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viernes, 1 de mayo de 2026

Signos zodiacales y Arquetipos

En la actualidad la astrología y la psicología ya no son disciplinas separadas. Ambos sistemas buscan dar respuesta a las mismas dudas e incertidumbres sobre la naturaleza humana.

La astrología nos enseña que los signos zodiacales simbolizan doce energías fundamentales, como ha sido explicado en este blog en numerosos artículos. Y en la psicología de Carl Jung encontramos un maravilloso aporte: los arquetipos.

Si combinamos ambos sistemas, los signos zodiacales se convierten en una descripción del viaje de la conciencia, en lugar de ser una superficial descripción de características de personalidad.  

Podemos hacer el recorrido de este viaje de la conciencia reuniendo los signos zodiacales en tres grupos que representan tres etapas del mismo: desde la construcción de nuestra identidad terrenal hasta la integración de la dimensión espiritual, pasando por los procesos internos de sanación, muerte y resurrección.

Comparto con ustedes una breve guía que les ayudará a integrar cada signo con un arquetipo específico y con el trabajo interior que acompaña el avance del desarrollo de la conciencia. 


Primera etapa: de Aries a Cáncer. Trabajo interior: construir y fortalecer el ego.

Aries: el Guerrero

Tauro: el Inocente

Géminis: el Huérfano

Cáncer: el Protector


Segunda etapa: de Leo a Escorpio. Trabajo interior: sanar el alma.

Leo: el Creador

Virgo: el Buscador

Libra: el Amante

Escorpio: el Destructor


Tercera etapa: de Sagitario a Piscis. Trabajo interior: integrar el alma con el espíritu.

Sagitario: el Sabio

Capricornio: el Gobernante

Acuario: el Mago

Piscis: el Loco


Lo primero que observamos es que el Zodíaco representa un itinerario que describe el proceso de individuación con un orden de carácter inmutable, siendo una guía para el viaje de la conciencia.

Al comprender estas tres etapas podremos ser cada vez más conscientes y reconocer en qué momento de nuestro propio trabajo interior nos encontramos: ya sea que estemos construyendo y fortaleciendo nuestro ego o sanando heridas o resignificando el pasado o buscando la conexión con lo que para cada uno signifique su concepto de lo superior.

El desarrollo de la conciencia no es lineal. Lo natural es que se registren avances, retrocesos y períodos de estancamiento. No hay que asustarse: todo sirve para comprender que nuestra vida es un flujo constante de aprendizaje, descondicionamiento, muerte y renacimiento.

Espero que este breve material les sirva para despertar su interés en profundizar el tema, incrementando así su comprensión y mejorando su calidad de vida.

domingo, 25 de febrero de 2018

Los Símbolos y el Inconsciente

Texto extraído del libro "La Misión de tu Alma", de Linda Brady 

Por medio de la parte inconsciente de nuestra mente, el alma nos proporciona respuestas a todas las cuestiones de la vida, nos inunda de cientos de símbolos. En La estructura y la dinámica de la psique, Jung define el inconsciente como: "Todo lo que sé, pero en lo cual no pienso en este momento; todo aquello de lo que una vez fui consciente, pero que ahora he olvidado; todo lo percibido por mis sentidos, pero que mi mente consciente no ha registrado; todo lo que involuntariamente y sin prestarle atención siento, pienso, recuerdo, deseo y hago; todas las cosas futuras que están formándose en mí y alguna vez haré conscientes; todo esto es el contenido del inconsciente". A la definición de Jung añadiría yo que el inconsciente contiene recuerdos no solo de esta vida sino también de otras. Nuestra mente inconsciente proyecta toda la sabiduría adquirida en encarnaciones previas mediante el lenguaje de los símbolos.

La parte inconsciente de nuestra personalidad, o "sombra", contiene muchos de los rasgos y características que conscientemente rechazamos y, en consecuencia, reprimimos. Por temor a los recuerdos oscuros indecorosos que podríamos desenterrar, y a los estragos que podrían causar, muchos tenemos miedo de nuestro inconsciente. No obstante, lo cierto es precisamente lo contrario: lo que puede hacernos daño es lo que no sabemos.

Tu inconsciente puede ser tu mejor amigo, un almacén de información que deseas hacer consciente. Lo difícil es cómo acceder a esa información, porque nuestro inconsciente no tiene una vía de comunicación directa con nuestra mente consciente, lo cual significa que solo podemos explorarlo de un modo indirecto. Además, mientras nuestra mente consciente nos proporciona una información más literal, el lenguaje del inconsciente es en su mayor parte simbólico. Así pues, para buscar la vasta información del inconsciente, debemos utilizar procesos entre los que se incluyen la astrología, la interpretación de los sueños y diversas formas de simbología.

sábado, 26 de mayo de 2012

Crear nuestra propia vida


Fragmento del libro “La misión de tu alma”, de Linda Brady y Evan St. Lifer, Ediciones Urano.

¿Crees que tienes algún grado de responsabilidad por el modo en que se despliegan las experiencias y los hechos de tu vida?

Cuando les pregunto a mis clientes si “crean su propia vida”, lo más normal es que me digan que sí. Después de todo, la responsabilidad personal es una filosofía espiritualmente correcta y que en la actualidad está en alza. Sin embargo, cuando experimentan una tragedia específica en su propia vida, como un divorcio, la muerte de un ser querido, la pérdida de un trabajo, muchos de estos mismos clientes responden diciendo: “Pero yo no he creado eso”.

Existe una errónea percepción general acerca de la teoría de la creación. Muchos creen que es una experiencia consciente e intelectual: crear objetivos y comprometerse con ellos, así como planificar estratagemas activas para organizarlos y afirmarlos. Algunos creemos –y muchos libros recientes lo corroboran- que si visualizamos un resultado positivo, si creamos un mantra y nos concentramos en él constantemente y tomamos medidas que apoyen la creación, conseguiremos lo que queremos.

Otros piensan que la creación de la vida es un proceso inconsciente cuyos rudimentos residen en nuestra psique. Jung, por ejemplo, creía que tendemos a reprimir y almacenar en el inconsciente las emociones y creencias con las que nos sentimos menos cómodos. Más tarde, en el momento en que lo considera apropiado, nuestro inconsciente trae esos sentimientos reacios a nuestra mente consciente y los crea externamente. En otras palabras, Jung afirmaba que proyectamos una parte inconsciente de nosotros mismos en la gente que nos rodea. Por ejemplo, si has reprimido toda tu agresiva cólera, luego la proyectarás en uno de tus amigos íntimos o en algún familiar, al que verás como poseedor de esa misma agresividad, de modo que puedas aprender de ella.

Si bien es cierto que el inconsciente, el intelecto y las emociones desempeñan un papel importante en la creación de nuestra vida, personalmente creo que son complementos del papel fundamental del alma. 

¿Por qué creamos nuestra vida para ser como es, con sus diferentes experiencias y relaciones? Porque nuestra alma anhela que tengamos esa vida para aprender nuevas lecciones y evolucionar hacia un orden espiritual más alto.

La creación del alma es la práctica de asumir la responsabilidad última por el modo en que nuestra vida se revela. Nuestra alma crea exactamente la vida que necesitamos.

Sin embargo, la diferencia entre nuestro intelecto, nuestras emociones y nuestra alma reside en que los primeros se relacionan solamente con nuestra personalidad y sus experiencias vitales actuales. La tarea de crear nuestra vida proviene del alma, una dimensión que trasciende esta vida y sus cambios.

“Bienvenida, oh vida! Voy a encontrar por enésima vez la realidad de la experiencia, y en la herrería de mi alma forjaré la conciencia increada de mi raza.” (James Joyce, Retrato del artista adolescente).


sábado, 12 de noviembre de 2011

Destino y Self


Fragmentos del Capítulo 10 del libro “Astrología y Destino”, de Liz Greene.


Como dice Jung: “Lo que le sucede a una persona es característico de ella, representa un patrón que hace que todas las piezas concuerden. A medida que discurre la vida, las distintas piezas van colocándose, una tras otra, en su lugar como si siguieran un diseño preestablecido”.

