En las sesiones trabajo profundizando en temas solicitados por los consultantes. En el último mes, he recibido a personas que desean enfocarse en el propósito de su vida. Y existe un común denominador: están atravesando un momento de transición, cerrando un ciclo y abriéndose a una nueva etapa, sin tener un nuevo horizonte a la vista, lo que les genera un sentimiento de vacío e incertidumbre que no siempre es fácil de gestionar.
Quizás uno de los grandes desafíos de la vida sea aprender a no llenar inmediatamente cada vacío. Nos enseñaron a avanzar, a producir, a resolver, a ocupar el tiempo para no sentir que estamos perdiéndolo. Pero ¿qué sucede cuando la vida nos obliga a detenernos y sostener una pausa?
Al principio aparece el
silencio, y después ese extraño vacío que incomoda o desespera porque ya no podemos escapar
de nosotros mismos. En la pausa se caen, aunque sea por un instante, los
personajes que sostenemos todos los días, esos personajes que algunas veces nos
devoran. Y allí, sin nada que demostrar, podemos encontrarnos con nuestros
miedos, nuestras heridas, nuestros deseos, nuestras frustraciones y también con esa parte de nosotros
que hace tiempo pide a gritos ser escuchada. Quizás por eso la pausa duela:
porque no nos quita nada, simplemente nos obliga a dejar de distraernos.
Tal
vez hayamos confundido el propósito con llegar a algún lado o lograr algo, cuando
muchas veces el verdadero propósito consiste en aprender a permanecer. Permanecer cuando no tenemos respuestas, cuando algo termina, cuando no
sabemos qué sigue. Permanecer en ese espacio suspendido, en esa nada donde la vida parece no
avanzar, porque algo en nuestro interior pide ser transformado. Porque hay pausas
que no son interrupciones del camino, sino parte del camino. Y quizá acompañar
el proceso consista en comprender que no todo vacío necesita ser llenado, que
no todo silencio necesita una respuesta y que no todo detenerse significa estar
perdido.
A veces, la vida nos invita a hacer una pausa para que podamos escuchar, por fin, aquello que el ruido del mundo no nos permitía oír: nuestra propia voz, esa que nos conduce a nuestra verdad.
Por eso, algunas veces, tenemos que aprender a ver a la pausa como propósito de vida.
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