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miércoles, 24 de enero de 2024

Neptuno y la idealización

Qué es idealizar?

Idealizar es convertir en perfecto algo que, quizás, nunca lo fue.

Es una forma de evadir y de postergar.

Es distorsionar la realidad.

Es vivir en un mundo de fantasía.

Es vivir detenido en el pasado, cerrando la puerta al futuro y desconectado del presente.

Veamos qué significa idealizar según el diccionario: Elevar las cosas sobre la realidad sensible por medio de la inteligencia o la fantasía // Creer o representarse la realidad como mejor y más bella de lo que es en realidad.

Son sinónimos de idealizar: sublimar, embellecer, elevar, poetizar, entre otros.

Eso implicaría hacer recortes en la realidad, que nos permitan recordar todo aquello que consideramos como bello, bueno o armonioso – conceptos cercanos a lo perfecto - pero negando o excluyendo lo que consideramos feo, malo o conflictivo – conceptos asociados a lo imperfecto -.

El planeta tradicionalmente asociado a los procesos de idealización es Neptuno. Sin embargo, la dinámica es mucho más compleja, abarcando otras energías.

Si tomamos en cuenta los enunciados del comienzo del texto, podemos reconocer la acción del eje Piscis/Virgo, de la Luna, del signo de Cáncer, preponderancia del elemento agua, por citar lo que considero principal en la interpretación desde lo general.  

Si lo vemos desde lo individual, es decir, mirando una carta natal, observaremos lo mismo pero también podrían relacionarse con este proceso Luna, Mercurio o Venus en Piscis o en aspecto a Neptuno o en casa 12, el nodo sur en Piscis o en casa 12 o en aspecto a Neptuno, muchos planetas en Piscis o en casa 12. En resumen: todos los núcleos neptunianos de energías preponderantes en la carta. Hay que evaluar en cada caso mirando cada carta natal.

Además tengamos en cuenta la existencia de polaridades transpersonales, en este caso, la polaridad neptuniana, que reconocemos en la carta natal cuando Neptuno se ubica en las casas 1, 10 o 12 o también en aspecto tenso con el Sol (conjunción, cuadratura u oposición). En algunos casos, situado en las casas 4 y 7, manifestándose más como polaridad inversa.

En mi experiencia, también he visto tendencia a la idealización durante los tránsitos de Neptuno al Sol o a la Luna, cuando la carta natal no presentaba indicios de que pudiera darse este proceso en la persona. Y también en cartas natales con Ascendente Piscis.

En la práctica, si tomamos decisiones (o si no las tomamos) a partir de una idealización, construiremos sobre bases inestables una realidad que tarde o temprano se disolverá. Nada resiste ni perdura si no está enraizado en la realidad.

Es  imprescindible comprender lo que simbolizan Saturno, Urano y Plutón, ya que hacer concientes y aprender sus lecciones puede ayudarnos a gestionar los cambios necesarios.

Saturno es la fuerza que nos lleva a construir sobre bases reales y sólidas. Urano, simboliza la energía del desapego y la desconexión, conectándonos a la vez con opciones a futuro. Plutón representa la energía que opera en el cierre de ciclos, posibilitando dejar atrás el pasado. 

Recordemos que Plutón simboliza el principio de realidad psíquica así como Saturno representa el principio de realidad material. Antídotos de Neptuno, a no dudar.

La energía de Neptuno puede ser canalizada creativamente en la expresión del arte en todas sus formas de manifestación. Esta sería una forma de utilizar la imaginación y la fantasía para construir en dirección hacia lo bello y lo armonioso sin quedar atrapados en el mundo ilusorio de la idealización, en el cual evadir la vida y/o postergarla  termina siendo inevitable. 

jueves, 14 de diciembre de 2023

Tránsitos planetarios y cambio de época

Estamos atravesando un tiempo de tránsitos planetarios que marcan un antes y un después:

Saturno en Piscis.

Plutón ingresando en Acuario en enero de 2024 -retrogradando por última vez hasta los 29 grados de Capricornio- y permaneciendo en Acuario por veinte años, hasta 2044.

Urano en Tauro haciendo su ingreso en Géminis en un par de años.

Luego Saturno y Neptuno entrando, a su vez, en Aries.

Estas energías planetarias – tanto en lo individual como en lo colectivo  - me llevan a compartir esta reflexión con ustedes.

Creo que, a esta altura, nadie podría pasar por alto el hecho innegable de que estamos atravesando un cambio de época: una transformación silenciosa, lenta y profunda que está redefiniendo la forma en que vivimos, nos relacionamos y comprendemos el mundo.

¿Alguna vez te has detenido a pensar en la rapidez con la que la tecnología ha invadido cada aspecto de nuestras vidas? Estamos inmersos en un océano digital, conectados de maneras que antes solo podíamos imaginar. Pero… a qué costo? ¿Qué hemos perdido en este proceso a cambio de ganar eficiencia, comodidad y rapidez?

Nos encontramos en una era donde la información fluye de modo abrumador. Puede parecer divertido para quienes la curiosidad forma parte de su naturaleza. Pero ¿cómo descubrimos lo verdadero en medio de la marea de noticias, de opiniones? ¿Conservamos la capacidad de discernir entre la realidad y la ficción o simplemente consumimos información al punto de indigestarnos, sin procesarla ni aplicarla en la vida cotidiana?

¿Cuál es el propósito, el sentido más profundo, de toda esta revolución?

El entramado social también está experimentando cambios drásticos. ¿Notas cómo las relaciones interpersonales se han transformado en este mundo hiperconectado? Las redes sociales ¿contribuyen a incrementar la empatía y la autenticidad en la construcción de nuestras relaciones?

Siendo concientes de que estamos transitando este cambio de era, ¿nos hemos detenido a considerar las implicaciones éticas de nuestra conducta?  

Mientras la humanidad se sumerge en el cambio y la incertidumbre quizás sea el momento de detenernos un instante y preguntarnos: ¿hacia dónde me dirijo? ¿Estoy construyendo una realidad que refleje mis valores más profundos o estoy siendo arrastrado/a por la corriente del “progreso” y de la “evolución” sin reflexionar sobre el destino final?

En cada decisión que tomamos existe una oportunidad para reflexionar sobre nuestro rol en este cambio de época y de tomar conciencia – y también de elegir – si estamos siendo simples espectadores, agentes activos o protagonistas en la construcción de un futuro más conciente, humano y significativo.

martes, 12 de diciembre de 2023

Saturno y sus tránsitos

Cuando hablamos de los tránsitos de Saturno, nos encontramos con los límites y desafíos que la realidad nos presenta.

Restricciones, ajustes, limitaciones, responsabilidades, compromisos, obligaciones, paciencia, madurez – por nombrar algunas palabras que nos conectan con esta energía – formarán parte del proceso a transitar. 

Cómo prepararnos y disponernos para afrontar esta pesada carga?