Cuando la vida nos da un golpe duro e inesperado experimentamos el lado oscuro del destino, lo que los griegos llamaban Moira. Cuando la vida parece dirigirnos hacia una meta y nos hace sentirnos agradecidos a la suerte experimentamos el lado luminoso del destino, lo que la Cristiandad llama Providencia.  El primer aspecto, fielmente reflejado por una imagen femenina primordial, parece implacable, despiadado y sin razón o propósito alguno relacionado con el individuo. Moira, después de todo, traza sus fronteras sin favoritismo, porque se trata de fronteras colectivas o universales, no de fronteras personales o individuales. El segundo, aunque pueda también suponer dolor, en última instancia parece benevolente, lleno de sabiduría y especialmente cuidadoso con el individuo. Frecuentemente ambos aspectos del destino son experimentados a la vez, aparecen juntos, como formando parte del mismo todo, en particular en el trabajo analítico, en el sentido de que las restricciones “injustas”, las lesiones y las pérdidas van comprendiéndose gradualmente como manifestaciones de un patrón interno que se mueve hacia un objetivo y que lentamente va ampliando y enriqueciendo la personalidad. Aniela Jaffe expresa esta coincidencia del modo siguiente:  “Básicamente la individuación consiste en el intento necesario y constantemente renovado de fusionar las imágenes internas con la experiencia externa o, dicho de otro modo, es la tarea de haer que el destino actúe sobre nosotros según nuestra propia intención.”

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Una de las definiciones que Jung da del Self es esta: “Como concepto empírico el Self designa todo el rango de los fenómenos psíquicos del hombre. Expresa la unidad de toda la personalidad. Sin embargo, dado su componente inconciente, la personalidad sólo puede ser parcialmente conciente y por ese motivo el concepto de Self es, en parte, sólo potencialmente empírico y no deja de ser más que un postulado.

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En ocasiones, Jung habla del Self como arquetipo, es decir, como uno de los distintos factores ordenadores o conformadores del inconciente. En este sentido, de la misma manera que Moira es un autorretrato del instinto natural primordial que determina los límites de la vida material y que castiga la transgresión de esos límites, el Self, con su impresionante rango de representaciones simbólicas: diamante, círculo, mandala, piedra filosofal, flor, tesoro, andrógino, anillo de oro, etc., es una imagen de aquel instinto individual que guía la evolución en la dirección de llegar a ser la totalidad significativa, única y singular que potencialmente siempre fue y cuyo desarrollo, aún parcial, supone una o varias vidas. Dicho de otro modo, el Self es un imagen del instinto religioso, ese aspecto del psiquismo que aspira a experimentar la unidad con la divinidad. Cuando Jung habla en este sentido el Self es “el” arquetipo, el Gran Círculo que engloba todos los aspectos del psiquismo y los funde en una totalidad única.

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El siguiente párrafo de The Development of Personality refleja lo que ha sido llamado el punto de vista “místico” de Jung sobre el psiquismo:  “¿Qué es, en definitiva, lo que induce al hombre a seguir su propio camino y a separarse de laidentidad inconsciente con la masa como si de una nube de niebla se tratara?  No es por cierto la necesidad porque la necesidad implica a muchos e inclina a refugiarse en la convención, ni tampoco una decisión moral porque un problema de este tipo se resuelve nueve de cada diez veces por una solución convencional. ¿Qué es entonces lo que inclina inexorablemente a la balanza a favor de lo extraordinario? Es lo que comúnmente se llama vocación, un factor irracional que hace que el hombre se emancipe del rebaño y del camino trillado. La personalidad genuina es siempre una vocación y hay que confiar en ella como en Dios… La vocación opera como una ley divina de la que no se puede escapar… El sujeto debe obedecer su ley como si fuera un daimon susurrándole nuevos y maravillosos senderos. Cualquiera con una vocación escucha la voz de su hombre interno: siente su llamada.

Lo que Jung llama “vocación” o “personalidad genuina” supone para el astrólogo una serie de problemas. Jung describe al Self como “la unidad de la personalidad como un todo” y podríamos considerar a todo el horóscopo, no sólo los signos, los planetas y las casas sino tamabién los aspectos, los equilibrios (o desequilibrios) de elementos y cualidades, las fases lunares, en definitiva todos los detalles que componen el arte de la interpretación horoscópica, como su impronta. El Self es, por consiguiente, la carta completa, natal y progresada, pero sea lo que fuere “lo que indica al hombre a seguir su propio camino” no aparece en el horóscopo. Cualquier astrólogo experimentado se ha topado con personas que lejos de manifestar su historia singular y única de su carta natal no se le parecen en nada sino que parecen copias de personajes de revista o televisión, con ideas, creencias y respuestas que son totalmente colectivas. En esos casos podríamos decir crudamente que no hay nadie en casa, es decir que no hay ningún individuo en casa sino sólo un altavoz que va repitiendo los sistemas de creencias y valores familiares y, a un nivel más amplio, las creencias y valores de la cultura prevalente en la que el individuo vive y trabaja. No hay nada en el horóscopo que pueda decirnos por qué una persona no está expresando su horóscopo, eso sólo puede verse desde fuera. El Self no se agota en la totalidad del horóscopo porque es algo más que el horóscopo.

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La mayoría de nosotros vivimos en un estado de gradual aproximación a nuestra personalidad total, primero nos encontramos con ella como “destino”en el mundo externo y sólo más tarde y en ocasiones tras considerables esfuerzos, la vivimos, también como “destino” como aspectos de nosotros mismos. Para el ojo astrológico uno de los rasgos más interesantes del trabajo analítico es que en la medida en la que el individuo va aumentando su conciencia del Self va manifestando más las tendencias descriptas en su horóscopo. Lejos de “trascender” la carta natal el individuo parece encontrarse más a gusto en ella, individuo y horóscopo empiezan a adecuarse y consecuentemente el individuo parece encontrarse más a gusto consigo mismo, con lo que es. Esto, por supuesto, es algo que tiene lugar sin ningún tipo de consideración del tema astrológico… En particular es el signo solar el que parece aumentar su “resplandor”, como si este punto del horóscopo fuera el “receptor” del Self del individuo pero no podemos responder a la pregunta de por qué ciertos individuos eligen hacer el viaje individual y otros no.

Otro problema que también tiene que ver con la relación entre el Self y el individuo que ya hemos considerado en otras ocasiones es ¿por qué una determinada configuración astrológica se manifiesta en una persona en un nivel y en otra en un nivel completamente diferente?  Hay ciertos aspectos del psiquismo que indudablemente pueden alterarse pero otros no.  El ejemplo siguiente ilustra brevemente este último caso. Cuando consideramos una vida desde una perspectiva amplia parece que los límites dados – sea por Moira, la Providencia o el Self - son precisamente los más adecuados para facilitar el desarrollo del individuo. Es difícil de describir a menos que uno lo haya experimentado pero he oído con frecuencia (y yo misma también lo he sentido así) que no conviene cambiar ningún aspecto del pasado porque había algo que es “adecuado”, algo que conduce al presente e incluso al futuro, algo que incluye tanto los aspectos “malos” y “desgraciados”, los “errores” y las “elecciones equivocadas” como los aspectos “felices” y las “elecciones correctas”. Esta experiencia profundamente subjetiva de “ajuste” no parece estar limitada por el horóscopo, más bien es una experiencia sobre el horóscopo, como si en el caso de haber podido elegir uno hubiera elegido precisamente su carta astral. La carta sin embargo no describe detalles mundanos tan precisos [del tipo de los acontecimientos sincrónicos que hemos visto en el capítulo precedente]. El horóscopo puede reflejar el “ordenamiento” de la vida, pero no un ordenamiento que descienda al detalle concreto. Así pues, una vez más nos encontramos con algunos aspectos del Self que van más allá de la carta natal.

lunes, 9 de mayo de 2011

El Arquetipo del Niño

"El Arquetipo del Niño" es un texto de Carl G. Jung, extraído del libro "Espejos del Yo" cuya autora es Christine Downing. Los lectores interesados en recibir un ejemplar online de este libro, pueden solicitarlo enviando un e-mail a: astrologiaparacomprenderlavida@gmail.com




El abandono del niño

El abandono, el estar a la intemperie, el peligro, etc., corresponden por un lado a las eventualidades de un nimio comienzo y por otro al nacimiento maravilloso y cargado de misterio. Lo dicho describe cierta vivencia psíquica creativa, que tiene por objeto la aparición de un contenido nuevo y todavía desconocido. En la psicología del individuo siempre hay en tales momentos una dolorosa situación de conflicto, en la que la conciencia no parece tener escapatoria, pues aquí siempre vale el tertium non datur [no hay un tercero].

