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viernes, 5 de junio de 2026

Acerca del Propósito y el Sentido

Cuando pasamos por un cierre de ciclo, con la profunda transformación que conlleva, siempre experimentamos una pérdida del propósito y el sentido: es parte del proceso.

La incertidumbre que nos acompaña día tras día, mientras nos vamos reacomodando, es un verdadero desafío que nos incomoda y nos asusta. Pero es necesario experimentarla porque sirve a un propósito evolutivo mayor.

Ese propósito mayor – que no se nos revela de inmediato – requiere toda nuestra valentía. Reconocer que perderemos partes de nuestra identidad, que cambiar de rumbo implica una “mudanza” mucho más profunda que un cambio de ciudad o de casa, que se desmoronarán estructuras que nos han sostenido en nuestra etapa anterior, que podríamos incluso separarnos de las personas que ya no vibran en nuestra misma frecuencia. En síntesis, que es necesario que nos liberemos de todo aquello que ya no acompaña lo que está pidiendo nacer.

Todo eso es imprescindible para encontrar nuevos “objetos” de propósito. Es decir que iremos descubriendo qué de todo lo nuevo que irá apareciendo en el horizonte merece ser un “objeto” de propósito y sentido. Mientras eso no llega, habrá que aprender a vivir en medio de la falta de claridad y evitando reaccionar controlando, porque sentimos esa falta de propósito como algo doloroso y el caos como la pérdida de la estabilidad y el orden. Se impone hacer el duelo.

Cuando el proceso haya sido completado, un nuevo orden creativo llegará a nuestra vida y nuestro fuego interior volverá a estar disponible para ser ubicado en nuevos proyectos.

viernes, 15 de diciembre de 2023

Saturno y nuestra libertad

En Astrología, tanto Saturno y Urano como Saturno y Júpiter  forman una polaridad. Vale decir que deben ser integrados para que sus energías funcionen de modo equilibrado.

La libertad se encuentra asociada a Júpiter y a Urano.

Ser libre no significa tener ausencia de restricciones. El verdadero desafío consiste en hallar la libertad en medio de las limitaciones de la realidad.

El lado luminoso de las limitaciones es aquel que nos mueve a cuestionar, a buscar en   los problemas y obstáculos aquellos recursos internos que poseemos pero que, hasta ese momento, desconocíamos.

La libertad, en este contexto, se convierte en la habilidad de hallar y sostener la serenidad a fin de poder vivir con madurez, es decir, en armonía con la realidad.

Vivir en armonía con la realidad no implica resignarnos. Inclusive, me atrevo a decir que tampoco implica el tener que aceptar aquello que no podemos modificar. Porque cuando no podemos aceptar, el forzarnos a hacerlo no es saludable. Mucho más saludable es aceptar que no queremos aceptar lo que sucede: y eso también es libertad.

Entonces, ante Saturno –símbolo de restricciones- llevaremos nuestra conciencia hacia la conexión con los recursos asociados a Júpiter y a Urano.

Júpiter nos puede aportar confianza, fe, optimismo, comprensión de la situación a través de la búsqueda del propósito que oculta la misma. En ese aspecto, preguntarnos “para qué” y luego “hacia dónde” puede ser de utilidad para continuar avanzando y no paralizarnos.

Urano puede enseñarnos el desapego, la innovación para hallar salidas creativas que nos permitan avanzar y no paralizarnos. En especial, podemos darnos cuenta de que en la vida nada es seguro y de que a veces perder significa liberarnos.

Estas son solo algunas lecciones que podemos aprender para equilibrar nuestra vida ante las restricciones de Saturno.

Noten que ante las restricciones, solemos quedarnos inmovilizados, por lo que los aprendizajes asociados a Júpiter y Urano tienen como objetivo el permitirnos seguir en movimiento.

Una demora, una dificultad, una restricción – Saturno mediante – no implican que no podremos lograr lo que queremos. Significan que tenemos más tiempo para construir de mejor manera, con mayor organización, con una estructura más resistente, aquello que estamos empeñados en edificar.

Las restricciones de Saturno a veces nos dan tiempo para perfeccionar nuestros objetivos. No las veamos como algo que llega para que nos sintamos insatisfechos o para que nuestra realidad se vea perturbada por la frustración.  

Aprendamos a esperar, con alegría y esperanza, cultivando nuestra creatividad. Puede ser una experiencia transformadora  que nos conecte con un nivel de libertad interior hasta el momento desconocido! 

domingo, 1 de diciembre de 2013

Alinear la Personalidad con el Alma


Linda Brady es una astróloga kármica de prestigio internacional desde hace más de veinticinco años, fundadora del International Center for Creative Choices, centro educativo holístico ubicado en Baltimore (Maryland). En su libro “La misión de tu alma”, de Ediciones Urano, brinda su testimonio acerca de su camino de desarrollo personal.


Cada uno de nosotros tiene un personalidad con una determinada ruta de viaje y un destino que alcanzar dentro del plazo de vida que nos toque vivir. Ese viaje estará lleno de relaciones, trabajo, retos y obstáculos, pruebas y triunfos. Cada uno de nosotros tiene también un alma con su propio destino y una ruta que seguir, un camino que comenzó en el pasado remoto y continurá para siempre. Sin embargo, el alma tiene un plan, un propósito para nuestra personalidad en esta vida. Su intención es ayudar a la personalidad en su viaje vital, para que alcance el destino que le tiene reservado.

Muy a menudo estas rutas son divergentes. Las experiencias de nuestra vida –con la familia, las relaciones y a veces nuestro trabajo - suelen influir en la dirección de la personalidad, y en ocasiones hacen que esta se pierda o simplemente se desvíe por completo del camino que nuestra alma le tiene reservado. Lo cierto es que cada uno de nosotros está acuciado por conflictos internos que son el producto de una colisión entre el alma y la personalidad, un fenómeno que puede manifestarse como pena, depresión, ira, una atormentadora insatisfacción o un profundo vacío. El desafío, como adultos espirituales en ciernes, es encontrar la ruta del alma en la que nuestra personalidad puede prosperar. Yo llamo a este proceso “integración del alma y la personalidad”, y he dedicado mi vida entera a comprenderlo.

El camino de mi personalidad, por ejemplo, es ser una solitaria, una reclusa, una ermitaña que sólo se atreve a salir para enseñar astrología. Mi personalidad estaría muy contenta si fuera una astróloga ambulante: una sesión rápida aquí y otra allá, sin relaciones duraderas, eso estaría bien para mí. Pero el camino de mi alma es totalmente diferente. Su misión es establecer relaciones a largo plazo y comprometerse con ellas, e inspirar a mis alumnos para que sepan hacer frente a su vida espiritual y emocional. Para mi alma no hay nada parecido a estar recluída o sola.

Mi evolución hacia la madurez espiritual comenzó cuando empecé a aprender astrología. Me había formado en psicología experimental y modificación del comportamiento. Tengo una licenciatura en psicología y un master en administración de centros educativos. Creía en lo que podía medirse, analizarse y registrarse. También creía en Cristo, la Iglesia episcopal y en sus misterios de una manera infantil e ingenua. No hacía preguntas; tenía fe. Pero la vida tiene sus modos de entrometerse en la fe, y mi fe no soportó la prueba.