Cuando Saturno hace aspecto por tránsito sobre algún punto importante de nuestra carta natal, la realidad parece levantarse ante nosotros como una fortaleza impenetrable, imponiendo sus propias reglas y condiciones.

Nuestra primera reacción es resistirnos, cerrarnos y endurecernos: error!

Abrazar lo que nos impone y/o impide la realidad nos conecta con nuestra maestría, esa facultad que despierta ante los desafíos – noten que no dije dificultades sino desafíos -.

Afrontar la realidad con receptividad y buena disposición implica reconocer que las lecciones más profundas  con frecuencia  se hallan veladas por los obstáculos y desafíos. Las restricciones, los ajustes, no son muros infranqueables: son estímulos para la irrupción de nuestra capacidad de innovar.

Lo peor que podemos hacer: sucumbir a la desesperación, convertir los límites en limitaciones, caer en el pesimismo y la falta de fe, resistirnos, endurecernos, amargarnos, cerrarnos, paralizarnos.

Lo mejor que podemos hacer: utilizar los límites y las restricciones como fuerzas ordenadoras de nuestra conducta, desarrollando nuevos hábitos basados en la realidad, adaptarnos para aprender y evolucionar, discernir para decidir si nos dejamos quebrar o nos volvemos más íntegros (enteros).

Los tránsitos de Saturno tienen la función de despertar nuestra maestría – tal como mencioné antes - a través del descubrimiento de nuestra resiliencia. La adversidad asociada a estos tránsitos puede ser una puerta hacia el descubrimiento de la propia autenticidad – recordemos que después de Saturno viene Urano – y una mayor libertad de ser nosotros mismos. Paradoja: la restricción como camino hacia la libertad!

Otro de los tesoros que nos ayuda a descubrir Saturno es el coraje y la determinación para avanzar hacia el logro de nuestros objetivos. Principalmente, la persistencia y la dedicación.

Tratemos de concientizar las energías de Marte, Júpiter, Urano, Neptuno y Plutón, que nos ayudarán a equilibrar la dureza y la rigidez de Saturno por medio de la determinación de conquistar nuestros deseos, la conexión con la fe, la posibilidad de conectar con el propósito de las experiencias que estamos atravesando como también la capacidad de innovar, de ser creativos y de cerrar ciclos.

Que hay que pasar por la prueba? Sí, totalmente de acuerdo. Saturno es inexorable.

Pero en la medida en que nos mantengamos flexibles y receptivos, lo que cosecharemos será motivo de orgullo y avance. En definitiva, siempre se trata de comprender que la cosecha somos nosotros.

 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Tránsitos


Fragmento del libro “Urano en la carta natal”, de Liz Greene, Ediciones Kier.

Los tránsitos como teleología

Los tránsitos describen un proceso que puede llevarse a cabo en varios niveles diferentes, internos y externos. A los fines de la claridad, usaré un agrupamiento general en tres niveles. Descubrí que considerar los tránsitos de esta manera puede resultar una herramienta muy útil para empezar la interpretación de un cuadro planetario determinado. Cada uno de nosotros tiende a privilegiar uno de estos niveles de interpretación por sobre los otros, lo que dependerá de la orientación astrológica y del enfoque psicológico de cada astrólogo en particular. Muchos interpretan los tránsitos fundamentalmente desde la perspectiva de lo que podríamos llamar significado último. En otras palabras, los tránsitos tienen que ver con el despliegue de un patrón o diseño superior y reflejan una realidad espiritual que apuntala los acontecimientos externos. Jung utilizaba el término teleología para describir ese propósito último de una experiencia o símbolo psicológico en particular. Nosotros podemos aplicarlo a los tránsitos también.

Podríamos preguntarnos qué se “supone” que debe enseñarnos un tránsito: qué puede ofrecernos potencialmente en términos de nuestro crecimiento. Este enfoque implica que hay un significado inherente más profundo en un tránsito, una meta espiritual o psicológica inteligente simbolizada por el tránsito. En esencia, este es un enfoque positivo y constructivo (aunque, a menudo, lamentablemente sin fundamentos), porque la teleología suele suponer una benignidad cósmica preexistente. No percibimos la teleología en términos de un propósito maligno –a menos que seamos muy paranoicos y padezcamos de una severa perturbación-, porque de otra manera no podríamos soportar la vida. Si el significado que percibimos está realmente implícito o es inyectado en la experiencia por el poder de la imaginación humana, atribuir una teleología a las experiencias simbolizadas por los tránsitos nos da un fuerte “recipiente” en el cual podemos “contener” la injusticia y sufrimiento de la vida, que en apariencia son fortuitos. Se puede lograr una gran sanación al comprender los tránsitos desde una perspectiva teleológica, aunque también existirán serios problemas si utilizamos este enfoque para excluir otros.

Los tránsitos como patrones psicológicos

Si nos enfocamos exclusivamente en el significado último de un tránsito, tal vez pasemos por alto el modo en que el individuo se siente en verdad y cómo es la experiencia para él en ese momento. Entonces podemos no llegar a comprender al cliente que viene a nosotros en busca de ayuda y a no comunicarnos con él. Cualquiera que sea la teleología de un tránsito, también debemos entender el patrón psicológico que representa y las emociones y asociaciones que probablemente son invocadas cuando ese patrón entra en acción. Aunque podamos definir la “intención” última de un tránsito, quizás no logremos apreciar que la experiencia emocional puede ser justo lo opuesto. Por ejemplo, un tránsito de Urano por la Luna natal puede reflejar un potencial del individuo para liberarse de antiguos patrones emocionales familiares y expresar sus sentimientos e imaginación más amplia y libremente. También podemos interpretarlo como una oportunidad para extender el sentido de familia hacia la humanidad como un todo, y hablar de la posibilidad de un nuevo entorno y una nueva relación con el cuerpo.

En el papel, eso parece fantástico. Pero, mientras el tránsito está transcurriendo, tal vez el individuo se sienta bastante desdichado. Puede experimentar una terrible ansiedad y la espantosa sensación de que le están quitando todos los mejores mojones familiares. Es probable que surja en él una gran inseguridad y que sea lanzado a recuerdos y sentimientos de la infancia que son sumamente dolorosos y perturbadores. Hablar del significado primordial del tránsito Urano-Luna puede resultar muy útil. Pero, de todos modos, quizás no lo sea más que en retrospectiva, y necesite combinarse con una genuina empatía por lo que la persona está pasando en ese preciso momento. Esto puede llegar a ser particularmente importante para los que están arraigados en el sentimiento más que en el pensamiento, y no se desapegan con facilidad ni ven la vida desde las frías alturas del éter uraniano. Esas personas desean oír hablar de todo menos de significados últimos, porque el proceso mismo es sentido como algo muy terrible. A todos nos gusta el sonido de la palabra libertad, pero a veces olvidamos no sólo el precio que debemos pagar por ella, sino también la profunda reticencia que podemos sentir a nivel inconsciente con relación a tener que crecer y asumir la responsabilidad por las consecuencias de nuestras elecciones.