«Niño» significa algo que crece hacia la independencia. No puede conseguirlo sin alejarse del origen; el abandono es pues una condición necesaria, no sólo un suceso eventual. El conflicto no será resuelto por la conciencia que permanece atrapada entre opuestos; por eso requiere un símbolo que indique la necesidad de alejarse del origen. Como el símbolo del niño fascina y conmueve a la conciencia, su efecto liberador la atraviesa y lleva a cabo la separación de la que la conciencia era incapaz.

El símbolo anticipa un incipiente estado de conciencia. Mientras éste no se realiza, el «niño» permanece como proyección mitológica, exigiendo repetición a través del culto y renovación a través del rito.

 
La invencibilidad del niño

Es una paradoja llamativa de todos los mitos del niño el que, por un lado, el «niño» se halle impotente ante enemigos poderosísimos y continuamente amenazado de aniquilación y, por otro lado, disponga de poderes que exceden sobradamente lo humano. Tal afirmación está estrechamente relacionada con el hecho psicológico de que el «niño», por un lado, es sin duda «nimio», es decir, desconocido, «sólo un niño», y por otro lado es sin embargo divino. Contemplado desde la conciencia, se trata de un contenido aparentemente insignificante, sin un carácter liberador ni salvador. La conciencia se halla atrapada en su situación de conflicto, y los poderes que allí luchan parecen tan enormes que el «niño», como contenido aislado e incipiente, no guarda relación con ellos. Por eso es fácilmente desestimado y cae de nuevo en el inconsciente. Al menos así ocurriría si las cosas se comportaran de acuerdo con las expectativas conscientes. Pero el mito subraya que ése no es el caso, sino que al «niño» le corresponde una fuerza superior y pese a todos los peligros saldrá inesperadamente airoso.

El «niño» nace del seno del inconsciente, engendrado en los cimientos de la naturaleza humana, o mejor aún, de la naturaleza viviente en general. Personifica poderes vitales que están más allá del limitado perímetro de la conciencia; personifica caminos y posibilidades de los que la conciencia, en su unilateralidad, nada sabe, y una globalidad que abarca las profundidades de la naturaleza. Representa el empuje más fuerte e inevitable de todo ser, es decir, el autorrealizarse. Estructurado con todos los poderes instintivos de la naturaleza, es incapaz de alternativas, mientras que la conciencia se halla atrapada en una supuesta capacidad de alternativas. El empuje y la compulsión a autorrealizarse es una ley de la naturaleza, y por tanto de una fuerza invencible, aunque su efecto al principio es nimio e improbable. Esta fuerza se manifiesta en las proezas del niño héroe.

La fenomenología del nacimiento del «niño» siempre apunta de regreso hacia un estado psicológico original de desconocimiento, de oscuridad o crepúsculo, de indistinción entre sujeto y objeto, de identidad inconsciente entre hombre y universo. De ese estado de indistinción procede el huevo de oro, que es tanto hombre como universo, y a la vez ninguno de ambos, sino un tercero irracional.

Los símbolos del Yo se originan en las profundidades del cuerpo y participan de esa materialidad tanto como de la estructura de la percepción consciente. El símbolo es cuerpo viviente, corpus et anima; por eso el «niño» es una fórmula tan apropiada para el símbolo. La singularidad de la psique nunca llega, aunque se acerca, a realizarse completamente, y sin embargo constituye el fundamento indispensable de toda conciencia. Los «estratos» más profundos de la psique pierden su singularidad individual a medida que se adentran en la profundidad y oscuridad. Van hacia «abajo», es decir, se vuelven colectivos a medida que se aproximan a los sistemas funcionales autónomos, hasta universalizarse y extinguirse en la materialidad del cuerpo, o sea en las sustancias químicas. El carbono del cuerpo es en definitiva carbono. Y «hacia abajo» la psique es en definitiva «universo». En este sentido puedo dar toda la razón a Kerényi cuando dice que el símbolo habla el universo mismo.

Cuanto más arcaico y «profundo», es decir, cuanto más fisiológico es el símbolo, tanto más colectivo y universal, tanto más «material» es. Cuanto más abstracto, diferenciado y específico es, tanto más se aproxima su naturaleza a la singularidad e individualidad consciente, tanto más se deshace de su universalidad. Finalmente, en la conciencia corre el peligro de convertirse en mera alegoría que no traspase el marco de la opinión consciente y se halla expuesto a todos los posibles intentos de explicación racionalista.

 
El hermafroditismo del niño

Es un hecho notable el que quizá la mayoría de los dioses cosmogónicos sean de naturaleza bisexual. El hermafrodita no significa otra cosa que una unión de los opuestos más fuertes y llamativos. Inicialmente esta unidad apunta de regreso hacia un estado primitivo del espíritu, en cuya madrugada las distinciones y oposiciones estaban aún poco separadas o completamente fusionadas. Sin embargo, a medida que aumenta la claridad de la conciencia, los opuestos se distinguen y escinden de modo creciente. Ahora bien, si el hermafrodita sólo fuera un producto de la indiferenciación primitiva, debería esperarse que quedara pronto eliminado con el desarrollo de la cultura. Pero esto no es de ningún modo así; por el contrario, en los niveles de cultura elevados y más altos, la fantasía se ha ocupado de esta idea una y otra vez.

Aquí ya no se puede tratar de la persistencia de un fantasma primitivo, de una originaria contaminación de opuestos. Antes bien, como podemos ver en las obras medievales, la idea originaria se ha convertido en símbolo de la unión constructiva de opuestos, un verdadero «símbolo unidor». En su significado funcional, el símbolo ya no señala hacia atrás, sino hacia delante, hacia una meta todavía no alcanzada.

Despreocupado de su monstruosidad, el hermafrodita se ha convertido en un superador de conflictos y portador de sanación, significado que ya alcanzó en niveles relativamente tempranos de la cultura. Este significado vital aclara por qué la imagen del hermafrodita no se extinguió en los tiempos primigenios sino que, por el contrario, supo afirmarse a través de los milenios con una creciente profundización de su contenido simbólico. El hecho de que una representación tan tremendamente arcaica ascendiera a tal altura de significado no sólo indica la fuerza vital de las ideas arquetípicas, sino que también demuestra la validez de la afirmación de que el arquetipo media como unidor de opuestos entre los fundamentos del inconsciente y la conciencia. Tiende un puente entre la conciencia actual, amenazada de desarraigo, y la plenitud natural, inconsciente e instintiva de los tiempos primigenios.

A través de esta mediación la unicidad, singularidad y unilateralidad de la conciencia individual actual se conecta de nuevo con las raíces naturales y tribales.
El progreso y el desarrollo no son ideales que haya que rechazar; pero pierden su sentido cuando el hombre llega al nuevo estado sólo como un fragmento de sí mismo, olvidando todo su trasfondo y todo lo esencial en la sombra del inconsciente, en un estado de primitividad o de barbarie. La conciencia escindida de sus orígenes, incapaz de corresponder al sentido del nuevo estado, se hunde entonces con demasiada facilidad en una situación peor que aquella de la que la innovación pretendía liberarla -exempla sunt odiosa!