Comencé a estudiar astrología con la seria intención de refutarla; en cambio, descubrí que me daba respuestas. Y lo que es más importante, me daba preguntas. La idea de que los astros manejaban la energía para crear la carta perfecta para mí siempre me había hecho sentir incómoda, pues eso significaba que yo no controlaba mi vida y que podía echarle a los astros la culpa de mis problemas, incluída la lucha con mi peso. Sin embargo, a medida que aumentaba mi comprensión de la astrología, la respuesta se me hizo totalmente clara: mi alma era quien había creado mi carta natal. Ella conocía los significados simbólicos de todos los signos del zodíaco y los planetas, y de las relaciones entre ellos. Había creado un mandala astral que me proporcionaría las herramientas necesarias para experimentar mi vida.

Mi alma conocía mi pasado; había estado ahí. Sabía lo que esta vida tenía que ser como continuación de lo que habían dejado otras vidas. En otras palabras, mi alma comprendía mi karma. Aunque esta palabra ha sido calumniada, ridiculizada y malinterpretada, tiene para mí un significado bastante sencillo. Significa que, si realizo una acción, provoco una reacción. Todos hemos oído ya esto mismo formulado en axiomas como: “Se cosecha lo que se siembra”. Es una ley de la energía, universal y física.

El karma sólo es completo cuando hemos equilibrado nuestras acciones previas a través de la conciencia, el compromiso y nuevas acciones. Nuestra alma conoce estas situaciones y relaciones y creará las oportunidades que necesitamos para resolverlas. Nuestra carta astral, creada por nuestra alma, nos proporciona información acerca de estas experiencias kármicas como recordatorio espiritual, un mapa de carreteras que nos guiará hacia la comprensión.

A pesar de todas estas concepciones filosóficas, recuerdo los conflictos que tuve cuando comencé a considerar la posibilidad real de que las experiencias de mi vida fueran perfectas y tuvieran como último objetivo mi propio bien. Mi personalidad y mi ego despotricaron días enteros en una letanía de: “¿Y qué pasa con esto?”, “¿Y qué pasa con aquello?”. Pensaba en docenas de dificultades y tragedias, en el sufrimiento y la injusticia predominantes en este mundo. ¿Por qué un Dios amoroso y un alma compasiva nos hacen pasar por tales traumas? La respuesta se hace más evidente cuando vemos nuestra vida como parte de un todo más grande.

A veces, a fin de crear un equilibrio kármico y rectificar una injusticia en una vida pasada, “creamos” una experiencia dolorosa. Sin la comprensión kármica, las tragedias de la vida –el dolor, la enfermedad, los accidentes, la violencia, las pérdidas y la traición – parecen arbitrarias; pero con esa comprensión, la vida es justa. Siempre. No podemos “maquillar” una experiencia angustiosa para que parezca mejor, pero si somos concientes de que nos traerá una comprensión más profunda, un mejor sentido del para qué, no parecerá tan arbitraria.

Mi alma estaba en el proceso de enseñarme algo que mi ego no quería comprender. Había pasado cuarenta años creyendo que yo era básicamente imperfecta –una creencia fomentada por mi familia y por la sociedad en general – y que la única manera de cambiar era aspirar a la perfección. Nunca se me ocurrió pensar que la perfección podía existir en cualquier momento. Había pasado dieciocho años en escuelas que me habían medido según un estricto criterio. Conocía el éxtasis de un diez y la agonía de un cero en química en el instituto de enseñanza media. Mis creencias de pronto entraron en un serio conflicto. ¿Cómo me motivaría para destacar con la convicción de que era imperfecta?

Como estaba harta de tener siempre el mismo conflicto, decidí revisar lo que esa aspiración a la perfección había provocado realmente en mi vida. Lo que aprendí me trastornó: aspirar a la perfección me había enseñado a postergar las cosas y me había llenado de sentimientos de inutilidad, fracaso y miedo. Me había puesto en una especie de rueda sin fin: siempre buscando sin encontrar nunca nada. Me había enseñado a valorar el producto final sin prestar atención al proceso. Tomé una decisión para que esa vieja creencia muriera. Los objetivos de la perfección no son tan perfectos! Transformé esta antigua convicción en el compromiso de ser lo mejor que pudiera ser, valorando el proceso de la vida y confiando a mi alma la tarea de crear mi vida perfectamente.

¿Cuál es la perfección que mi alma quiere que yo vea en sus muchas creaciones? ¿Cómo me serviría esa experiencia? Cuando tenía treinta y un años, decidí retomar los estudios y hacer un doctorado en psicología. Me aceptaron en una buena universidad y conseguí un importante puesto nocturno en un hospital local. Estaba dispuesta a progresar en mi carrera. Sin embargo, dos meses antes de comenzar mi doctorado, tuve un grave accidente automovilístico, un choque frontal que me dejó una lesión en la espalda y problemas de visión, y no pude comenzar los estudios en otoño.

En esa misma época, murió la persona que había sido un padre para mí, me separé de mi segundo marido y caí en una profunda depresión; no fueron tres meses “perfectos”. Lo cierto es que fue un período decisivo, el más crucial e importante de mi vida. Tras recuperarme de mis heridas psíquicas y físicas, mi alma me devolvió a una institución para disminuídos físicos en la que había trabajado varios años antes. Me convertí en especialista en diagnósticos y más tarde en subdirectora. Allí vi por primera vez el aura de una persona. Allí comencé mi proceso de comprensión de la reencarnación y también conocí al que sería mi tercer marido y compañero del alma. Y también me convertí en astróloga. Mi alma creó ese accidente automovilístico para cambiar la dirección de mi vida y me puso en camino hacia la misión de mi alma.

Piensa en tu propia vida… trata de recordar una experiencia particularmente dolorosa. Siente las emociones que ese recuerdo evoca. Ahora hazte las siguientes preguntas: ¿Para qué traje esta experiencia a mi vida? ¿Qué oportunidad de crecimiento y conciencia me brindó? ¿Qué me enseñó acerca de mí o de otras personas? ¿Cómo hizo que mi vida fuera mejor?

Hazte estas preguntas, observa cómo cambia tu perspectiva y piensa en algunas de las nuevas comprensiones que puedas haber desarrollado.

domingo, 14 de octubre de 2012

La Experiencia Espiritual


Fragmento extraído del libro “Una nueva visión de los ciclos planetarios desde una perspectiva psicoastrológica”, de María Cristina Vallejos, Editorial Kier.


Durante una crisis espiritual, la persona experimentará apertura psíquica, sensibilidad aumentada, visiones, experiencias místicas o encuentro con la muerte, entre otras vivencias posibles. El descubrimiento puede, en algunos casos, despertar temor; y el miedo frustra la experiencia espiritual. Pero las personas que alcanzan a experimentarla, describen una sensación en la que salen de los límites del conocimiento ordinario, acompañada de un sentimiento de alegría y felicidad inefable.

Para las psicologías transpersonales hay un yo personal o inferior que es reflejo del verdadero yo espiritual o superior; y añaden, al tradicional esquema del aparato psíquico compuesto por el Inconsciente-Preconsciente-Consciente, la dimensión trascendente, que es el Superconsciente, sede del yo espiritual, cuyos contenidos ingresan en la consciencia en los momentos de apertura o crisis espiritual. El crecimiento de la consciencia espiritual incluye contenidos del nivel superconsciente, un aspecto superior del inconsciente colectivo. La activación de estos niveles trae aparejado un cambio en el sentimiento de identidad, una renovación en el proyecto y sentido de la propia vida.