Más allá del significado positivo de un tránsito, el individuo quizás esté sujeto a reacciones emocionales y somáticas aparentemente inexplicables, que parecen tener poca semejanza con nuestra idea de la teleología. Un tránsito de Neptuno en cuadratura con la Luna podrá sugerir una maravillosa oportunidad para moverse más allá de las necesidades personales y lograr una relación más profunda y compasiva con la vida en su conjunto. También puede llegar a describir un proceso necesario de separación respecto del trasfondo parental. Pero, a nivel emocional y físico, el individuo quizás experimente extrañas compulsionres que desafían la explicación racional y causan considerable dolor y angustia. Tales compulsiones probablemente reflejen el urgente anhelo de fusionarse, y también la soledad y el aislamiento que se sienten al abandonar el vientre materno, y podrán desconcertar a un astrólogo inclinado más por lo espiritual que no esté equipado para darle sentido a la compulsión por la comida, al súbito horror ante el contacto físico o a las fantasías sobre la muerte que invaden el sueño en medio de la noche.

O quizás podemos decirle al cliente: “Saturno está acercándose a la oposición con su Sol natal, y eso le da la oportunidad de cristalizar su identidad. Qué maravilloso!” Pero, por maravillosa que sea la oportunidad, la persona tal vez está tan deprimida que lo último que le interesa son conceptos abstractos como cristalizar la identidad. Quizás se sienta cansada, agotada, desanimada, fea y necesitada de amor, y se encuentre tan atrapada en las responsabilidades mundanas y los complejos relativos a sus padres, que los árboles no le permitan ver el bosque. Hablar del desarrollo interior puede parecer un montón de basura en ese momento, por el doloroso sentido de inferioridad y fracaso que suele acompañar a las primeras etapas del autodescubrimiento.

Debemos estar en condiciones de responder al sufimiento actual de la persona y hacerle ver el modo en que se siente en términos que ofrezcan percepción psicológica y empatía humana, además de interpretaciones esclarecidas de lo que puede obtener de esos tránsitos en el plano espiritual. Mucha gente experimenta los tránsitos a través de perturbaciones en sus relaciones más cercanas, y la manera en que se siente importa tanto como cualquier propósito último trascendente. La gama de experiencias emocionales varía muchísimo y cada una de tales experiencias emocionales varía muchísimo y cada una de tales experiencias puede ser diametralmente opuesta a su significado implícito. Depende de nosotros, los astrólogos, estar en condiciones de unir ambos y ayudar al cliente a reconocer el tipo de respuestas que pueden ocurrir en la vida cotidiana, además de los patrones arquetípicos más profundos que entran en juego y del potencial intrínseco de lo que está experimentando.

Estos dos niveles fundamentales de interpretar los tránsitos son vitalmente necesarios. Si tratamos de escapar de nuestro sufrimiento y conflicto emocionales mediante un énfasis exagerado en la teleología, sólo estaremos guardando efectos emocionales peores para más adelante. Hasta los tránsitos “buenos” pueden tener un precio alto. Para poder aprovechar las oportunidades que ofrecen, tal vez debamos dejar algo atrás o enfrentar algo que no queremos enfrentar. Si tratamos de evitar un diálogo honesto con el cliente, empleando el significado último como una especie de escudo contra la incomodidad emocional, nos estamos engañando en nuestro trabajo.

Comprender los posibles patrones emocionales de respuesta que acompañan a un tránsito en particular, no nos ahorrará esa experiencia, pero sí impedirá que hagamos elecciones poco inteligentes que se hubieran podido evitar de haber tenido una mejor comprensión psicológica. Entender la teleología de un tránsito, como ya dije, puede darnos un “recipiente” en el cual “contener” los aspectos más difíciles de la vida, porque el sentido del significado es una poderosa herramienta para sanar y crecer. Pero debemos arraigarlo en cómo nos sentimos ahora, en este encarnación, para hacer de la teleología algo que pueda insertarse en la vida real.

Los tránsitos como acontecimientos

Los tránsitos también pueden reflejar acontecimientos, tanto físicos como psicológicos. Aquí estoy diferenciando entre respuestas emocionales (que describía más arriba) y un cambio psicológico de algún tipo: un “suceso” que afecta definitivamente la perspectiva que el individuo tiene de la vida. Los sucesos internos de este tipo no siempre son idénticos a los externos que los provocaron e, incluso, pueden suceder independientemente de todo suceso físico. Por ejemplo, el hecho psicológico de la separación –la toma de conciencia solitaria de que uno es una entidad independiente en el mundo- puede ocurrir bajo un tránsito de Saturno, pero quizás no esté acompañado por una separación externa, como irse de la casa de los padres o divorciarse. O puede reflejarse en un suceso concreto que parece diametralmente opuesto, como el nacimiento de un hijo, que para mucha gente es el disparador de una inesperada toma de conciencia del envejecimiento y del paso del tiempo, y el reconocimiento de que uno mismo ya no es un niño.

Los hechos, tanto los del tipo interno como los del externo, son el tercer nivel básico en el que se expresan los tránsitos. Parece que necesitamos encuentros con el mundo exterior de una especie concreta, para reconocer y procesar el cambio y desarrollo internos. En definitiva, los hechos que nos ocurren son los que, en cierta forma reflejan lo que sucede en nuestro interior. Pero sería un error desestimar el nivel de la manifestación y sólo ocuparse de las dimensiones espirituales y psicológicas de un tránsito. La manifestación es también parte de nuestra realidad espiritual y, a menudo, es imposible comprendernos sin este espejo de la encarnación.

Aún si no logramos ser precisos con respecto a qué tipo de acontecimientos concretos probablemente sucedan, igual es posible hacer algunas conjeturas fundamentadas acerca del tipo de sucesos psicológicos que tendrán lugar, además de las respuestas emocionales que podrían acompañar a un determinado tránsito. Es necesario reconocer y respetar el hecho de que probablemente los tránsitos, de alguna manera, se manifestarán en nuestra vida. No pasan simplemente y, por algún astuto pase de manos o “de psique”, dejan de hacer impacto en nuestra realidad material sólo porque los hemos “psicologizado” o “espiritualizado”.

Si las expresiones de los tránsitos son puramente internas, no significa que fuimos extremadamente inteligentes. He conocido gente involucrada en psicología profunda que tiene la extraña idea de que, si realiza el suficiente trabajo interior, los movimientos reflejados en sus horóscopos dejarán de tener relación con su vida exterior. Como mínimo, esto es una hybris desmedida, pues implica que el ego consciente puede controlar el cosmos. Podremos hacer elecciones más inteligentes y evitar decisiones tontas que nos acarreen problemas. Pero eso no es lo mismo que “psicologizar” un tránsito hasta quitarle efectividad.