En el curso del desarrollo cultural, el ser primigenio bisexual se convierte en símbolo de la unidad de la personalidad, del Yo, donde se apacigua el conflicto de opuestos. De este modo, el ser primigenio se convierte en la meta lejana de la autorrealización del ser humano, habiendo sido ya desde el principio una proyección de la plenitud inconsciente.

 
El niño como principio y final

El «niño» es a la vez un ser del principio y del final. El ser inicial estaba antes del hombre; el ser final está después del hombre. Psicológicamente, esta afirmación significa que el «niño» simboliza la esencia preconsciente y postconsciente del hombre. Su esencia preconsciente es el estado inconsciente de la más temprana infancia; la esencia postconsciente es una anticipación por analogía de lo que hay después de la muerte. En esta idea se manifiesta la esencia omniabarcante de la totalidad del alma. La totalidad no se halla nunca circunscrita a la conciencia, sino que abarca la indeterminada e indeterminable extensión del inconsciente. Así pues, empíricamente, la totalidad es de una extensión imprevisible, más antigua y más joven que la conciencia, a la que abarca en el tiempo y el espacio. Esto no es ninguna especulación, sino una experiencia inmediata del alma. Los procesos inconscientes no sólo acompañan, sino que a menudo guían, promueven o suspenden el proceso consciente. El niño tenía vida anímica antes de tener conciencia. El propio adulto todavía dice y hace cosas cuyo significado sólo más tarde entenderá -si puede. Y aun así, parece que las diga y haga a sabiendas. Nuestros sueños continuamente dicen cosas que están más allá de nuestra mentalidad consciente (por eso pueden ser tan útiles en la terapia de las neurosis). Nos llegan intuiciones y percepciones de fuentes desconocidas. Se nos presentan miedos, humores, intenciones y esperanzas cuyas causas no son claras. Estas experiencias concretas forman los pilares de los sentimientos, que nunca conocemos bastante, y dan lugar a la dolorosa suposición de que podemos darnos sorpresas a nosotros mismos.

El hombre primitivo no es ningún enigma para sí mismo. La cuestión acerca del hombre es siempre la última pregunta que el hombre plantea. El hombre primitivo tiene tanto contenido anímico fuera de la conciencia, que la experiencia de algo psíquico exterior a él le resulta mucho más familiar que a nosotros. La conciencia cercada por poderes psíquicos que la sostienen y amparan o que la engañan y amenazan es una experiencia primordial de la humanidad. Esta experiencia se ha proyectado en el arquetipo del niño, que expresa la totalidad del hombre. Es lo abandonado y expuesto a la intemperie, y a la vez lo divinamente poderoso; el comienzo nimio y dudoso y el final triunfante. El «niño eterno» en el hombre es una experiencia indescriptible, una incongruencia, una desventaja y una prerrogativa divina; algo imponderable que manifiesta la última palabra y no-palabra de una persona.

jueves, 17 de febrero de 2011

La Carta Natal y las Funciones de la Conciencia


El siguiente texto es un fragmento perteneciente al capítulo III del libro “Guía Astrológica para Vivir con los Demás”, de Liz Greene. El mismo sirve de introducción al tema de la dinámica de las funciones psíquicas.



Todos poseemos aquellas funciones de la conciencia a las que Jung llama pensamiento, sentimiento, sensación e intuición: “(Un objeto)… es percibido como algo que existe (sensación); se lo reconoce como esto y se lo distingue de aquello (pensamiento); se lo evalúa como placentero o displacentero, etc. (sentimiento) y, finalmente, la intuición nos dice de dónde vino y hacia dónde va”.

Sabemos también que no realizamos la totalidad de dicha estructura sino que, en cambio, cultivamos primero una función y luego otra. Quizá desarrollemos parcialmente una tercera, pero jamás llegamos a entendernos realmente con la cuarta, que sigue siendo en gran medida inconciente. Y con frecuencia, al establecer relaciones, buscamos una persona que encarne –o que actúe por nosotros- aquellos aspectos de la totalidad que somos incapaces de expresar, o que no estamos dispuestos a expresar.

En su estilo aparentemente ingenuo, también los cuentos de hadas nos hablan de esta cuaternidad básica de las funciones de la conciencia. En cuentos que provienen de todos los rincones del mundo y se remontan a todos los períodos de la historia, encontramos una y otra vez el mismo motivo: “Había una vez un rey que tenía tres hijos. Los dos mayores eran prudentes, fuertes y apuestos, pero el tercero era un idiota de quien todo el mundo se reía”.

He aquí un símbolo espléndido de la forma en que funciona la psique humana, pues la función directriz de la conciencia es el rey que, inevitablemente en estos cuentos, tiene algún problema por lo común referido a enfermedad, vejez o muerte inminente, o que consiste en el ataque de un enemigo que él es incapaz de vencer. Los dos hijos mayores intentan siempre resolver el problema y fracasan. Y es al idiota,al Santo Bufón –de todos los aspectos de nosotros mismos el más humilde, menos apreciado y aparentemente más incapaz- a quien le toca hallar la solución y salvar el reino.

Ahora bien, es muy divertido decidir que yo soy un tipo pensante y tú un sentimental, y que eso explica que yo sea despierto, observador y razonable, que me exprese con claridad, en tanto que tú, presa siempre de tus emociones, eres tan irracional y tan terco. Este es un juego en el cual participamos todos cuando nos iniciamos en el estudio de la tipología, de manera muy similar a como los no iniciados practican el juego del zodíaco. Por cierto que si yo soy Libra, soy siempre encantadora, cortés y considerada; en cambio es evidente que si tú andas siempre buscándole cinco patas al gato, lo criticas todo y eres egocéntrico y de mentalidad estrecha, es porque eres Virgo.

No importa que sea astrológica o psicológica; la tipología se puede usar como un instrumento estupendo para detectar defectos ajenos, y lo más frecuente es que se abuse así de ella. En primer lugar, porque tomarla en serio nos da miedo; en segundo término, porque generalmente de ella sólo aprendemos lo que nos resulta cómodo y hacemos caso omiso de sus implicaciones más profundas; y finalmente, porque todos estamos, en realidad, secretamente convencidos de que las cosas que valoramos –cada uno de acuerdo con nuestro tipo- son en realidad las mejores y que todo lo demás es, de hecho, un tanto inferior.

Sin embargo, en este juego de asignar tipos hay una penalización automática. El problema de entender cuáles son las funciones de la conciencia que han sido enfatizadas con posible exclusión de otras, y el esfuerzo de toda la vida por conocer al Otro que existe dentro de nosotros mismos, y por llegar a un acuerdo con él, conducen a aguas mucho más profundas de lo que podría sugerir una interpretación superficial de los tipos de funciones. Y de pronto, se encuentra uno con que ya no está jugando un juego; o bien con que, si lo está, las apuestas son mucho más altas de lo que se imaginaba. La psique humana está en pugna por la integridad, y este enunciado subyacente en la psicología es una verdad tremendamente simple y sin embargo de una importancia abrumadora, algo que se debe vivenciar para poder comprenderlo cabalmente.

Integridad no significa perfección. No está íntegro el hombre que se ha pasado muchos años cultivando una especial finura de percepción y expresión intelectual y que, sin embargo, no puede expresar ni entender su naturaleza sentimental. Ni tampoco el que se ha construído una vida sentimental rica y plena, y tiene muchas relaciones personales significativas, si no sabe cómo razonar ni es capaz de distinguir el punto de vista justo y “objetivo” desde el cual se pueden sostener principios y demas margen para las diferencias individuales. Tampoco lo es el realista práctico que tiene a su disposición el mundo de los hechos, que ha expresado el pleno florecimiento de sus capacidades organizativas y, no obstante, es incapaz de ver hacia dónde lo conducen, y no encuentra a su vida sentido alguno ni significado espiritual. Ni siquiera lo es el visionario o el artista, que vive en un mundo de posibilidades sin límite y no puede, no obstante, hacer frente al sencillo mecanismo de la vida terrena ni actualizar sus múltiples ensueños.