Según el psiquiatra italiano Roberto Assagioli, la entrada del superconsciente a la consciencia puede tener lugar de dos maneras: una descendente, en forma de iluminación, intuición, inspiración repentina; la otra, trata de promover el ascenso de la consciencia a las zonas luminosas por la vía de la meditación, principalmente, aunque también por la vía del arte, del amor, o del misticismo. Durante el ascenso gradual, el centro del yo personal consciente va extendiendo las líneas de demarcación. Se hace más frecuente la intuición y la inspiración, por lo que el efecto es la acción inspirada, un potente impulso a obrar, expresando, difundiendo, irradiando, haciendo partícipes a los demás, del tesoro descubierto y conquistado, colaborando en los conflictos que envuelven a la humanidad, desarrollando las capacidades latentes. Estas experiencias ayudan a resolver los problemas humanos, individuales y sociales, al encuadrarlos en una realidad más amplia, dándoles su justa proporción, de modo que la solución se presenta clara y concisa.

Assagioli enumera una serie de cualidades que definen a las experiencias superconscientes, también llamadas del ser, cuando entran en el campo de la consciencia. Para el enfoque de la Astrología, durante la experiencia superconsciente irrumpen las energías de los planetas exteriores para integrarse a las energías personales y acompañar el camino. Por eso, en un paralelo, mencionaremos las cualidades superconscientes y la correlación simbólica astrológica:

  1. Profundidad: es decir que llegan hasta el fondo, hasta la base del propio ser. Es una experiencia plutoniana.
  2. Interiorización: van de la periferia al centro. Saturno tiene la capacidad de la centración.
  3. Elevación: nos instan a ascender a un nivel más alto. Corresponde a la imagen saturnina de subir la montaña.
  4. Sendero: es la vía a reconocer. El camino del Sol.
  5. Expansión: la ampliación de los límites del yo se acompaña de la sensación de participar de algo más vasto. La experiencia de lo ilimitado es propia de Júpiter y Neptuno.
  6. Desarrollo: es decir que aquello que estaba “arrollado” emerge, se activa, florece. El despertar es uraniano, la energía de lo desplegado es plutoniana.
  7. Potenciación: es como si operara una energía fuerte y dinámica, por la cual se experimenta plenitud e intensidad de ser y de existir. Experiencia plutoniana.
  8. Despertar: sensación de salir de las tinieblas de lo cotidiano. Experiencia de cambio y despertar uraniano.
  9. Iluminación: la luz de una consciencia superior ilumina el mundo interno, arrojando luz sobre las dudas y problemas. La claridad e intuición de Urano ilumina el camino solar.
  10. Gozo: es un estado de alegría y beatitud. Experiencia jupiteriana y venusina superior.
  11. Renovación: regeneración, nacimiento de un nuevo ser interior. Fase plutoniana de renacimiento del alma.
  12. Resurrección: es como regresar a un estado anterior perdido y olvidado. Neptuno y el regreso al paraíso.
  13. Liberación: sensación de libertad interna. Urano es el principio liberador.

También Abraham Maslow define la consciencia del Ser como una dimensión que comprende no sólo lo religioso, sino también los valores éticos, estéticos, humanitarios y altruistas. Menciona un conjunto de valores o cualidades de este estado de consciencia, como: sentimiento de plenitud, integración, totalidad, completud, vitalidad, perfección, riqueza y sencillez, belleza, bondad, espontaneidad, alegría, humor, sentimiento de realidad y verdad, independencia, libertad interior y autosuficiencia.

La Astrología es óptima para reconocer y trabajar sobre los distintos niveles de consciencia: personal, existencial, transpersonal. Los planetas transpersonales son los activadores de la expansión, pero en su desarrollo intervienen todos los arquetipos planetarios. En los niveles existenciales y transpersonales consideramos la expresión elevada de Mercurio, Venus, Marte, Luna, Sol, la calidad de Júpiter y Saturno, como límite y umbral de los reinos transpersonales. Facilitan el trabajo evolutivo, los aspectos fluidos y las exaltaciones por signo, de los planetas personales: el Sol en Aries, la Luna en Tauro, Venus en Piscis, Marte en Capricornio, Júpiter en Cancer, Saturno en Libra. De ahí, también resulta el uso terapeútico, para que verdaderamente la crisis se transforme en una oportunidad. Con el fin de enfrentarla activamente es conveniente acompañar y facilitar la expresión mediante el arte, la música, la danza, el canto, el trabajo con los sueños y la meditación.

El enfoque terapéutico de la Astrología detecta en qué nivel se origina el conflicto, si es en el plano personal, social, afectivo, existencial, espiritual; cómo la persona toma contacto con él, ya sea con temor, angustia, confianza, fe, aceptación. Facilita la expresión más sana y evolutiva de los arquetipos involucrados:

  • El Sol como guía en el camino
  • La Luna como memoria consciente del pasado
  • Mercurio como la razón necesaria
  • Venus como el amor y la armonía universal
  • Marte como la capacidad ejecutiva
  • Júpiter como la esperanza en el futuro
  • Saturno como límite que impone la realidad
  • Quirón como sanador de la experiencia
  • Urano como liberador de viejas cargas
  • Neptuno como apertura a la inspiración y a la dimensión espiritual
  • Plutón como arquetipo de cierre y nuevo comienzo


sábado, 25 de agosto de 2012

Crisis y Conflictos en el Camino Espiritual

Fragmento del libro “La dinámica del inconsciente” (Seminarios de Astrología Psicológica), de Liz Greene y Howard Sasportas, Ediciones Urano.


Hablaremos del tipo de crisis y conflictos con que tropieza la gente que recorre la senda del crecimiento espiritual o transpersonal. Assagioli divide el proceso en varias etapas: a) las crisis que preceden al despertar espiritual; b) las crisis causadas por el despertar espiritual, y c) las fases del proceso de transformación.

Las crisis que preceden al despertar espiritual

Puede suceder que alguien experimente de pronto un cambio de dirección en su vida. Esto puede verse precipitado por una decepción importante en el trabajo o en la carrera, o por la pérdida de un ser querido. También, a veces la gente se despierta y se da cuenta de que tiene una insatisfacción íntima, de que lleva dentro un vacío. Puede ser que hasta entonces el individuo se las haya arreglado muy bien, que se haya enfrentado todos los días con el mundo sin inseguridad alguna; pero de pronto se apodera de él un sentimiento insistente de la futilidad o de la falta de significado de la vida. Es como si todo se muriera, despojado de vitalidad. Las personas que viven esta experiencia sufren de lo que comúnmente se llama una crisis de significado. “¿Por qué estoy aquí?”, se preguntan. “¿Por qué me preocupo? ¿Qué significa todo esto?”. La crisis puede incluso parecer una grave perturbación nerviosa, pero apenas por debajo del nivel superficial de esas dudas e inquietudes hay aspiraciones espirituales o transpersonales que esperan tener acceso a la personalidad. Algo tiene que morir para que nazca algo nuevo.

Generalmente, en momentos así hay en juego tránsitos o progresiones de Urano, Neptuno o Plutón. Cuando los planetas exteriores activan la carta o se ven movilizados por una progresión, el cosmos no quiere dejarnos de la misma manera en que nos encontró. Lo viejo se desbarata o se enrancia, y ya no funciona. Y sólo entonces lo nuevo encuentra su oportunidadde acceso.

Se cuestiona la vida: ya no basta con seguir delante de la misma manera que antes. Es muy frecuente que tengamos este tipo de experiencia en la madurez, cuando Urano hace oposición con el Urano natal, Neptuno se pone en cuadratura con el Neptuno natal o Plutón hace cuadratura a Plutón natal. Pero puede suceder en cualquier momento de la vida; he conocido a personas que tuvieron una crisis espiritual a los siete años, en tanto que otras pasan por ella a los setenta.