A veces los astrólogos dicen “Se produjo tal y tal tránsito y no pasó nada!” Pero ¿qué significa pasar? Por lo general, con cosas como esta la gente quiere decir que ninguna ocurrencia concreta específica coincidió con el día en que el tránsito fue exacto. Pero nunca ví un tránsito donde no ocurriera nada, en términos de las respuestas psicológicas del individuo. Más todavía, el acontecimiento psicológico puede tener lugar mucho antes o mucho después del hecho físico. En otras palabras, el impacto del suceso en el individuo puede demorarse porque no se involucró emocionalmente; o el hecho psicológico puede anticiparse al acontecimiento concreto, e incluso causarlo.

Por ejemplo, tomemos la situación de un divorcio. ¿Cuándo termina un matrimonio? ¿ Al firmar la sentencia de divorcio? ¿O cuando los dos deciden que la relación ya no va más? Pero ¿qué sucede si el matrimonio está terminado para uno pero no para el otro? A veces, el acontecimiento del divorcio no ocurre para uno de los dos miembros hasta pasados varios años después de la verdadera separación legal y, a menudo, depende de que se forme una nueva relación. A veces, podemos ver esto con toda claridad en los tránsitos sobre la carta compuesta. A veces el tránsito poderoso que señala el verdadero fin de la relación (como Plutón en tránsito en conjunción con el Sol o el Ascendente compuestos) coincide, no con la separación de la pareja, sino con el nuevo casamiento de uno de sus miembros.

El cuadro de un tránsito que con claridad sugiere la ruptura de una relación puede ocurrir años antes de que la pareja se disuelva, pero las responsabildiades familiares o los asuntos financieros mantienen físicamente juntos a sus integrantes cuando, desde lo emocional, ambos saben que el matrimonio ha muerto. No tengo duda de que los tránsitos reflejan los acontecimientos. Si bien se me conoce como “astróloga psicológica”, no me parece que la realidad física sea menos importante que la psique del individuo. Sin embargo, a menudo pienso que nuestra división arbitraria entre psique y materia es sólo eso, arbitraria, y no un exacto reflejo de la verdadera naturaleza de la realidad. Es probable que nuestra definición de acontecimiento deba ser más sutil, más profunda e integral, y abarcar tanto el mundo interior como el exterior.

Hay escuelas de pensamiento astrológico que se enfocan casi exclusivamente en hechos concretos, y hay otras que se enfocan casi exclusivamente en el significado. También hay escuelas de pensamiento que se enfocan casi exclusivamente en las respuestas emocionales del individuo, pero son más psicológicas que astrológicas, y es triste decirlo, a menudo no aprovechan los conocimientos que la astrología podría ofrecerles. Ese enfoque es necesario y válido, porque todos tenemos distintas áreas de interés y distintas aptitudes como astrólogos. Pero los clientes tienen necesidades diferentes, en términos de qué nivel les importa más. Algunos quieren saber qué es lo que va a “suceder”, para poder planear de manera sensata; otros quieren saber el significado de aquello por lo que están pasando. Y están los que quieren comprender por qué sienten del modo en que lo hacen. No es nuestra tarea decidir cuál de estos niveles es superior o el más concreto para la aplicación del conocimiento astrológico, aunque tendremos que ser honestos en cuanto a cuál de ellos comprendemos mejor y manejamos con mayor eficacia. Necesitamos, al menos, apreciar la importancia de los tres niveles, aún cuando elijamos dedicar nuestro tiempo a hablar fundamentalmente de uno solo.

Orbes en tránsito

El último punto general que quiero comentar sobre los tránsitos es que tienen orbes.

Los tránsitos muestran un proceso que, en esencia, es cíclico. Tienen un tiempo de desarrollo subterráneo secreto, un tiempo de expresión exterior y un tiempo de digestión e integración. Los tránsitos sucesivos del mismo planeta, como los que ocurren bajo el ciclo de Saturno, fluyen uno en el otro, de modo que la conjunción fluye y refluye en el semisextil, la semicuadratura y el sextil, que, a su vez, conducen a la cuadratura, al trígono y así sucesivamente.

Podemos observar el mismo flujo y reflujo cuando un planeta en tránsito se mueve por las casas. A medida que se aproxima a la cúspide de la casa siguiente, empieza a enviar su energía a esa casa, mientras sigue afectando los asuntos de la casa que está dejando. No es tan simple como decir: “Bueno, cuando tengas catorce años y pico, Saturno estará en oposición con Saturno durante diez días exactamente y, entonces, hasta que tengas veintiuno no vuelve a pasar nada”. Los mismos orbes que usamos en la interpretación natal se aplican para los tránsitos, y yo tomaría 10° para los aspectos principales. Esto significa que el tránsito de Saturno puede aspectar a un planeta natal por un período de hasta dos años y medio, y no sólo por los pocos días en que el aspecto es exacto.

Urano en tránsito puede aspectar a un planeta natal durante varios años si consideramos un orbe de 10°.  Es probable que todo este período esté lleno de energía uraniana, aunque la mayor parte del tiempo el proceso trabaja en silencio debajo de la superficie de la conciencia. Los denominados hechos “repentinos” que suelen acompañar a los tránsitos de Urano en realidad no son nada repentinos cuando se los considera en este contexto. Son las erupciones de un proceso subterráneo que, de manera periódica durante el curso del tránsito, suben a la superficie y se reflejan en los característicos “acontecimientos” uranianos. Durante el curso del tránsito puede haber puntos en los que nos enfrentamos con el planeta en tránsito en todo su poder arquetípico. Pero lo más probable es que lo encontremos en nuestros sueños, nuestro humor y en las corrientes de nuestros sentimientos y fantasías, hasta que algo madura como una fruta y está listo para ser arrancado.

Reconocer la importancia de los orbes ayuda a clarificar por qué tantos de los cambios importantes relacionados con el proceso interior del tránsito ocuren antes de que el aspecto planetario sea exacto, y no mientras lo es. No tiene mucho sentido pensar en términos de un tránsito exacto de Urano en oposición a nuestro Sol natal dentro de dos años, cuando el planeta ya está dentro de los 8° de orbe. El tránsito ya está ocuriendo, mientras estamos ocupados haciendo una nota en nuestro diario que prevé un trastorno de aquí a dos años. Un poco de retrospección nos revelará que los sentimientos asociados al tránsito ya empezaron a influir en nuestra vida, si bien, como ya dije antes, esos sentimientos tal vez no guardan mucha semejanza con lo que entendemos como la teleología de Urano en oposición al Sol. Quizás adopten la forma de una ansiedad creciente, una sensación de que algo amenazante se avecina y una fuerte necesidad de atar todo para que quede asegurado. Es probable que nos sintamos de muchas maneras menos uranianos durante el período de acumulación. Si tratamos de entender el significado de este tránsito cuando está dentro de los 8° de orbe, no tenemos que espiar en el futuro, porque ya está aquí, en el umbral, en este preciso instante.

