Hoy se ha puesto de moda un nuevo mandato: la aceptación.
Sostengo que uno de nuestros mayores aprendizajes es el de deshacernos de lo que nos ha sido inculcado: esos mandatos y condicionamientos que nos han conducido en dirección contraria a lo que reclama nuestra individualidad.
Entonces: ¿por qué tenemos que aceptar algo? Y qué pasa cuando no queremos hacerlo?
Recuerdo que, durante una sesión, le pregunté a una consultante por qué no aceptaba una determinada situación que estaba atravesando en ese momento, dado que ella misma afirmaba que no podía cambiarla y eso le generaba una intensa angustia. Y recuerdo su respuesta categórica: “No quiero aceptarla!”. Noten que no dijo que no podía o no sabía cómo aceptarla.
Esa experiencia me llevó a reflexionar y comprendí que muchas veces aceptar es anestesiarse. Y eso impide el avance. Es impotenciante.
Desde entonces, en lugar de aceptar, hablo de RECONOCER para INTEGRAR. Porque reconocer es la actitud que nos permite integrar. Es como afirmar: "reconozco que esto forma parte de mi vida hoy, pero no quiero aceptarlo. Tiene que haber otra manera de afrontarlo".
Reconocer implica la posibilidad de cuestionar. Cuestionar permite buscar y encontrar estrategias inteligentes de resolución. Puede que la solución no sea inmediata – los procesos a veces son lentos para nuestra poca paciencia -. Pero seguramente será una manera saludable de hacernos responsables de lo que elijamos hacer o no hacer.
Al tomar la decisión de reconocer, aceptamos que esa situación forma parte de nuestra realidad pero nos desapegamos de la misma. Entonces ganamos lucidez y tenemos un mayor margen de acción. Nos involucramos menos emocionalmente y podemos visualizar con perspectiva y mayor objetividad aquello que sucede. Solo recién entonces podemos pensar en hacer algo para modificarlo, aunque nos lleve más tiempo que el deseado.
A veces aceptar nos vuelve sumisos y silenciamos – o matamos - al rebelde interior que nos habita. Ese rebelde es el encargado de cuestionar y modificar la realidad. No he visto jamás en mi vida a un auténtico rebelde que aceptara algo sin intentar cambiar el estado de las cosas.
Al reconocer para integrar ganamos serenidad y tiempo para afrontar la situación. Al integrar, nos completamos, nos volvemos enteros, vivimos nuestra realidad con coherencia. En lugar de luchar contra la situación, encontramos la manera de armonizarnos en medio del desafío.
Recuerden: el rebelde interior no es un revoltoso. Es un revolucionario que, al no querer aceptar algo, puede convertirse en un canal por donde ingresa todo aquello que transforma la realidad.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario