jueves, 8 de octubre de 2026

La pausa como propósito de vida

En  las  sesiones  trabajo  profundizando en  temas  solicitados  por  los consultantes. En el último mes, he  recibido  a personas que desean enfocarse  en el propósito  de su vida. Y existe un común denominador: están atravesando un momento  de transición, cerrando  un ciclo y abriéndose a una nueva etapa, sin tener un nuevo  horizonte a la vista, lo que  les  genera  un sentimiento de vacío e incertidumbre que no siempre es fácil de gestionar.

Quizás uno de los grandes desafíos de la vida sea aprender a no llenar inmediatamente cada vacío. Nos enseñaron a avanzar, a producir, a resolver, a ocupar el tiempo para no sentir que estamos perdiéndolo. Pero ¿qué sucede cuando la vida nos obliga a detenernos y sostener una pausa? 

Al principio aparece el silencio, y después ese extraño vacío que incomoda o desespera porque ya no podemos escapar de nosotros mismos. En la pausa se caen, aunque sea por un instante, los personajes que sostenemos todos los días, esos personajes que algunas veces nos devoran. Y allí, sin nada que demostrar, podemos encontrarnos con nuestros miedos, nuestras heridas, nuestros deseos, nuestras frustraciones y también con esa parte de nosotros que hace tiempo pide a gritos ser escuchada. Quizás por eso la pausa duela: porque no nos quita nada, simplemente nos obliga a dejar de distraernos.

Tal vez hayamos confundido el propósito con llegar a algún lado o lograr algo, cuando muchas veces el verdadero propósito consiste en aprender a permanecer. Permanecer cuando no tenemos respuestas, cuando algo termina, cuando no sabemos qué sigue. Permanecer en ese espacio suspendido, en esa nada donde la vida parece no avanzar, porque algo en nuestro interior pide ser transformado. Porque hay pausas que no son interrupciones del camino, sino parte del camino. Y quizá acompañar el proceso consista en comprender que no todo vacío necesita ser llenado, que no todo silencio necesita una respuesta y que no todo detenerse significa estar perdido.

A veces, la vida nos invita a hacer una pausa para que podamos escuchar, por fin, aquello que el ruido del mundo no nos permitía oír: nuestra propia voz, esa que nos conduce a nuestra verdad.

Por eso, algunas veces, tenemos que aprender a ver a la pausa como propósito de vida.

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