Cualquiera que trabaje con la psicoterapia de profundidad es probable que se encuentre familiarizado con el modo en que los tránsitos arrojan su sombra ante sí, a veces años antes de que el aspecto sea exacto. En los sueños aparecen imágenes que de manera inequívoca se relacionan con el tránsito, como los túneles subterráneos y las figuras oscuras, siniestras, asociadas a Plutón, o los pesados y esclavizantes temas terrenos conectados con Saturno, o los motivos de fusión oceánica asociados a Neptuno. Los tránsitos también se muestran en el desarrollo de la transferencia, que empieza a revelar cualidades vinculadas al planeta en tránsito, mucho antes de que el aspecto sea exacto.

Una de las cosas que aprendí al hacer trabajo analítico a lo largo de los años, es que el tránsito ha empezado su gestación en el inconsciente desde que entra en un rango de 10° u 11° de distancia respecto del planeta natal. Podremos suponer que no tenemos nada en qué pensar hasta que alcanza 1° de orbe. Pero no es así como funciona. Es un proceso gradual, un segmento de un ciclo permanente, y cuanta más comprensión tengamos durante el período de acumulación, más creatividad podremos emplear en el trabajo con las energías que funcionan dentro. Entonces, lo que estamos haciendo es obtener una percepción inteligente de nuestros propios patrones psíquicos: cooperar con ellos, participar en ellos y crear relaciones entre el ego y la psique mayor que tiene efectos determinados en el resultado del tránsito.

Dado que manejamos orbes, también descubriremos que es muy raro que un tránsito no esté acompañado. Esto se aplica en particular a aquellos tránsitos cuyos ciclos están vinculados por una relación particular en el tiempo. Por ejemplo, sabemos que el ciclo de Urano y el de Saturno están conectados mediante múltiplos de siete años aproximadamente. Neptuno también está enganchado en este marco temporal.  Cuando tenemos a Urano en tránsito en oposición a Urano natal, también tendremos a Saturno en tránsito en oposición a Saturno natal dentro de un par de años y, debido al factor de orbe, estos tránsitos suelen superponerse y conectarse psicológicamente. Neptuno en tránsito también estará en cuadratura con Neptuno natal alrededor de la misma época. Cuando tenemos a Saturno en tránsito en su segunda cuadratura con Saturno natal, también tendremos a Urano en tránsito en cuadratura con Urano natal casi al mismo tiempo. Quienquiera que haya sido el que orquestó las órbitas planetarias, tiene un agudo sentido del ritmo.

Si pensamos en esta inevitable coincidencia de los aspectos en tránsito, también nos daremos cuenta de que todo planeta natal involucrado por aspecto con Saturno, Urano o Neptuno, tendrá a los tres activándolo por tránsito a intervalos regulares. En la primera mitad de la vida, la Luna progresada también podrá unirse a la diversión, dado que regresa a su lugar natal no mucho antes del retorno de Saturno. Es casi como una orgía cósmica. Las coyunturas importantes en que estos tránsitos se agrupan son las épocas en las que atravesamos las famosas etapas críticas de la vida: la pubertad, la crisis de la mediana edad, la jubilación, etc. debemos tomar en cuenta el cuadro general, aún cuando empecemos por explorar los ciclos uno por uno.

Por ejemplo, una persona que tiene a Saturno natal en cuadratura con el Sol, siempre experimentará un tránsito de Saturno al Sol al mismo tiempo que Saturno transita a su Saturno natal. En ciertas coyunturas, particularmente en la primera mitad de la vida, también tendrá a Urano en tránsito activando tanto al Sol natal como a Saturno natal, un poco antes del tránsito de Saturno. Y a veces, Neptuno en tránsito y la Luna progresada activarán al Sol natal y a Saturno natal al mismo tiempo que Saturno en tránsito y Urano en tránsito. Si bien los aspectos exactos no ocurren en el mismo preciso momento, la importancia de los orbes significa que habrá una superposición. Los dos planetas natales están “casados” y todo tránsito siempre involucrará a ambos, aunque sea por aspecto menor.



sábado, 25 de agosto de 2012

Crisis y Conflictos en el Camino Espiritual

Fragmento del libro “La dinámica del inconsciente” (Seminarios de Astrología Psicológica), de Liz Greene y Howard Sasportas, Ediciones Urano.


Hablaremos del tipo de crisis y conflictos con que tropieza la gente que recorre la senda del crecimiento espiritual o transpersonal. Assagioli divide el proceso en varias etapas: a) las crisis que preceden al despertar espiritual; b) las crisis causadas por el despertar espiritual, y c) las fases del proceso de transformación.

Las crisis que preceden al despertar espiritual

Puede suceder que alguien experimente de pronto un cambio de dirección en su vida. Esto puede verse precipitado por una decepción importante en el trabajo o en la carrera, o por la pérdida de un ser querido. También, a veces la gente se despierta y se da cuenta de que tiene una insatisfacción íntima, de que lleva dentro un vacío. Puede ser que hasta entonces el individuo se las haya arreglado muy bien, que se haya enfrentado todos los días con el mundo sin inseguridad alguna; pero de pronto se apodera de él un sentimiento insistente de la futilidad o de la falta de significado de la vida. Es como si todo se muriera, despojado de vitalidad. Las personas que viven esta experiencia sufren de lo que comúnmente se llama una crisis de significado. “¿Por qué estoy aquí?”, se preguntan. “¿Por qué me preocupo? ¿Qué significa todo esto?”. La crisis puede incluso parecer una grave perturbación nerviosa, pero apenas por debajo del nivel superficial de esas dudas e inquietudes hay aspiraciones espirituales o transpersonales que esperan tener acceso a la personalidad. Algo tiene que morir para que nazca algo nuevo.

Generalmente, en momentos así hay en juego tránsitos o progresiones de Urano, Neptuno o Plutón. Cuando los planetas exteriores activan la carta o se ven movilizados por una progresión, el cosmos no quiere dejarnos de la misma manera en que nos encontró. Lo viejo se desbarata o se enrancia, y ya no funciona. Y sólo entonces lo nuevo encuentra su oportunidadde acceso.

Se cuestiona la vida: ya no basta con seguir delante de la misma manera que antes. Es muy frecuente que tengamos este tipo de experiencia en la madurez, cuando Urano hace oposición con el Urano natal, Neptuno se pone en cuadratura con el Neptuno natal o Plutón hace cuadratura a Plutón natal. Pero puede suceder en cualquier momento de la vida; he conocido a personas que tuvieron una crisis espiritual a los siete años, en tanto que otras pasan por ella a los setenta.