¿Cuántos seres humanos hay que podamos afirmar que funcionan libre y felizmente con todas las posibilidades interiores contenidas en la psique? ¿Por qué nos sentimos atraídos (o rechazados) en forma tan compulsiva por aquellas personas que parecen ser la encarnación de estilos de vida y de valores cuya importancia y manera de actuar se nos escapan sin que sepamos cómo?

Por más que el zodíaco sea un símbolo de totalidad, esa totalidad no se encuentra contenida en ninguna carta, porque hay solamente diez planetas con qué competir, y sólo siete de ellos son en alguna medida “personales”, en el sentido de que se refieran a la personalidad o a la estructura yoica del individuo; y hay doce signos posibles, y doce casas o sectores posibles en la carta natal donde pueden estar emplazados. También en las relaciones angulares entre los planetas son posibles innumerables combinaciones. Toda carta contiene elementos fuertemente acentuados y otros de acentuación debil, y lo mismo sucede con cada psique humana; es algo que pertenece a la naturaleza animal. Una comprensión de la tipología no es, por consiguiente, un sistema de clasificación. Es un mapa de ruta, que puede decirte de dónde partes y dónde puede ser tu primer giro; dónde corres peligro de que se te rompa el coche y qué puedes hacer para repararlo, y adónde –esperemos- llegarás cuanto tu tiempo se cumpla.

Inherente al placentero reconocimiento de aquellas funciones de la conciencia que son “superiores” –o sea, que están bien desarrolladas, son confiables y se encuentran sometidas al control de la voluntad del individuo- es el mucho menos placentero reconocimiento de que hay un problema con las funciones opuestas, las “inferiores”, que se muestran con frecuencia ingobernables, erráticas, impredecibles, excesivas, tendiendo a ser infantiles o primitivas, y teñidas de una peculiar cualidad autonómica que, cuando afloran impensadamente, hacen que la gente tenga que decir cosas como: “Oh, lo siento, no era mi intención” o “No entiendo qué es lo que me ha sucedido”. La intención de tales disculpas es ocultar el hecho de que nosotros nos sentimos incluso más mortificados que los demás cuando el inconciente se hace valer por su cuenta y nos impulsa a un comportamiento que no podemos explicar y que no deseamos.

Las funciones opuestas se llaman así porque no pueden funcionar juntas. Sentir y pensar, por ejemplo, son dos modos totalmente distintos de evaluar o reconocer la experiencia; uno de ellos, el sentimiento, es totalmente subjetivo, y funciona sin atenerse a la lógica basándose en la reacción personal, en tanto que el otro –el pensar- es totalmente “objetivo” y depende de la lógica, a expensas de la respuesta personal. Poseemos potencialmente ambas funciones, pero tenderemos a usar principalmente una de ellas y no la otra; tampoco es posible usar ambas al mismo tiempo. Los valores propios de cada una de ellas son totalmente diferentes y no se mezclan. Es posible usar una de ellas para respaldar a la otra, pero no usarlas simultáneamente. Muchas personas basan sus valores totalmente sobre una sola de tales funciones, y fingen que la otra no existe.

La intuición y la sensación son, de modo similar, funciones opuestas porque representan dos modos de percepción totalmente distintos. A la intuición se la suele llamar percepción por la vía del inconciente, y es una función que supone no considerar la realidad física de una experiencia o de un objeto, de modo que el significado, las conexiones, el pasado y las posibilidades futuras del mismo puedan ser captados en una única visión unificada. La sensación, por otra parte, es precisamente lo que da a entender la palabra: significa percibir por mediación de los sentidos, y los sentidos registrarán solamente aquello que es tangible y posee forma. Por consiguiente, la sensación mira con gran detalle la superficie de las cosas, examinando precisamente lo que algo es por su forma, mientras que la intuición lo mira por detrás, a través, alrededor y alejándose de la superficie, de manera de poder discernir el propósito y las implicaciones.

Si el sentimiento es el modo primario de evaluación de la experiencia, la función pensante tendrá una cualidad “inferior”, que generalmente se expresa como terquedad. Si el pensamiento es el modo primario de evaluación de la experiencia, la función sentimental tendrá una cualidad “inferior” que se expresa habitualmente ya sea como frialdad o como sentimentalismo. Si la intuición es el modo primario de evaluación de la experiencia, la función sensorial tendrá una cualidad “inferior”, expresada frecuentemente como descuido o falta de espíritu práctico; y si la sensación es el modo primario de percepción, la intuición tendrá una cualidad “inferior” que se exhibirá con frecuencia como credulidad o fanatismo.

Las funciones “inferiores”, además de ser un tanto primitivas, tienen otra característica interesante: habitualmente son proyectadas y se nos aparecen bajo la apariencia de otras personas o de situaciones que nos atormentan con ese mismo aspecto de la vida que menos capaces de manejar somos. Entonces, naturalmente, la inferioridad (o lo que a veces parece una auténtica superioridad) parece pertenecer a otro, lo que es siempre más cómodo que cuando está en uno mismo.

“El inconciente de una persona se proyecta sobre otra, de modo que la primera acusa a la segunda de aquello que en sí misma no ve. Este principio es de una validez general tan alarmante que todos haríamos bien, antes de quejarnos de otros, en sentarnos a considerar muy cuidadosamente si no sería mejor tirar la primera piedra sobre nuestro propio tejado”.

Sea cual fuere la función de la conciencia con la que nos identificamos, debemos reconocer dentro de nosotros mismos la existencia de su opuesto. Esto es, casi siempre, sumamente difícil porque –a diferencia de los “fallos” de los cuales nos es fácil tener conciencia, en cuanto no los reconocemos realmente como fallos- la torpeza de las funciones inferiores es una fuente auténtica de dolor y de incapacidad, por poco que sea parcialmente conciente. Por consiguiente, encontramos muchas personas que se crean un conjunto artificial de respuestas a las que quizás llamen sentimiento, pensamiento, sensación o intuición, y que sin embargo no son más que tristes parodias de tales funciones, que no engañan a nadie, a no ser al propio individuo, y que tienen una resonancia inconfundiblemente falsa.

El reconocimiento de la propia identificación con un solo aspecto de la conciencia no significa que uno esté condenado de por vida a no expresar más que esa faceta de sí mismo. La gente no es estática y la psique va siempre en pos del equilibrio. Uno va creciendo hacia su propio opuesto y eso es al mismo tiempo uno de los mayores esfuerzos, una de las más grandes alegrías y uno de los aspectos más importantes de la experiencia de vivir.

lunes, 4 de octubre de 2010

La Luna y Saturno en Astrología



Fragmento del Capítulo 15: La Astrología psicoanalizada. (Del libro “La Astrología y la Psique Moderna”, de Dane Rudhyar).



Cualquier persona que esté ligeramente familiarizada con el psicoanálisis o la “psicología analítica” de Jung, sabe que en estos enfoques sobre la comprensión de la naturaleza humana mucho está hecho a Imagen de la Madre y a Imagen del Padre. Sin embargo, es relativamente raro hallar a un no profesional que tenga una idea muy clara de lo que estas imágenes significan real y básicamente. En realidad, muchos psicólogos con diplomas oficiales carecen de una captación vital de estos asuntos. La astrología puede arrojar muchísima luz sobre este tema importantísimo. A la inversa, cuando se entiende lo que estas imágenes significan en términos de la actitud de una persona hacia la vida cotidiana, se revelan bajo una nueva luz el valor psicológico y el significado de la astrología misma y la razón del interés humano largamente sostenido y fervoroso hacia ella.