Las crisis causadas por el despertar espiritual

El desbordamiento de las energías superconscientes o transpersonales suele vivirse como una elevación y una liberación maravillosas. Y sin embargo, hay personas que tienen grandes dificultades para asimilar el aflujo de energía, luz y poder que proviene de esos niveles de la psique. El sistema nervioso puede verse literalmente abrumado o quedar fuera de control por influjo de la energía superconsciente. En la década de los años sesenta, muchísimas personas fueron “fulminadas” de esa manera por la acción del LSD y otras drogas psicodélicas. Incluso sin que medie la acción de ninguna droga capaz de expandir la conciencia, una poderosa liberación de energía superconsciente en una personalidad débil o desequilibrada puede producir formas de comportamiento extremas. En algunos casos, la gente no resiste la presión: salen corriendo a la calle, se quitan toda la ropa, queman su pasaporte… Si somos universales e ilimitados, ¿qué necesidad hay de pasaportes? Algunas personas oyen voces que les dicen qué tienen que hacer, o tienen visiones que no pueden integrar o entender del todo. La vivencia interior de un Si mismo Transpersonal puede conducir a sentimientos de grandeza que a veces se mezclan con problemas infantiles no resueltos que tienen que ver con la omnipotencia. Un persona puede perder la capacidad de distinguir entre el yo y el Sí mismo, y empezar a pensar que ella es Dios, o el centro escogido de algún plan divino en el que todo tiene cabida. Con un camino erizado de semejantes peligros, ya pueden ver ustedes por qué se necesita un yo sano y equilibrado para poder canalizar mejor la inspiración transpersonal.

También hay otros problemas. Alguien puede tener un despertar espiritual y creer erróneamente que aquello que ha podido atisbar dentro de sí es ya una realidad manifiesta. Es decir, uno tiene una experiencia cumbre y piensa que todos sus problemas están resueltos, que ya está por encima de todo, tiene todas las posibilidades y es libre: ha llegado. Pero lamentablemente uno no tarda en darse cuenta de que eso no es más que el comienzo: todavía no ha llegado. Durante un tiempo, uno puede sentir un amor ilimitado y verlo todo bañado en una luz dorada, pero muy pronto todo eso pierde intensidad. Las cosas se normalizan, y uno regresa a su personalidad anterior y a sus costumbres de siempre.

Como todo en la vida, la energía transpersonal es cíclica; tiene un movimiento de flujo y reflujo. Cuando la marea sube, uno se siente bien; hay una sincronicidad especial, suceden cosas mágicas. Cuando la energía transpersonal baja, reaparecen las viejas limitaciones. Ya lo tuvimos todo, y ahora el mundo vuelve a mostrársenos opaco.  Nuestros viejos problemas nos parecen mucho más frustrantes por haber podido atisbar cómo sería la vida si estuviéramos libres de ellos.

Y lo más importante es que escalar las alturas es algo que tiene la virtud de remover las profundidades. Contactar con la luz de la mente superior nos hace ver con más claridad lo que hay de oscuro en nosotros. Tras un aflujo interior de energía superconsciente, se despiertan los demonios en las profundidades del inconsciente. Uno tiene una vivencia de luz y amor, y dos días después se enfurece irracionalmente por cualquier cosa. Entonces se viene abajo y se siente más deprimido y vacío de lo que jamás se sintió en la vida. ¿Es que la experiencia cumbre no fue más que una ilusión, una engañosa fantasía?

Una vez oí casualmente que una monja – y no es que sea mi costumbre andar escuchando las conversaciones de las monjas – le decía a una mujer que se iba del convento después de haber hecho una semana de retiro:  - Tenga cuidado, porque dentro de unos días se encontrará con el diablo.

También yo, enseñando meditación, he descubierto algo similar. Después de una meditación profunda e intensa, la gente se siente inundada de claridad y paz, pero es probable que unas pocas horas después tenga la vivencia de lo que solemos llamar liberación de estrés. El hondo descanso de una meditación profunda saca afuera remanentes de tensión que estaban sepultados en ocultos escondrijos de la psique. Esas viejas tensiones afloran a la superficie y a veces, en el proceso de su liberación, se las revive. Comparada con la paz y la ecuanimidad de la meditación intensa, la liberación de estrés le da a uno la sensación de que está retrocediendo, en vez de avanzar en su crecimiento espiritual. San Juan de la Cruz habló así de la noche oscura del alma:  “Y cuando los rayos de esta pura Luz se derraman sobre el alma para expulsar las impurezas, el alma se percibe tan impura y miserable que le parece como si Dios se hubiera puesto en contra de ella y como si ella se hubiera puesto contra Dios.”

Es probable  que se encuentren en alguna lectura con una persona que está en medio de una de estas crisis. En esos casos, pueden ayudarla recordándole que lo que le sucede es una parte natural del proceso de crecimiento y despliegue espiritual. Generalmente, un estado de exaltación no dura indefinidamente.

Precipitarse desde estas alturas puede ser deprimente y desalentador, hasta que uno se da cuenta de que el influjo de la inspiración transpersonal ha servido para enseñarle la dirección adecuada. Ahora se puede empezar a trabajar para consolidar la visión y convertirla en una relidad más permanente en la propia vida. Cuando nos desmoronamos desde las alturas de la percepción superconsciente es cuando debemos empezar de nuevo a trepar lentamente, paso a paso.

Las fases del proceso de transformación

Parte del proceso de transformación consiste en cultivar e integrar las funciones superiores para equilibrarlas con el resto de la personalidad. Para la mayoría de las personas, esta es una época de fluctuaciones entre luz y oscuridad, cumbres y abismos, júbilo y dolor. Será necesario examinar y despejar los obstáculos que se oponen al fluir de las energías superconscientes. Además, en el curso de la realización de sí mismo, uno tendrá que enfrentar sus heridas y complejos infantiles más profundos y más dolorosos para curarlos y resolverlos.

Es tal la cantidad de energía que consumen estos procesos que de hecho podemos dar la impresión de ser menos eficientes que antes para operar en el mundo. Es probable que los demás nos perciban como si estuviéramos retrocediendo o disgregándonos. Podemos oír cosas como: “Pues vaya con tus ideas espirituales… si estabas mucho mejor antes de que te diera por meditar”, o “No sé qué bien le estará haciendo la terapia a mi mujer; está mucho más intratable que cuando empezó”. Estamos sometidos a prueba. ¿Podemos mantenernos fieles a nuestro compromiso de crecimiento aunque los demás nos tomen el pelo o se burlen de nuestros progresos? El acercamiento a otras personas que estén recorriendo el camino espiritual, con quienes podamos compartir nuestras experiencias, puede ser de gran ayuda durante esta fase, puesto que ellas entenderán nuestros altibajos.

En “Psicosíntesis”, Assagioli señala muy acertadamente que la oruga tiene más suerte que nosotros: su transformación se produce en la paz y la seguridad relativas de un capullo. Nosotros, en cambio, podemos estar en mitad de un profundo cambio en nuestro crecimiento, y sin embargo lo más frecuente es que todos esperen que sigamos con nuestra vida cotidiana como si tal cosa. Assagioli compara la situación con el intento de reconstruir una estación ferroviaria sin molestarse en interrumpir el tráfico existente. Durante un tiempo, todo es un caos por partida doble.

En “La conspiración de Acuario”, Marilyn Ferguson destaca un punto importante en lo que se refiere a la evolución espiritual y psicológica: que vamos en pos de la vivencia de la transformación de la única manera que conocemos, es decir, como consumidores y competidores. Nos preocupa si estaremos avanzando con suficiente rapidez; andamos en busca de toda clase de técnicas, recursos y prácticas que nos lleven más pronto a la meta, y no dejamos de compararnos para ver si estamos tan adelantados como las personas que nos rodean.