Las crisis causadas por el despertar espiritual

El desbordamiento de las energías superconscientes o transpersonales suele vivirse como una elevación y una liberación maravillosas. Y sin embargo, hay personas que tienen grandes dificultades para asimilar el aflujo de energía, luz y poder que proviene de esos niveles de la psique. El sistema nervioso puede verse literalmente abrumado o quedar fuera de control por influjo de la energía superconsciente. En la década de los años sesenta, muchísimas personas fueron “fulminadas” de esa manera por la acción del LSD y otras drogas psicodélicas. Incluso sin que medie la acción de ninguna droga capaz de expandir la conciencia, una poderosa liberación de energía superconsciente en una personalidad débil o desequilibrada puede producir formas de comportamiento extremas. En algunos casos, la gente no resiste la presión: salen corriendo a la calle, se quitan toda la ropa, queman su pasaporte… Si somos universales e ilimitados, ¿qué necesidad hay de pasaportes? Algunas personas oyen voces que les dicen qué tienen que hacer, o tienen visiones que no pueden integrar o entender del todo. La vivencia interior de un Si mismo Transpersonal puede conducir a sentimientos de grandeza que a veces se mezclan con problemas infantiles no resueltos que tienen que ver con la omnipotencia. Un persona puede perder la capacidad de distinguir entre el yo y el Sí mismo, y empezar a pensar que ella es Dios, o el centro escogido de algún plan divino en el que todo tiene cabida. Con un camino erizado de semejantes peligros, ya pueden ver ustedes por qué se necesita un yo sano y equilibrado para poder canalizar mejor la inspiración transpersonal.

También hay otros problemas. Alguien puede tener un despertar espiritual y creer erróneamente que aquello que ha podido atisbar dentro de sí es ya una realidad manifiesta. Es decir, uno tiene una experiencia cumbre y piensa que todos sus problemas están resueltos, que ya está por encima de todo, tiene todas las posibilidades y es libre: ha llegado. Pero lamentablemente uno no tarda en darse cuenta de que eso no es más que el comienzo: todavía no ha llegado. Durante un tiempo, uno puede sentir un amor ilimitado y verlo todo bañado en una luz dorada, pero muy pronto todo eso pierde intensidad. Las cosas se normalizan, y uno regresa a su personalidad anterior y a sus costumbres de siempre.

Como todo en la vida, la energía transpersonal es cíclica; tiene un movimiento de flujo y reflujo. Cuando la marea sube, uno se siente bien; hay una sincronicidad especial, suceden cosas mágicas. Cuando la energía transpersonal baja, reaparecen las viejas limitaciones. Ya lo tuvimos todo, y ahora el mundo vuelve a mostrársenos opaco.  Nuestros viejos problemas nos parecen mucho más frustrantes por haber podido atisbar cómo sería la vida si estuviéramos libres de ellos.

Y lo más importante es que escalar las alturas es algo que tiene la virtud de remover las profundidades. Contactar con la luz de la mente superior nos hace ver con más claridad lo que hay de oscuro en nosotros. Tras un aflujo interior de energía superconsciente, se despiertan los demonios en las profundidades del inconsciente. Uno tiene una vivencia de luz y amor, y dos días después se enfurece irracionalmente por cualquier cosa. Entonces se viene abajo y se siente más deprimido y vacío de lo que jamás se sintió en la vida. ¿Es que la experiencia cumbre no fue más que una ilusión, una engañosa fantasía?

Una vez oí casualmente que una monja – y no es que sea mi costumbre andar escuchando las conversaciones de las monjas – le decía a una mujer que se iba del convento después de haber hecho una semana de retiro:  - Tenga cuidado, porque dentro de unos días se encontrará con el diablo.

También yo, enseñando meditación, he descubierto algo similar. Después de una meditación profunda e intensa, la gente se siente inundada de claridad y paz, pero es probable que unas pocas horas después tenga la vivencia de lo que solemos llamar liberación de estrés. El hondo descanso de una meditación profunda saca afuera remanentes de tensión que estaban sepultados en ocultos escondrijos de la psique. Esas viejas tensiones afloran a la superficie y a veces, en el proceso de su liberación, se las revive. Comparada con la paz y la ecuanimidad de la meditación intensa, la liberación de estrés le da a uno la sensación de que está retrocediendo, en vez de avanzar en su crecimiento espiritual. San Juan de la Cruz habló así de la noche oscura del alma:  “Y cuando los rayos de esta pura Luz se derraman sobre el alma para expulsar las impurezas, el alma se percibe tan impura y miserable que le parece como si Dios se hubiera puesto en contra de ella y como si ella se hubiera puesto contra Dios.”

Es probable  que se encuentren en alguna lectura con una persona que está en medio de una de estas crisis. En esos casos, pueden ayudarla recordándole que lo que le sucede es una parte natural del proceso de crecimiento y despliegue espiritual. Generalmente, un estado de exaltación no dura indefinidamente.

Precipitarse desde estas alturas puede ser deprimente y desalentador, hasta que uno se da cuenta de que el influjo de la inspiración transpersonal ha servido para enseñarle la dirección adecuada. Ahora se puede empezar a trabajar para consolidar la visión y convertirla en una relidad más permanente en la propia vida. Cuando nos desmoronamos desde las alturas de la percepción superconsciente es cuando debemos empezar de nuevo a trepar lentamente, paso a paso.

Las fases del proceso de transformación

Parte del proceso de transformación consiste en cultivar e integrar las funciones superiores para equilibrarlas con el resto de la personalidad. Para la mayoría de las personas, esta es una época de fluctuaciones entre luz y oscuridad, cumbres y abismos, júbilo y dolor. Será necesario examinar y despejar los obstáculos que se oponen al fluir de las energías superconscientes. Además, en el curso de la realización de sí mismo, uno tendrá que enfrentar sus heridas y complejos infantiles más profundos y más dolorosos para curarlos y resolverlos.

Es tal la cantidad de energía que consumen estos procesos que de hecho podemos dar la impresión de ser menos eficientes que antes para operar en el mundo. Es probable que los demás nos perciban como si estuviéramos retrocediendo o disgregándonos. Podemos oír cosas como: “Pues vaya con tus ideas espirituales… si estabas mucho mejor antes de que te diera por meditar”, o “No sé qué bien le estará haciendo la terapia a mi mujer; está mucho más intratable que cuando empezó”. Estamos sometidos a prueba. ¿Podemos mantenernos fieles a nuestro compromiso de crecimiento aunque los demás nos tomen el pelo o se burlen de nuestros progresos? El acercamiento a otras personas que estén recorriendo el camino espiritual, con quienes podamos compartir nuestras experiencias, puede ser de gran ayuda durante esta fase, puesto que ellas entenderán nuestros altibajos.

En “Psicosíntesis”, Assagioli señala muy acertadamente que la oruga tiene más suerte que nosotros: su transformación se produce en la paz y la seguridad relativas de un capullo. Nosotros, en cambio, podemos estar en mitad de un profundo cambio en nuestro crecimiento, y sin embargo lo más frecuente es que todos esperen que sigamos con nuestra vida cotidiana como si tal cosa. Assagioli compara la situación con el intento de reconstruir una estación ferroviaria sin molestarse en interrumpir el tráfico existente. Durante un tiempo, todo es un caos por partida doble.