Los psicólogos emplean el término IMAGEN de varios modos y con diferentes matices de significado. Para mí, una imagen psicológica es la forma que alguna función básica de la naturaleza humana toma en una persona particular, y también, colectivamente hablando, en una sociedad y cultura particulares. De esta manera, lo que llamo Imagen de la Madre es una expresión de la función fundamental de adaptación a la presión y los cambios de la vida cotidiana en un medio ambiente particular. Todo organismo vivo debe adaptarse a su medio ambiente mientras actúa de modo tal que satisfaga las necesidades básicas de sus órganos. Cada uno deberá comer algún género de alimento que lo sustente, evacuar materias de desecho, hallar medios para mantener su temperatura corporal mediante ropas (en la mayoría de los climas) y protegerse dentro de algún género de envoltura. Tarde o temprano, deberá satisfacer el impulso reproductivo. Las personas son impulsadas desde dentro (por la vida misma, podríamos decir) a satisfacer tales necesidades funcionales primarias. La satisfacción produce una sensación de bienestar; la frustración lleva a la incomodidad, al dolor y al deterioro. La vida de todos los días, en el sentido más básico, se ocupa del negocio de obtener este bienestar orgánico y evitar la incomodidad, el dolor y eventualmente la muerte. Este negocio es lo que he llamado la adaptación. Si bien todo ser humano tiene inherentemente la capacidad para tal adaptación, el infante recién nacido no tiene esta capacidad desarrollada al nacer. En realidad, está totalmente desamparado y deberá depender por entero de su madre para que le proporcione la satisfacción de sus necesidades inmediatas.

A medida que el infante gana el conocimiento conciente de sus necesidades orgánicas y el medio que las satisfaga, empieza a formarse en su mente cerebral una imagen de ese medio. Es muy probable que, al principio, esta imagen esté apenas separada de la sensación de vida de ese infante. Probablemente, el recién nacido siente como dos partes de un todo lo que necesita, tiene dolor y es satisfecho, y lo que proporciona la satisfacción. Sin embargo, gradualmente, deberá agudizarse la sensación de distinguir entre el cuerpo que necesita y la madre que atiende a esa necesidad. En la conciencia del infante se construye una clara imagen de la madre como la que satisface las necesidades. Evidentemente, su carácter depende del modo particular en que la madre logre o no hacerle al infante cómoda la vida. La imagen es afectada por los incomprensibles (para el infante) cambios de disposición anímica de la madre, sus desapariciones repentinas, el modo en que responde a las intrusiones en la relación infante-madre (o sea, la actitud de ella hacia otras personas), y así sucesivamente. Cuanto más grande sea la familia y más sean las demás personas que compartan con la madre la aptitud para hacer que el infante esté satisfecho y cómodo, la Imagen de la Madre tiende menos a llenar con exclusividad el campo de la conciencia del infante, en lento desarrollo. Empero, si las otras personas son desconcertantes, no confiables o perjudiciales y la madre salva la situación repetidas veces, entoces la Imagen de la Madre reviste el carácter de salvador o intermediario entre el infante y las fuerzas extrañas o terribles –personas o animales, elementos, peligros de todo género-. A medida que el niño crece, entiende palabras y aprende a hablar, recuerda y espera actos repetitivos, y se enfrenta con el NO inexplicable al principio y aparentemente arbitrario, la Imagen de la Madre se vuelve cada vez más clara. El niño adquiere un sentido más definido y mentalmente formulado de cuánto necesita que su madre cuide de él o se queda frustrado si la madre no es capaz de realizar en su favor una adaptación positiva.

Gradualmente, por imitación, y luego por explicación, el niño aprende normalmente a desarrollar la capacidad de adaptación que, al comienzo, la inviste totalmente la madre. Este puede ser un proceso prolongado y doloroso. Tal vez la madre sobreproteja al niño; o sea ineficaz, preocupada e irritable, demasiado colmada con su ego y demasiado atareada en cosas y personas. La relación madre-hijo puede ser demasiado ceñida o interrumpirse demasiado temprano por una variedad de factores (un nuevo hermano o una nueva hermana, un castigo injusto, ira, etc). Todos estos factores afectan el desarrollo de la capacidad del niño y del adolescente para adaptarse a la vida cotidiana y dar a la Imagen de la Madre resultante (en la conciencia del joven) una calidad particular, una forma y un sabor emocional.

La trillada frase “mamá es la que mejor sabe” demuestra sencillamente que si el jovencito enfrenta dificultades y conflictos en la satisfacción de sus impulsos orgánicos básicos (y los derivados y patentes tendencias emotivas-intelectuales de éstos), acude normalmente a su madre en procura de consejo sobre cómo obtener goce o triunfo y evitar el dolor o la derrota y la frustración. Si la madre real le hubiera abandonado o se hubiera marchado, el niño, incapaz todavía de emplear satisfactoriamente su capacidad de adaptación, tiende a transferir su dependencia a otra mujer. Esta mujer se convierte en madre sustituta y el niño proyecta sobre ella su Imagen de la Madre. Sin embargo, no es menester que sea otra mujer. Por ejemplo, la Imagen de la Madre se transfiere a una iglesia, si se cree que el consejo eclesiástico y el de sus ministros más o menos impersonales suministran todas las respuestas a cualquier problema desconcertante que se suscite en la vida cotidiana. La Imagen de la Madre se puede transferir también, muy eficientemente, a la astrología. Se la transfiere de este modo siempre que una persona no da un paso importante (o inclusive baladí) sin consultar a un astrólogo, sin mirar la efemérides o levantar un horóscopo para ese problema.

Toda transferencia de esa índole de ningún modo es necesariamente mala. Si hace unos siglos hubiéramos viajado al Tibet, recibiríamos de muy buen grado la guía de un lama que pudiera hablar nuestro idioma y estuviera familiarizado con nuestras costumbres para que nos adaptáramos positivamente a las modalidades tibetanas. A cada paso que conduzca a condiciones que no sean completamente familiares, todos necesitan guía de alguna índole si la adaptación ha de ser positiva y relativamente suave. Pero tal guía debe ser solamente temporaria. Hay otra guía disponible una vez que se está familiarizado con las nuevas condiciones: la guía de un “mapa”. Una confianza en los mapas, los principios de organización (físicos, sociales, cósmicos), un sentido de la estructura, y un reconocimiento de la propia ubicación en estructuras de una Imagen de la Madre. A este tipo de confianza el niño la asocia normalmente, al principio, con su relación con su padre.

En astrología, la Luna significa tradicionalmente la madre y Saturno el padre. La razón de este simbolismo es clara. La Luna es nuestro único satélite, y como tal gira constantemente alrededor de nosotros; de modo parecido, la madre atiende sin cesar al infante y está alrededor de él. En la antigua astrología geocéntrica y en la alquimia, lo que ahora llamamos la órbita de la Luna se denominaba la esfera sublunar. A esta esfera se la concebía como un vientre cósmico, la placenta vitalizadora de nuestro planeta Tierra, que a menudo se juzgaba que aún estaba en el estado embrional (incluso en la actualidad, los ocultistas dicen que la Tierra no es un planeta sagrado). En los modernos mapas astrológicos, la función esencial de la Luna debe definirse como la de adaptación al quehacer de la vida diaria. A partir de ese personaje central se suceden todos los demás significados secundarios. Por ejemplo, el tipo de mentalidad que se asocia con la Luna en los mapas natales es el género de mente que se consagra cabalmente a la faena de hacer de la vida en el propio medio ambiente un triunfo y un placer. Es la mente astuta, oportunista y dúctil; la mente camaleónica siempre dispuesta a ajustar, contemporizar y comprometerse en procura del triunfo práctico. La Luna también representa las disposiciones anímicas personales, los sentimientos, etc., pues todos estos son modos más o menos pasivos de adecuarse, de responder a situaciones internas o externas como se desarrollan todos los días.

Por el otro lado, a Saturno se lo ha conocido recientemente como el planeta más externo. Incluso hoy, con el simbolismo de sus anillos, se lo puede considerar marcando los confines reales del sistema solar como una totalidad orgánica limitada y bien definida. Los planetas más distantes (Urano, Neptuno, Plutón) se refieren a la zona menos tangible que rodea al cuerpo bien definido –al aura, a las funciones que relacionan al organismo estrictamente físico con la totalidad cósmica más vasta, digamos la galaxia-. Saturno representa no sólo al padre real, sino más generalmente todo lo que define nuestra estructura permanente de ser y nuestro sitio dentro de un más vasto esquema de la existencia. Físicamente, Saturno se refiere al esqueleto que establece la forma básica de nuestro organismo; intelectualmente, a la lógica; psicológicamente, a nuestro ego con sus pautas fijas de respuesta a los impactos sociales; y, en general, a nuestro “lugar” potencial dentro de cualquier “totalidad mayor”. En realidad, en sociedades más antiguas, el status del padre establecía casi irrevocablemente el “lugar” social de sus hijos, su casta, clase, profesión, o consorte potencial. Hoy en día, el padre da su nombre al hijo, aunque socialmente nada más.