Es virtualmente imposible dar indicadores astrológicos específicos para todas las diversas etapas de la evolución psicoespiritual. Son diferentes en cada caso. Lo único que puedo decir es que Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón ponen el balón en juego, pero hacia dónde nos llevará en última instancia el viaje a cada uno de nosotros, eso solamente nuestro propio Sí mismo más profundo puede decírnoslo.


jueves, 12 de julio de 2012

Las Imágenes de Escorpio


Fragmento del libro “Los dioses del cambio”  (El dolor, las crisis y los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón),  de Howard  Sasportas.


Escorpio, uno de cuyos regentes es Plutón, es un signo complejo porque a diferencia de los demás signos, que generalmente tienen un único símbolo – Aries el Carnero, Tauro el Toro, Geminis los Gemelos, etc. – Escorpio tiene varias representaciones distintas: el escorpión, la serpiente, el águila y el fénix. Además, Escorpio es mucho más que un mero signo del zodíaco donde uno puede tener el Sol, el Ascendente, la Luna o un planeta determinado; representa también una faceta de la vida a la cual todos estamos sometidos: el proceso cíclico de cambio, decadencia, muerte y renovación. Las diferentes imágenes asociadas con este signo ejemplifican las distintas clases de muertes y transformaciones que son parte de un proceso de evolución universal e iluminan además las formas de actuar que tiene Plutón en su calidad de destructor de vínculos.

El nivel inferior de Escorpio está representado simbólicamente por la serpiente – un reptil que regularmente se desprende de la piel vieja y la reemplaza por otra nueva – y por el escorpión, el animal que lleva un aguijón mortífero en la cola. Las personas dominadas por este nivel del sentimiento escorpiano actúan rigiéndose casi exclusivamente por sus propias emociones y deseos: están totalmente a merced de sus estados de ánimo y se expresan de una manera vehemente, instintiva y primitiva. Cuando se sienten bien, no podrían ser más agradables con la gente. Cuando se sienten mal o de mala voluntad, nadie está a salvo, ni siquiera el amigo más querido. Este nivel o fase de Escorpio (que algunas personas jamás dejan atrás) es el que nos describe un viejo cuento sobre el encuentro de un escorpión y una rana.

La historia se inicia junto a un lago que el escorpión quiere cruzar. Pregunta a la rana si ésta no querría llevarlo sobre el lomo hacia la otra orilla y la rana responde, vacilante:
- Te llevaré a través del lago, pero debes prometerme que no me picarás.
- Claro que no lo haré!! – contesta el escorpión, un poco ofendido. - ¿Por qué habría de hacerte algo así?
Se sube entonces sobre el lomo de la rana y ambos inician el viaje. Sin embargo, en mitad del lago el escorpión pica a la rana. Mientras ambos se hunden irremediablemente, la rana le pregunta por qué lo hizo, si le había prometido lo contrario.
- Porque es mi naturaleza – responde el escorpión.

Hay personas que actúan como este escorpión y pican porque les da la gana, es decir, están dominadas compulsivamente por sus estados anímicos y por sus reacciones instintivas, y son capaces de volverse súbitamente contra las personas que más quieren o de destruir las estructuras vitales que sostienen y refuerzan su identidad. Pueden atacar por muy diversas razones: venganza, cólera, necesidad de cambiar y de seguir creciendo, o a veces simplemente en busca de emociones si la vida se les hace aburrida. En ocasiones, se autodestruyen además en el proceso, y otras veces, incluso conociendo este riesgo, parece que coquetearan con la destrucción en un ejercicio perverso de la voluntad.

Sin embargo, la muerte del escorpión en el agua simboliza también una transformación y una renovación potenciales. Vivir en este nivel de Escorpio da la capacidad de morir y renacer en otro nivel más elevado: el del águila. Quienes han llegado a este segundo nivel de Escorpio ya no se identifican exclusivamente con sus emociones, sino que derivan su identidad y su sensación de tener un significado y un propósito en la vida de algo externo a sí mismos: una relación, una causa o un proyecto que les interesa, una filosofía o una visión que los apasiona. Servirán al ser amado o a la causa elegida con una resolución, una dedicación  y una vitalidad admirables. Como el águila, que vuela más alto y ve más lejos que cualquier otra ave, y que es una mortífera cazadora, así cuando se ha alcanzado este nivel de Escorpio se tienen ideales y principios elevados, aunque se sigue conservando la picadura letal. Si cualquier cosa llegara a amenazar algo de aquello en lo cual se cree o se valora, el nivel del águila se expresará en un descenso en picada para atacar e incluso para destruir con maligna fruición a su oponente. Es obvio que el principal problema de quienes se encuentran en este nivel de Escorpio es su intensidad. Quizás estén al servicio de ideales tan nobles como la verdad, la justicia o el amor, o vayan en persecusión de objetivos que promueven el bienestar de la humanidad, pero persiguen estos fines con tal pasión y de manera tan concentrada que pierden de vista todo lo demás. Llegan a absorberse tanto en el objeto de su devoción que se olvidan de que su verdadera naturaleza es ilimitada e infinita, o se consumen en una virtuosa indignación o se agotan por obra de las exigencias físicas sobrehumanas que ellos mismos se imponen. Llegados a este punto, se hace necesaria una nueva etapa de crecimiento – otra muerte del ego – y es en este momento cuando puede nacer el fénix.

En Egipto, el fénix era un ave mítica. Tras haber sido consumido por el fuego, surgía de sus propias cenizas para volver a vivir: se convirtió, por lo tanto, en símbolo de inmortalidad. Las personas que viven en el nivel escorpiano del águila pueden encontrar que la pasión, en una relación importante, “arde hasta extinguirse” o que una causa en la que habían depositado fervorosamente su fe las decepciona o resulta ser falsa. Cuando esto sucede, se sienten como si ellas mismas hubieran sido aniquiladas. A semejanza del fénix, quedan reducidas a cenizas y puede suceder que pasen algún tiempo en ese estado antes de volver a alzarse, renovadas, de entre los rescoldos.

Cuando nos apegamos a algo, por más noble o trascendente que sea, limitamos nuestra identidad y olvidamos que nuestra verdadera naturaleza es ilimitada e infinita. En el proceso de crecer hacia una totalidad cada vez más integrada, tenemos que ir renunciando a nuestros apegos para aprender que lo que realmente somos es aquella parte de nosotros que permanece cuando nos despojan de todo lo que creíamos ser.

Por tránsito, Plutón representa una fuerza que desgarra nuestra identidad fundada en el ego hasta que llegamos a descubrir nuestra esencia, el sí mismo transpersonal, el núcleo eterno y universal de nuestro ser. Se trata de una lección difícil, que el tránsito de Plutón nos impondrá una y otra vez, obligándonos a hincarnos de rodillas. Podemos seguir teniendo relaciones, creencias, causas o ideales y disfrutando de ellos, pero debemos recordar que nuestra identidad verdadera, la más básica, no depende de ninguna de esas cosas.


miércoles, 21 de marzo de 2012

El Enfrentamiento con las Cuestiones Ultimas


Fragmento del libro “Los dioses del cambio”(El dolor, las crisis y los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón), de Howard Sasportas. 


Ya hemos hablado de cómo algunos de nuestros impulsos infantiles dan origen a la angustia y  al empleo de mecanismos de defensa que la sofoquen (ver en este blog el post  “El tesoro escondido”).