En “La conspiración de Acuario”, Marilyn Ferguson destaca un punto importante en lo que se refiere a la evolución espiritual y psicológica: que vamos en pos de la vivencia de la transformación de la única manera que conocemos, es decir, como consumidores y competidores. Nos preocupa si estaremos avanzando con suficiente rapidez; andamos en busca de toda clase de técnicas, recursos y prácticas que nos lleven más pronto a la meta, y no dejamos de compararnos para ver si estamos tan adelantados como las personas que nos rodean.

Es virtualmente imposible dar indicadores astrológicos específicos para todas las diversas etapas de la evolución psicoespiritual. Son diferentes en cada caso. Lo único que puedo decir es que Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón ponen el balón en juego, pero hacia dónde nos llevará en última instancia el viaje a cada uno de nosotros, eso solamente nuestro propio Sí mismo más profundo puede decírnoslo.


martes, 19 de junio de 2012

Los Misterios del Sueño y de lo Onírico


Capítulo 17 del libro “La Astrología y la psique moderna”, de Dane Rudhyar (Ediciones Kier, Argentina)

Si yo tuviera que elegir una enseñanza astrológica como la más fundamental, con seguridad esa sería el principio de polaridad. Todo factor que se emplee en astrología tiene su polo opuesto. Todo signo del zodíaco tiene como su polaridad el signo contrario. El solsticio de invierno equilibra al de verano; el equinoccio de primavera al de otoño. Todo planeta se equipara con otro planeta (Sol y Luna, Marte y Venus, Júpiter y Saturno, o Júpiter y Mercurio). Cada sección del mapa natal (cada casa) encima del horizonte es  el complemento de la que lo enfrenta debajo del horizonte. El ascendente oriental equilibra al descendente occidental.

La astrología es primordialmente un método para obtener plena comprensión de los organismos vivos; estos pueden ser cuerpos o potencialidades, inclusive organizaciones sociales (como naciones o firmas comerciales) que de algún modo operan como totalidades más o menos permanentes, organizando las actividades productivas de los seres humanos. La vida, en toda forma, opera según un ritmo bipolar, tal como la electricidad que, cuando está activa, tiene siempre un polo positivo y otro negativo. Entender la polaridad es, pues, esencial para el estudio de la astrología. La más notable de estas oposiciones polares en la vida humana es la de la consciencia vigil y el sueño. En algunas civilizaciones y religiones, esta alternancia de actividad consciente y sueño inconsciente se extendió hasta abarcar la idea de una alternancia similar de existencia encarnada en la Tierra y absorción “desencarnada” de un estado trascendente de estar más allá de los portales de la muerte.

A esta área mencionada en último término –la doctrina de la reencarnación, como habitualmente se la llama- raras veces se la entiende bien; puede entendérsela significativamente de manera sencilla sólo cuando se la relaciona con lo que llamamos sueño. Por desgracia, ¡sólo tenemos una noción vaga de lo que significa el sueño! No nos molestamos en preguntar por qué dormimos, aunque pasemos una tercera parte de nuestra existencia durmiendo, salvo por el hecho de que sabemos que deberemos irnos a dormir cuando estemos demasiado cansados. Pero, ¿por qué el sueño nos hace descansar, por qué perdemos nuestra consciencia habitual (nuestro sentido diario de identidad, de ser “yo”), y por qué experimentamos estos fenómenos peculiares que se llaman sueños? Damos estas cosas por hecho, tal como a la muerte y la enfermedad las consideramos aconteceres inevitables que debemos aceptar, aunque no los entendamos.

Se supone que las religiones y las filosofías nos esclarecen sobre esas cuestiones que son básicas. Pero lo que aquellas explican derraman con frecuencia poquísima luz y están recubiertas de superstición y fantasía. En cuanto a la ciencia y la psicología moderna, ambas tienen muchas teorías sobre el sueño y lo que se sueña; pero lo que dicen explica muy poco y reemplaza una incógnita con otra. ¿No hay modo de conseguir una explicación sencilla que, al menos como esbozo, presente un cuadro de la relación entre el estado de vigilia, la actividad consciente y la condición del sueño inconsciente?  Evidentemente, tal cuadro tendría que incluir el fenómeno de los sueños, pues de algún modo los sueños ocurren en la frontera entre la consciencia vigil y el sueño, participando de ambos estados de alguna manera peculiar. Creo que las herramientas y los símbolos que la astrología proporciona pueden servir para aclarar (de modo genérico) este problema; y sugeriré una clave sencilla que, si la usamos bien, podría aportar mucha luz sobre asuntos habitualmente envueltos en el misterio.

Ahora sabemos que algunos filósofos griegos entendían que la Tierra gira alrededor del Sol, pero fue sólo después de  Galileo, Kepler y Newton que se delineó con claridad el moderno cuadro del sistema solar. Sólo después del descubrimiento de Urano y Neptuno, y luego Plutón, los astrólogos pudieron usar este nuevo cuadro “heliocéntrico” (o sea, centrado en el Sol) del sistema solar en su significado verdadero. No me refiero aquí a la posición heliocéntrica de los planetas en el zodíaco. Estas posiciones pueden estudiarse con resultados muy válidos; pero esto exige una efemérides especial, como las tablas que por lo común emplean hoy en día los astrólogos dan las posiciones geocéntricas de los planetas –o sea, sus movimientos como se los ve desde nuestra Tierra-. Pero aunque empleemos las posiciones geocéntricas de los planetas para levantar mapas natales, podemos tener presente el moderno cuadro heliocéntrico del sistema solar y pensar en los planetas como si representasen funciones dinámicas dentro del sistema solar en conjunto.

El sistema solar, con el Sol en su centro, es una unidad cósmica y, al menos en sentido simbólico, un “organismo vivo”. Es por esta razón que, mediante el estudio de los relacionados movimientos cíclicos de los planetas, el astrólogo puede entender mejor, y hasta cierto punto prever, los periódicos flujos y reflujos de la vida y la consciencia dentro de un ser humano, o el curso que tomen las emociones, impulsos y tendencias del pensamiento durante el  lapso de vida de un individuo. Así, a todo el sistema solar se lo observa como representando a la personalidad individual en conjunto.

Para el astrólogo con información psicológica resultó claro que las complejidades de una personalidad humana moderna exigen que a todos los planetas que ahora conocemos se los describa y represente. Cuando preparaban sus horóscopos, los antiguos se detenían en Saturno; pero en realidad, la órbita de Saturno es sólo una línea divisoria entre dos tipos de planetas. Los planetas entre el Sol central y Saturno (incluído) se refieren a un aspecto de la personalidad humana en conjunto; los planetas más allá de Saturno (Urano, Neptuno y Plutón -¡y puede haber más!-) representan otro aspecto, uno que equilibra y complementa al primero. Existe una definida relación de polos entre estos dos grupos (o series) de planetas. Esta relación es la que debemos tratar de entender. Los astrólogos hablan, en su mayoría, de Urano, Neptuno y Plutón como si fueran planetas en el mismo sentido que los demás. Otros concibieron la idea de que los tres planetas “trans-saturninos” son “octavas superiores” de Mercurio, Venus y Marte –aunque sus opiniones difieran en cuanto a cuáles de la última serie corresponden a los primeros-. En mi opinión, la idea de una octava superior, aunque válida en parte, no llega a la raíz de las diferencias entre los dos grupos de planetas.