Saturno significa estructura y dónde todo encaja en una estructura, o sea, el sitio de una cosa en un hombre o un plan y un proceso definidos, rítmicos. Debido a esto, toda la astrología se basa realmente en la función de Saturno, pues lo que la carta natal hace es sencillamente establecer el lugar de uno en el desarrollo espacio-temporal del sistema solar. Muestra dónde uno encaja y la propia adecuación para cuanto le suceda. Pero no dice qué hacer. No guía, salvo mostrando un mapa de lo que es posible según la estructura de las cosas en el lugar y el tiempo en que uno vive.

Estas últimas frases tienen importancia muy básica para todos los que se interesen por la psicología y la astrología. Implican la existencia de dos enfoques esenciales del uso práctico de la astrología: el tipo de Imagen de la Madre y de Imagen del Padre. Si usted acude a un astrólogo (o a su efemérides) esperando que le contesten a “¿Qué debo hacer?”, esto significa sencillamente que se precipita sobre una madre celestial en procura de una guía real, en la creencia de que “mamá es la que mejor sabe”. Repito que esto no está “mal”, pues si a usted lo invitaran para que visitara al Dalai Lama o al Papa, tendría excelentes razones para pedir que le guíen sobre cómo comportarse con exactitud. De modo parecido, si debe afrontar un problema que no es familiar y que implica optar ante una alternativa, cuya naturaleza y resultados finales (por lo que usted conoce) no tiene modo de evaluarlos por sí mismo, entonces puede ser valiosísima la guía astrológica de un tipo concreto. Sin embargo, tal vía externa podrá ser valiosa solamente si se entiende que es temporaria.

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Entonces la Imagen de la Madre o la Imagen del Padre no existen más. Los dos ancestrales símbolos del pasado –la Luna y Saturno- se absorben dentro de un presente solar. Se es lo que uno necesita ser en todo momento, sin miedo al futuro ni pesar por el pasado. Este es un estado dificilísimo de alcanzar. Empero no es difícil porque signifique cumplir algún acto espectacular sino, por el contrario, porque exige que nos liberemos de esfuerzo, de actividad tensa y de expectación precisa. Lo que se necesita es que subyuguemos nuestra dependencia de toda imagen, sea ésta la Imagen del Padre o de la Madre.

¿Qué significa esto en términos de nuestra actitud hacia la astrología? Sencillamente esto: vemos a la astrología como un medio hacia un fin, como una técnica valiosísima para desarrollar ciertas capacidades en nosotros, tal como los ejemplos y las relaciones con nuestra madre y nuestro padre (o sus sustitutos posteriores) no son sino el medio para desarrollar nuestra capacidad de adaptación a la vida y nuestro propio sentido de adecuación a un orden superior estableciendo nuestro lugar de destino y nuestra individualidad fundamental. Cada generación presta ese servicio a la venidera. Empero, lo que cada generación recibe de sus padres es sólo instrucción, y jamás debe producir una sensación de esclavitud o identificación. De modo parecido, lo que la astrología puede hacer por nosotros es disciplinar nuestra aptitud para sondear el mejor modo de responder a los nuevos problemas y exigencias de situaciones siempre nuevas, y nuestra aptitud para percibir el orden cósmico y el desarrollo estructural de todos los procesos naturales, incluso donde la vida parece más caótica.
Se puede mirar el propio mapa natal y decir: Esto es lo que soy, mis posibilidades seminales, lo que debo convertir en un hecho real y concreto. Pero la finalidad esencial de este estudio del propio horóscopo es poder olvidarlo mientras se retiene el conocimiento de que, de hecho, uno es un sistema solar ordenado de manera individual.

domingo, 29 de agosto de 2010

Acerca de los Arquetipos

Texto perteneciente al libro "La Astrología y la Psique Moderna", de  Dane Rudhyar. De excelente claridad para comprender el concepto de "arquetipo" aplicado a la Astrología y a la interpretación de la carta natal.


Jung emplea constantemente el término “arquetipo”, y el modo en que lo define es de gran significación para el astrólogo que procura evaluar el significado psicológico apropiado de una carta natal, un “arquetipo” de un género especial.


En la filosofía de Jung, los arquetipos son puntos focales o campos de fuerza en el inconciente colectivo; o sea, son imágenes que determinan y controlan las actividades más fundamentales de lo que hemos llamado “humanidad común del hombre”. Expresan las respuestas más primordiales y más comunes de todos los seres humanos a unas pocas situaciones básicas; y aparecen como imágenes simbólicas en nuestros sueños, lo mismo que en todos los mitos o concepciones religiosas. Estas imágenes religiosas tienen enorme poder. Pueden dominar en vastas colectividades, teniendo como resultado la conversión religiosa o conduciendo a crímenes racionalmente inexplicables. Tienen tanto un lado oscuro como uno luminoso.

Cuando quien sueña lo hace sobre una misteriosa figura maternal dotada de atributos cósmicos o cuando el pintor inspirado pinta semejante figura, la imagen que se suscita no es realmente la creación del que sueña o del artista, como individuo. La imagen ya está latente en su inconciente, como el modelo de hoja de roble está latente en la bellota. Así, el arquetipo tiene un género de ser objetivo en un reino inconciente de potencialidad.

Ciertamente, Jung aclara que “el inconciente es la madre de la conciencia”. Los ocultistas también han hablado, en gran medida con el mismo significado, del reino de la “luz astral” que es creadora en sus aspectos superiores, y refleja en sus regiones inferiores. También han usado las expresiones “Anima Mundi” (el Alma del Mundo) y las “Vírgenes de la Luz”, relacionando estas últimas con los signos del Zodíaco considerados como expresiones simbólicas de las grandes “Jerarquías Creadoras”, que son las constructoras del universo y del hombre genérico. Estas Jerarquías se ven como mediadoras colectivas, o Huestes espirituales, a través de las cuales opera el Anima Mundi; Jung habla también de los arquetipos del inconciente como “órganos del alma”.

Sin embargo, estos “órganos del alma” son concentrados de la experiencia común de miríadas de generaciones de seres humanos. Son inherentes al género humano como los instintos son inherentes a los animales, lo mismo que a los hombres. Los instintos y los arquetipos son de la misma naturaleza. Y, si se entiende esto, también vemos cómo, en las cosmologías esotéricas o “gnósticas”, a las antedichas Huestes creadoras se las considera como concentrados de la experiencia espiritual de vastas colectividades de seres que vivieron a través de universos o sistemas solares anteriores y alcanzaron la inmortalidad en ellos.

El significado simbólico del mapa natal de un individuo, levantado para el momento y el lugar exactos del nacimiento, en realidad y en lo que concierne a su valor psicológico, es un arquetipo en su inconciente. Tal vez sea el más potente de los arquetipos, cuando se lo saque a la luz de la conciencia, en la medida en que pueda determinar la conducta íntegra del individuo, su actitud íntegra referida a acontecimientos futuros y su destino como un todo. El mapa natal es un símbolo de poder extraordinario, y este símbolo, porque se basa en la experiencia primordial de la humanidad respecto al cielo –una realización prodigiosa de orden trascendente en medio de una vida de caos terrestre-, abre la puerta a la capacidad del hombre “para encontrar su lugar en la gran corriente de la vida” en términos de un modelo arquetípico de orden.