Sin embargo, los pensadores existencialistas creen que lo que nos hace sentir incómodos no son sólo los impulsos inaceptables, y nos hablan de ciertas “cuestiones últimas” – hechos básicos de la vida que tenemos que afrontar en virtud de nuestra misma existencia – que también provocan angustia y, por lo tanto, ponen en acción los mecanismos de defensa. Los tránsitos de Plutón pueden despojarnos también de estas defensas y pedirnos que encaremos directamente las cuestiones últimas de la vida.

¿Cuáles son estas cuestiones últimas, estos “datos” ineludibles de la existencia? En su libro “Existential Psychoterapy” (Psicoterapia Existencial), Irvin Yalom las enumera agrupándolas en cuatro categorías principales: la muerte, la libertad, el aislamiento y la falta de sentido.

Las consideraremos una por una.

Cualquier cosa que nace habrá de morir un día. Ahora estamos vivos, pero un día dejaremos de existir y aunque no hay escapatoria de la muerte, nos construímos defensas de todas clases para no enfrentarnos a este hecho. El cristianismo sugiere una vida después de la muerte, los filósofos esotéricos creen en la reencarnación y en la inmortalidad esencial del alma. Estos conceptos bien pueden ser verdad, pero muchos existencialistas afirmarían que tales creencias son maneras de eludir el reconocimiento del carácter definitivo de la muerte. Una parte de nosotros tiene conciencia de la inevitabilidad de la muerte, pero hay otra que está aterrorizada ante la perspectiva del no ser y que desea seguir existiendo. Para calmar nuestra angustia de muerte, nos buscamos maneras de “inmortalizarnos”. La idea de hacerse famoso y de vivir eternamente en la memoria de la gente ayuda a aliviar la angustia que provoca en el ego el carácter finito de la existencia. Escribir libros o crear obras de arte que nos sobrevivan es también satisfactorio para la parte de nosotros que está ávida de inmortalidad. Tener hijos es otra manera simbólica de asegurar la continuidad de nuestra existencia: aunque nos muramos, una parte de nosotros seguirá viviendo cuando hayamos desaparecido. Sin embargo, un tránsito de Plutón puede obligarnos a encarar la muerte, ya sea confrontándonos con la inevitabilidad de la propia o con la muerte de alguien próximo a nosotros.

De acuerdo con la teoría existencialista, otra cuestión principal es la libertad. Somos los únicos responsables de lo que hacemos y el estado de nuestra vida es el resultado de las decisiones que hemos tomado, conciente o inconcientemente. Sólo nosotros somos responsables de nuestros actos. Si nuestra vida no es como nos gustaría que fuera, no podemos culpar a nadie más que a nosotros mismos. Podríamos haber elegido otras cosas; podríamos haberlas hecho de otra manera. Nadie más que nosotros es responsable. El hecho de que seamos responsables de nuestra propia vida es aterrador, porque ¿qué pasa si nos equivocamos en nuestras opciones? En su libro “Escape from freedom” (El miedo a la libertad), Erich Fromm postula que algunas personas preferirían vivir en un estado totalitario que tomara todas las decisiones en nombre de ellas, antes que soportar continuamente la angustia de tomar decisiones. Intentamos coaccionar a otros para que las tomen por nosotros. Atribuímos la responsabilidad final de nuestra vida al destino, a los dioses, a nuestro inconciente o a cualquier cosa… salvo a nosotros mismos. Bajo la influencia de los tránsitos de Plutón es probable que tengamos que afrontar el hecho de que a nadie más que a nosotros mismos podemos hacer responsable de las decisiones que tomamos en la vida.

Otro dato básico de la existencia que nos llena de temor es el hecho de que por más intimidad que tengamos con otras personas, siguen existiendo algunas brechas infranqueables. Nadie puede jamás conocernos del todo, ni nosotros podemos conocer completamente a otra persona. Nacemos solos y morimos solos. Intentamos defendernos de la sensación de nuestro aislamiento existencial buscando el amor y las relaciones y, en especial, las uniones simbióticas en que nos fundimos o mezclamos con otra persona.  Existimos solos y sin embargo anhelamos ser parte de algo mayor. Bajo la influencia de un tránsito de Plutón puede sucedernos que perdamos a personas que pensábamos que jamás nos abandonarían y, como resultado de ello, que tengamos que afrontar nuestra soledad básica en la vida.

Finalmente, está la cuestión del sinsentido. La mayoría de los existencialistas creen que no hay verdades definitivas, que el universo no tiene ningún significado, a no ser el que nosotros le atribuyamos. “La única verdad absoluta es que no hay nada absoluto”. Si tal es el caso, ¿por qué estamos aquí y cómo debemos vivir? Aunque pueda no haber verdades preexistentes, en cuanto seres humanos necesitamos algún significado que dé propósito y dirección a nuestra vida. Necesitamos algo por lo cual vivir, líneas referenciales que nos permitan trazarnos un derrotero en la vida. Los tránsitos de Plutón pueden hacernos descubrir que la forma en que hemos dado sentido a nuestra vida ya no nos sirve: un sistema de creencias, una religión, una filosofía o un conjunto de ideales puede desmoronársenos por completo. Es probable que tengamos que afrontar la posibilidad de que el universo no tenga ningún significado preestablecido o que nos veamos forzados a reevaluar y redefinir la forma en que damos sentido y orientación a nuestra existencia.


lunes, 20 de septiembre de 2010

Afrontar las Crisis Positivamente



Fragmento del libro "La Astrología y la Psique Moderna", de Dane Rudhyar.


No sólo los individuos viven de una crisis personal a otra y en un estado de inseguridad tanto psicológica como económica; las naciones y grupos están enfrentando una serie aparentemente interminable de crisis y conflictos, “fríos” y “calientes”. La raíz fundamental de este estado casi universal de crisis son los enormes cambios sociales y económicos causados por la ciencia y la tecnología modernas.

Todo esto es bien sabido; pero lo que, por lo común, no se entiende con bastante claridad, es que el énfasis cada vez más difundido sobre el empleo práctico de técnicas psicológicas es el resultado directo de la necesidad de afrontar este estado universal de crisis. En todas sus formas modernas, la psicología es un intento de ocuparse de las crisis:  sin crisis, no hay necesidad de psicología!

Hay muchos géneros de psicología; pero todos estos pueden dividirse, a grandes rasgos, en dos categorías, según la actitud básica que asuman cualquier crisis o todas ellas. ¿Qué es una crisis en la vida de un individuo o en la vida de una nación y sociedad?  ¿Qué significado tiene una crisis?  Evidentemente, el problema de cómo hallar “solución” a una crisis deberá depender no sólo de lo que el psicólogo (o el reformador político-social) juzgue que la crisis causó sino también de lo que se propuso producir.

Con estas palabras “se propuso”, llegamos al quid de la cuestión. Algunos psicólogos aceptan la idea de que todas las crisis son, básica si no superficialmente, deliberadas. Según ellos, una crisis es una fase del proceso de crecimiento de un individuo o sociedad. Tiene un fin y un significado definidos con referencia al desarrollo total de la personalidad o la colectividad que la atraviesa.  Es necesaria para este desarrollo –como por ejemplo la crisis habitual de la adolescencia es necesaria para el pleno desarrollo de un cuerpo y una personalidad humanos-.  La crisis es necesaria, pero la forma que tome no es inevitable.  El estado de cambio y transición, el hecho de que haya un trastorno, son necesidades de la experiencia humana; pero el cambio social no es preciso que signifique una revolución violenta, tal como una crisis personal de crecimiento no es menester que produzca enfermedad, neurosis o insania.  Sin embargo, si hay neurosis aguda y un estado más o menos prolongado de clara crisis biofísica, surge naturalmente la pregunta: ¿Cuál debería ser el objetivo final del tratamiento? ¿Cuáles son los resultdos que ha de buscar el psicoanalista, el sanador del cuerpo y del alma?  Es aquí donde difieren fundamentalmente las escuelas psicológicas, y su diferencia es el resultado de dos enfoques de la naturaleza humana y del significado y finalidad de la relación de los individuos con la sociedad y el universo o Dios.

