
La incertidumbre que nos acompaña día tras día, mientras nos vamos reacomodando, es un verdadero desafío que nos incomoda y nos asusta. Pero es necesario experimentarla porque sirve a un propósito evolutivo mayor.
Ese propósito mayor – que no se nos revela de inmediato – requiere toda nuestra valentía. Reconocer que perderemos partes de nuestra identidad, que cambiar de rumbo implica una “mudanza” mucho más profunda que un cambio de ciudad o de casa, que se desmoronarán estructuras que nos han sostenido en nuestra etapa anterior, que podríamos incluso separarnos de las personas que ya no vibran en nuestra misma frecuencia. En síntesis, que es necesario que nos liberemos de todo aquello que ya no acompaña lo que está pidiendo nacer.
Todo eso es imprescindible para encontrar nuevos “objetos” de propósito. Es decir que iremos descubriendo qué de todo lo nuevo que irá apareciendo en el horizonte merece ser un “objeto” de propósito y sentido. Mientras eso no llega, habrá que aprender a vivir en medio de la falta de claridad y evitando reaccionar controlando, porque sentimos esa falta de propósito como algo doloroso y el caos como la pérdida de la estabilidad y el orden. Se impone hacer el duelo.
Cuando el proceso haya sido completado, un nuevo orden creativo llegará a nuestra vida y nuestro fuego interior volverá a estar disponible para ser ubicado en nuevos proyectos.
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