El primer punto que hay que subrayar es que la principal función de la astrología, considerada en el sentido psicológico, es ayudar (en las palabras de Jung) “a reconocer al propio yo por lo que uno ES por naturaleza, en contraste con lo que a uno le gustaría ser”. El mapa natal, considerado como un símbolo de la participación radical del individuo en el proceso universal, puede revelarle al individuo lo que éste es por naturaleza, y de esta manera lo que podrá lograr, si vive de acuerdo con esta “ley” de su ser individual. Empero, el mapa natal se ocupa de relaciones simbólicas, de fórmulas de acción recíproca funcional, todo lo cual deberá interpretarse, como deben interpretarse los sueños, y si han de tornarse psicológicamente significativos y eficaces.

Y como un sueño, el mapa natal podrá interpretarse de muchos modos. Podrá verse como un todo dinámico y creador, un desafío a la integración, o como un conjunto de trozos fragmentarios de información sobre las preocupaciones más comunes del género humano (riqueza, hogar, asuntos amorosos, salud, matrimonio, negocios, logros, etc.).

La práctica corriente y tradicional de la astrología se ocupa de esto último. Por regla general, el astrólogo busca información concerniente a acontecimientos, pasados o futuros, o el conocimiento de características inconexas del temperamento personal de su cliente. Entonces, la astrología no tiene un propósito psicológicamente integrador, en gran medida, porque el cliente o el mismo astrólogo no espera tener semejante propósito. En la actualidad, la mayoría de la gente enfoca la astrología del mismo modo que por lo general enfoca el tema de los sueños, de una manera desorganizada, desmañada, fragmentaria y, por lo tanto, malsana.

Quienquiera espere que los símbolos de los sueños o los mapas astrológicos le conduzcan hacia una personalidad más plena, más abarcante, más conciente y más madura, deberá asumir una actitud mucho más seria y responsable. Debería comprender que, si bien el contacto con el arquetipo del inconciente y con las pautas celestiales del momento del nacimiento puede llevar al individuo a un estado rico y sereno de realización personal, tal contacto también podrá acarrear horribles resultados psicológicos.

El mapa natal es en verdad muy diferente de una mera tabulación científica de factores. Una vez que se lo estudia y se le da vital atención, el mapa natal empieza a actuar como UN PODER DINÁMICO DENTRO DEL INCONCIENTE. “Hace cosas” para el astrólogo. Fuerza tendencias dentro de la conciencia (y así produce acontecimientos) que de otro modo podrían haber quedado latentes y ocultos. Quienquiera crea en el significado del horóscopo y en la validez de la interpretación que le dé (él mismo o un astrólogo profesional) no es más la misma persona. SE ALTERÓ LA ORIENTACIÓN HACIA EL INCONCIENTE, aunque sea levemente. No comprender esto es cortejar un peligro real, pues la orientación de una persona hacia su inconciente es el factor más dinámico de su personalidad.

El proceso de integración de la personalidad está realmente siempre lleno de peligros psicológicos reales. Nadie reconoció esto con más claridad que Jung y expresó claramente que nadie podría triunfar jamás plenamente en este proceso a menos que, desde dentro, lo compela una “vocación” verdadera, una necesidad interior. ¡Cómo deberían los astrólogos comprender también este hecho!

jueves, 15 de enero de 2009

El ego, el lado conciente de la personalidad




El texto siguiente pertenece a Carl G. Jung y forma parte del libro “Espejos del Yo - Imágenes arquetípicas que dan forma a nuestra vida -", de Christine Downing. 


Los interesados en obtener la versión online de dicho libro, pueden solicitarla por mail a:  astrologiaparacomprenderlavida@gmail.com



Aunque sus fundamentos son relativamente desconocidos e inconscientes, el ego es un factor consciente por excelencia. Incluso es una adquisición empírica de la existencia individual. Parece surgir en primer lugar de la colisión entre el factor somático y el entorno, y, una vez establecido como sujeto, se desarrolla a partir de nuevas colisiones con el entorno y el mundo interior.

A pesar de la ilimitada extensión de sus fundamentos, el ego nunca es más ni menos que el conjunto de la conciencia. En tanto que factor consciente el ego podría, al menos en teoría, ser descrito completamente. Pero ello sólo daría una imagen de la personalidad consciente; faltarían todas esas facetas que son desconocidas o inconscientes para el sujeto. Una imagen completa debería incluirlas. Pero una descripción total de la personalidad es, aun en teoría, absolutamente imposible, porque su porción inconsciente no puede ser aprehendida. Esta porción inconsciente, como la experiencia ha mostrado con profusión, que de ningún modo carece de importancia. Por el contrario, las cualidades más decisivas de una persona suelen ser inconscientes y sólo pueden ser percibidas por quienes nos rodean, o han de ser laboriosamente descubiertas con ayuda exterior.

Claramente, la personalidad como fenómeno global no coincide con el ego, es decir, con el conjunto de la personalidad consciente, sino que constituye una magnitud que ha de ser distinguida del ego. Naturalmente, semejante distinción sólo es necesaria para una psicología que tiene en cuenta la existencia del inconsciente, pero para esta psicología tal distinción es de primordial importancia.

He sugerido denominar «Yo» [das Selbst] a la personalidad total que, aunque presente, no puede ser plenamente conocida. Por definición, el ego [das Ich] está subordinado al Yo y se relaciona con él como la parte con el todo.

Dentro del campo de la conciencia hay, como suele decirse, libre albedrío. Con este concepto no me refiero a nada filosófico, sino sólo al conocido hecho psicológico de la libertad de decisión correspondiente a la sensación subjetiva de libertad. Pero así como nuestro libre albedrío choca con las necesidades del entorno, también encuentra sus límites más allá de la conciencia en el mundo interior subjetivo, es decir, entra en conflicto con las realidades del Yo. Y así como las circunstancias exteriores nos acontecen y nos limitan, del mismo modo el Yo actúa sobre el ego como algo objetivamente dado que la libertad de nuestro albedrío poco puede hacer para alterar. Incluso es un hecho conocido que el ego no sólo no puede hacer nada contra el Yo, sino que en ocasiones es efectivamente asimilado por componentes inconscientes de la personalidad que están desarrollándose y se ve enormemente alterado por ellos.

Debido a su naturaleza, la única descripción general del ego que puede darse es de tipo formal. Cualquier otro modo de observación debería dar cuenta de la individualidad que se adhiere al ego como una de sus características principales.

Aunque los numerosos elementos que componen este complejo factor son en todas partes los mismos, varían infinitamente en cuanto a su claridad, su matiz emocional y su extensión. Por tanto, el resultado de su combinación -el ego- es, en la medida en que se deja esbozar, individual y único, manteniendo su identidad hasta cierto punto. Dicha estabilidad es relativa, ya que pueden ocurrir en ocasiones cambios de personalidad de gran alcance. Tales alteraciones no tienen por qué ser siempre patológicas; pueden también formar parte del desarrollo y por ello caer dentro del ámbito de lo normal.

En tanto que punto de referencia del campo de la conciencia, el ego es el sujeto de todos los movimientos adaptativos, en la medida en que son efectuados por la voluntad. Por ello el ego desempeña un papel significativo en la economía psíquica. Ahí su posición es tan importante que no carece de buenas razones el prejuicio de que el ego constituye el centro de la personalidad o de que el campo de la conciencia es la psique misma.

Dejando aparte las alusiones de Leibniz, Kant, Schelling y Schopenhauer, y los esbozos de Carus y von Hartmann, es sólo a partir de fines del siglo diecinueve cuando la psicología moderna, con sus métodos inductivos, ha descubierto los fundamentos de la conciencia y probado empíricamente la existencia de una psique exterior a la conciencia. Con este descubrimiento la posición del ego, hasta entonces absoluta, quedó relativizada; es decir, aunque continúa siendo el centro del campo de la conciencia, es dudoso que constituya el centro de la personalidad. Es parte de la personalidad, pero no el conjunto de ella.

Como he mencionado, es sencillamente imposible estimar lo grande o pequeña que es su parte, o en otras palabras, hasta qué punto es libre o dependiente de las cualidades de esta psique exterior a la conciencia. Sólo podemos decir que su libertad es limitada y que su dependencia ha sido a menudo decisivamente probada.