Según un tipo de psicología, la meta de la cura es restablecer el estado de normalidad perturbado por una causa u otra. Según el otro tipo, ninguna cura es real y significativa a menos que el paciente emerja de la crisis como un ser humano mayor del que fuera y de ese modo satisfaga la implícita finalidad “espiritual” de la crisis.  En el campo de la psicología que Freud inaugurara, se observan claramente estas dos actitudes, aunque a veces las dos se combinen algo; esto sería de interés muy grande para el astrólogo que se observa esencialmente como psicólogo y auxiliador de los seres humanos, pues él también tiene que definir su enfoque e interpretación de crisis pasadas o futuras que tal vez vea en los horóscopos de sus clientes.

Hay varios géneros de crisis claramente previsibles por medio de técnicas astrológicas, y la interpretación que el astrólogo les dé deberá depender necesariamente de lo que él mismo piense de las crisis en general. Tal vez juzgue las crisis como desviaciones, puras y simples tragedias, como cosas a curar y olvidar pronto; o las considere como fases necesarias de un proceso de crecimiento, como experiencias de las que pueda y deba recogerse una rica cosecha, experiencias sin las cuales no es posible la “madurez”, por oscura, trágica o aparentemente destructiva que sea la crisis.

El primer tipo de psicología puede llamarse normativo: la meta del tratamiento y de la cura es hacer que la persona perturbada sea “nuevamente normal”. Evidentemente, la normalidad es asunto relativo y sólo podrá definirse con referencia a las pautas generales de una cultura y una sociedad particulares. De esta manera, los “psicólogos sociales” son, en su mayoría, psicólogos normativos. Freud pertenece también a esta categoría porque su enfoque es esencialmente pesimista y sin sentido real de finalidad espiritual para el individuo como individuo.

El segundo tipo de psicología puede llamarse metamórfico porque considera a todas las crisis como (al menos potencialmente) medios para inducir y producir algún género de metamorfosis interior. Además, la vida humana, se observa como exigiendo absolutamente procesos recurrentes y periódicos de metamorfosis –o sea, crisis- porque sin ellos, la persona sigue siendo meramente “una de la masa”, tal vez normal, pero según las pautas de un tipo colectivo o de un molde culturalmente aceptado. Ser verdaderamente un “individuo” es haber emergido o surgido de la norma colectiva de la sociedad de la época; este emerger puede tener lugar solamente atravesando crisis de alguna índole, experiencias reales y fundamentales de metamorfosis. Estas experiencias son habitualmente fatigosas y dolorosas, y siempre perturbadoras: empero, se las debe aceptar de buen grado, entender y asimilar si ha de existir una real madurez individual… y quizás, hasta cierto punto, “genio” o el logro espiritual de un verdadero “discípulo de Cristo”, que está “en el mundo pero no es del mundo”.

En astrología, estos dos enfoques de las crisis personales o sociales han de referirse a la pareja de planetas “sociales” (Júpiter y Saturno), y a los planetas trascendentales o “metamórficos” (Urano y Neptuno), respectivamente. Cada una de estas parejas opera en un nivel especial de actividad y conciencia. En el nivel de Júpiter-Saturno, las crisis de individuos que emergen y genios en potencia, santos o apóstoles aparecen como desviaciones de la norma social. En el nivel de Urano-Neptuno, han de considerarse como procesos más o menos trágicos, pero necesarios, de renacimiento y redescubrimiento.

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Con los planetas Urano y Neptuno, llegamos al nivel de catarsis y metamorfosis, de purificación y renacimiento. Si somos hipnotizados por Júpiter y Saturno, estamos obligados a ver la actividad de Urano y Neptuno como destructiva; empero, los dos planetas remotos son realmente nuestros liberadores. Nos desafían para que seamos individuos más grandes, para que crezcamos creando nuestra grandeza futura como individuos. Estos desafíos aportan crisis. Sin embargo, debemos ser victoriosos o la derrota es costosa y nos derrumba. ¿Cómo podremos ser victoriosos? ¿En qué consiste la victoria? Las respuestas a estas preguntas difieren en cada caso individual, y particularmente con la edad de los individuos que afrontan estas crisis uranianas y neptunianas. La astrología podrá aquí ser de grandísima ayuda para el psicólogo pues puede regular el suceso y la duración probable de las crisis. Puede señalar la finalidad de las crisis, qué tienden a transformar en la vida y el temperamento del individuo. Sabedores de esto, aunque sólo sea en términos generales, podremos trabajar concientemente con el proceso de metamorfosis que produce la crisis, en vez de rebelarnos contra él y sus propuestos resultados finales.

En geología, las rocas “metamórficas” son las transformadas por el calor y presión volcánicos intensos. En psicología, una crisis uraniana metamórfica es también una liberación de calor y presión espirituales y psíquicos intensos, que pueden fundir y recristalizar los elementos más fundamentales de la personalidad. Pueden hacerlo pero no es necesario que lo hagan. Esas energías despiertas, las condiciones y emociones biológicas cabalmente alteradas, bien pueden apaciguarse tras la crisis y dejar solamente cicatrices, fatiga o el resignado reajuste de la normalidad social junto con las modalidades del pasado. Empero, todo está “como antes”: está restaurada la paz, restablecida la vieja rutina, “curado” el paciente, pero Dios ha sido derrotado.

A menudo, no hay peor derrota que una “victoria” sin sentido; y la máxima tragedia es una crisis que haya sido en vano. Soportamos el sufrimiento, la catástrofe, quizás un género de locura, el entierro de la personalidad, el debilitamiento de las estructuras del ego y el resultado neto de nada: sin crecimiento, sin renacimiento, sólo una reorganización timorata o autosatisfecha de este mismo ego según los mismos viejos lineamientos, pero con la horrible sensación (aunque no se la reconozca y sea subconciente) de que todo sucedió en vano. Hoy en día, la humanidad está enferma de semejante sensación colectiva, una mezcla de culpa, desesperanza y profunda fatiga anímica. Nuestros manicomios están desbordados. La única solución es un nuevo tipo de psicoterapia –y de astrología- que se centre alrededor del despertar deliberado del factor creativo en cada individuo.

Astrológicamente, el problema gira primero en torno de una comprensión más profunda de lo que Urano y Neptuno representan en un mapa natal –de lo que pueden significar- y luego, de los ciclos de tránsito de estos dos planetas. Digo sólo de tránsitos porque los planetas se desplazan demasiado lentamente para que las progresiones secundarias signifiquen algo, salvo en relativamente pocos casos cuando Urano y Neptuno concretan aspectos cercanos con otros planetas. Sólo tales aspectos pueden llegar a ser exactos, durante la vida, por progresiones directas o “conversas”. Una cantidad de libros de texto astrológicos enuncian significados “malos” de Urano y Neptuno; incluso la presencia de estos planetas en las casas natales recibe a menudo una interpretación principalmente negativa. Como ya se expresara, tal interpretación es válida, a lo sumo, sólo donde la vida y la finalidad de un individuo se observan solamente desde el punto de vista de un tipo Júpiter-Saturno de “normalidad” social y personal; donde tranquilidad, felicidad estática, comodidad y logro socio-económico se consideran los valores últimos para los seres humanos. Pero no vivimos en una sociedad estática.  La nuestra es una época intensamente dinámica: una época de trastornos, de cambio constante, y de metamorfosis tanto espiritual como social.

El siglo XX puede ser el siglo plutoniano. Pero antes de que Plutón pueda ser enfocado y experimentado de manera constructiva positiva, los humanos deberán haber aprendido a atravesar con buen éxito los trastornos y las crisis de crecimiento representadas por Urano y Neptuno.  Si Plutón ha de echar las bases de un rendimiento en una esfera más vasta de vida, el individuo deberá haber sido renovado por Urano y limpiado por Neptuno. Estos dos últimos planetas son símbolos del “umbral”. Uno puede tropezar en un umbral y aterrizar en un hospital; o puede entrar a través de él en una nueva vida. Sólo cuando esto último se comprende no sólo como posibilidad sino, en realidad, como la única meta deseable, se pueden afrontar con buen éxito los desafíos presentados por Urano y Neptuno con un  mínimo de perturbación.

La función de Urano es revelar esta meta al individuo con una lluvia de nueva luz, aunque al principio parezca cegadora. Una vez que se acepte la nueva vision, la nueva meta, entonces Neptuno podrá proceder constructivamente a cambiar la química, la sustancia misma de la personalidad de un individuo. Si la persona rehusa cambiar o inclusive admitir la posibilidad de cambio, entonces la vida la abatirá o la dejará varada en su pequeño mundo egocéntrico con sus triunfos y virtudes gradualmente más vacíos o sus locuras y pecados “promedios”.

En el mapa natal donde está Urano, busque el lugar y el campo de la experiencia en que es muy probable que sobrevengan el cambio personal, la autotransformación o las revoluciones trágicas; trate de aprender a entender y recibir de buen grado la finalidad de las metamorfosis, trate de trabajar concientemente con ella. En el mapa natal donde está Neptuno, busque la función biológica y psicológica y el área experimental o el campo de desarrollo personal que deba reorientarse, renovarse y “transustanciarse” (cambiarse o repolarizarse “químicamente”) durante su vida. Sin embargo, aquí deberá quedar muy en claro para todo aquel que se interese por la astrología y por los horóscopos propios (o de sus amigos) que Urano permanece durante siete años y Neptuno durante unos trece años en un solo signo zodiacal. Toda interpretación de las posiciones natales de estos planetas en un signo zodiacal se refiere, pues, a toda persona nacida dentro de un período de siete y de trece años, respectivamente. Esto significa que la interpretación deberá ser muy genérica en realidad y que simplemente no podrá aplicarsea enfermedades específicas o rasgos de carácter, pues éstos, evidentemente, no los comparten todos los que nacieron durante tales períodos.

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En lo que concierne a la persona individual, la presencia de Urano en una u otra casa del mapa natal real es, por lo común, el factor más revelador. Establece el campo de la experiencia personal en el que han de encontrarse esencialmente las crisis de autotransformación o, podría decirse, el foco de las crisis. La casa natal en la que se halla  Neptuno indica el tipo de confrontaciones en las que un individuo podrá renovar muy típicamente la sustancia misma (o la “química”) de su naturaleza y su carácter o ego. A través de tal tipo de confrontación (y cada casa natal representa un tipo), las limitaciones del ego personal podrán disolverse y el individuo puede realizar su libertad espiritual, el próximo problema, de allí en adelante, consiste en para qué es esta libertad, cuál es su finalidad. En casi todos los casos, son muy reveladoras estas indicaciones unidas a las que dan los símbolos asociados con el exacto grado zodiacal en el que estaban ubicados los planetas al nacer.

Dondequiera se estudien los tránsitos de Urano y Neptuno, ambos planetas deben considerarse juntos. Las graves crisis tienden a ocurrir más en particular cuando ambos forman aspectos a importantes planetas natales al mismo tiempo.  En algunos casos, Urano y Neptuno transitarán el Sol natal, la Luna o el “planeta regente”, mientras que el Sol o la Luna progresados estarán en cuadratura u oposición al Urano y Neptuno natales. Estos son habitualmente casos decisivos en los que sobrevendrá el desafío, por así decirlo, tanto desde dentro como desde fuera. La vida interior está lista para el cambio; y bajo la presión de esta necesidad interior, espiritual y quizás biológica de cambio (progresiones), una cadena de notables acontecimientos enfocará muy marcadamente los asuntos, perturbando en profundidad la vida social o familiar del individuo (tránsitos). En todo caso, lo importante para el individuo es entender, aceptar y trabajar con el proceso de metamorfosis y, por miedo o desaliento emocional, no rebelarse contra él ni estremecerse ante él.  Sin embargo, esto exige habitualmente mucha valentía espiritual y una mente firme y objetiva o una fe intensa en Dios. Donde faltan éstas, el ego aturdido se derrumba y abre para que las fuerzas irracionales o destructivas lo invadan o cierra tan herméticamente sus puertas que será dificilísimo volver a abrirlas. A lo sumo, será trágicamente necesaria otra crisis para que las destruya y, de esta manera, ponga en funcionamiento el demorado proceso de crecimiento.

La condicion del medio social y familiar afecta profundamente nuestra capacidad para afrontar positivamente las crisis personales de autotransformación. Donde este medio ambiente es caótico, como durante guerras y revoluciones, se vuelve más fuerte la tendencia al derrumbamiento individual. Empero, hay almas que, precisamente porque el mundo está en caos, logran convocar, desde su propio centro espiritual, la energía para mantenerse firmes y fuertes en contraste con este caos externo. El hecho de que una personalidad pueda convocar o no tal energía es cuestión que nadie podrá determinar jamás sobre bases astrológicas solamente, pues toda indicación astrológica podrá ser constructiva o destructiva en sus resultados últimos.


martes, 14 de octubre de 2008

Acerca de las Crisis

Nos cuesta contemplar las crisis como oportunidades de cambio, porque a muchos nos es difícil aceptar la pérdida, correr riesgos y rectificar el rumbo.

Nuestra primera reacción es la resistencia. Cuanto más se resiste el ego, más controla, más se cierra y endurece, aumentando la posibilidad de que el quiebre sea mayor que si se mantuviera flexible mediante la aceptación.

Los tránsitos de Saturno y de los planetas transpersonales -Urano, Neptuno y Plutón- simbolizan en Astrología las principales crisis de la vida.

Cada uno de estos planetas se relaciona con procesos de larga duración en los que seremos conducidos hacia diferentes desafíos:

Con Saturno, la maduración y el aprendizaje de la responsabilidad personal en un contexto de orden y de solidez. Hablamos de la construcción de lo propio.

Con Urano, el desarraigo y la pérdida de lo familiar que impone toda renovación de la existencia. Aquí el logro es la libertad.

Con Neptuno, el sentimiento de caos y disolución asociados a toda crisis y, al mismo tiempo, la oportunidad de integrarnos a la dimensión espiritual de la vida.

Con Plutón, la reorientación, repolarización y renacimiento hacia nuevas formas del ser, mediante procesos de limpieza y purificación.

La Astrología identifica las experiencias arquetípicas que todos debemos atravesar en nuestro proceso hacia la individuación en las diferentes etapas de la vida. Esta información nos ayudará a comprender y resignificar el dolor que toda crisis provoca, a fin de que podamos encontrar el sentido y el propósito para responder creativamente y seguir adelante, siendo cada vez más reales.