¿Cuál es la diferencia real? ¿Qué hace que una serie sea el polo opuesto de la otra? Todo sistema orgánico (o toda unidad cósmica) está sujeto a dos fuerzas contrarias.  Está la tracción que lleva cada parte del sistema hacia el centro (por ejemplo, la tracción de la gravedad); pero también está la tracción ejercida por el espacio exterior, lo cual significa realmente por el sistema mayor dentro del cual opera el primer sistema. En el caso del sistema solar, este sistema mayor se llama galaxia. Nuestro Sol es sólo una de las millones de estrellas que componen esta inmensa espiral nebulosa, la galaxia (o Vía Láctea); ésta, a su vez, es parte de un Universo finito compuesto por millones de nebulosas de varios tipos. Cada planeta de nuestro sistema solar y cada ser vivo de la Tierra es afectado, en algún grado, por las presiones y tracciones que nos llegan desde la galaxia; también somos afectados en dirección contraria por el poder de gravedad del Sol, el centro de nuestro sistema.

Sin embargo, Saturno representa una línea básica de demarcación entre estas dos fuerzas opuestas, galáctica y solar. Los planetas que están dentro de la órbita de Saturno son principalmente criaturas y vasallos del Sol; mientras que los planetas que están más allá de Saturno son lo que, hace muchos años llamé “embajadores de la galaxia”. Enfocan sobre el sistema solar la energía de esta vasta comunidad de estrellas, la galaxia. No pertenecen por completo al sistema solar. Están dentro de la esfera de influencia para realizar un trabajo particular, para vincular nuestro pequeño sistema (del cual el Sol es el centro y la órbita de Saturno la circunferencia) con un sistema mayor, la galaxia.

Al comienzo, esto puede sonar muy fantasioso; pero si aplicamos la idea a los hechos de la existencia humana, al punto veremos qué significa realmente. Una persona individual –todos estarán de acuerdo- no vive una existencia aislada. Es parte de un grupo familiar, de una comunidad. Es pues, una pequeña unidad activa dentro de una totalidad mayor. Es un individuo que tiene que representar algún papel dentro de una colectividad. Aquí está, pues, la polaridad de que hablé cuando mencioné al sistema solar y a toda la galaxia, la estrella individual y la vasta comunidad galáctiva de estrellas. En verdad, el individuo actúa sobre la vida colectiva de la comunidad dentro de la cual nació y vive; pero el pensamiento colectivo  y la conducta de la comunidad –sus tradiciones, religión, cultura, ética- moldearon a este individuo y ejercen sobre él presión, influencia (constructiva o destructiva). Si se rebela contra esta influencia, aún permanece condicionado por aquello contra lo cual se rebela.

Hay un género de polaridad más profundo todavía, en la que el individuo consciente y autodeterminado, con una finalidad propia, contrasta con el vasto océano de la vida universal, la vida que anima su cuerpo y todos los cuerpos humanos, que da energía, pero controla aún mientras puede, a los impulsos básicos, emociones y pensamientos instintivos del individuo. Es a esta polaridad muy básica a la que primordialmente deberemos referir la alternancia de consciencia vigil y sueño, y en última instancia, de la existencia corporal individual y la muerte.

El principio de tal alternancia es muy sencillo. La vida de una personalidad humana es el resultado de una relación entre dos fuerzas polares: una procura hacer de esta persona un individuo consciente, autosuficiente, autodeterminado, deliberadamente activo; la otra trata de retrotaerle dentro del océano indiferenciado, inconsciente e individualizado de la vida. Cuando la fuerza individualizadora es positiva y dominante, un ser humano está despierto y ocupado con esfuerzos conscientes y actividades planificadas de algún género. Pero cuando el poder de la vida universal obtiene el control y la fuerza individualizadora se torna negativa (lo que llamamos fatiga y su equivalente psíquico), entonces la persona se queda dormida.

En un sentido psicológico, este es también el caso de polos opuestos menos básicos entre individuo y sociedad. Cuando el individuo es fuerte y positivamente autodeterminado, está plenamente despierto en lo mental y espiritual, crea nuevos valores y se rebela contra los obsoletos; en la sociedad se destaca como una autoridad. Pero siempre que la sociedad obliga despiadadamente a sus eventuales individuos a que se adecuen a sus normas y reglas colectivas, entonces los seres humanos de esa sociedad existen en un estado mental y espiritual algo somnoliento, como ocurre en todas las sociedades totalitarias.

Cuando nos ocupamos de los polos opuestos entre individuo y sociedad, aún nos encontramos dentro del reino de la actividad consciente, vigil. El contraste, astrológicamente hablando, es entre planetas personales como Marte, Saturno y Mercurio, y la pareja social de planetas, Júpiter y Saturno. Pero cuando llegamos a la oposición polar entre la consciencia vigil y el sueño, entre el consciente y el inconsciente (para usar términos psicológicos modernos), entonces nos ocupamos astrológicamente del contraste entre todos los planetas dentro e incluída la órbita de Saturno y los planetas transpersonales (Urano, Neptuno y Plutón).

Cuando hablamos del inconsciente, consideramos al sueño y todas las manfestaciones de la vida que trascienden la consciencia como sencillamente la negación o la ausencia de la consciencia. De modo parecido, durante un largo período, científicos y filósofos pensaban en un espacio más allá de los límites de nuestro sistema solar como completamente vacío, en un sentido negativo. Pero ahora empezamos a darnos cuenta (como bien lo sabían los antiguos) que el espacio que está fuera del sistema solar no es mero vacío. Más bien es el campo de existencia activa del vasto organismo cósmico de la galaxia. ”Vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser” en el cuerpo inmenso de la galaxia. No podemos pensar en sentido negativo en este espacio galáctico; es una plenitud de fuerzas, un plenum, un campo de energías electromagnéticas y tal vez de muchos otros géneros de energías trascendentes que desconocemos.

De modo parecido, lo que los psicólogos modernos (muy infortunadamente) llaman el inconsciente no es un reino del vacío. Cuando dormimos, no entramos en la nada. Cambiamos de polaridad. El polo individual, consciente de nuestro ser total se vuelve negativo para el polo de la vida que ahora se vuelve fuertemente positivo y activo. La vida se hace cargo de los controles. Sin embargo, llega una hora de despertar; las “aguas” de la vida omnipotente se retiran en parte de la mente del durmiente, de su sistema nervioso y de los bordes de sus actividades celulares. Saturados durante un lapso con este indiferenciado fluir biológico, su cerebro y sus nervios, todas las células y todos los órganos de su cuerpo, responden ahora a una nueva oleada de autodirigida actividad consciente, pensamiento y sentimiento. Los problemas individuales se enfrentan nuevamente bajo la luz solar de la consciencia. Pero ¿qué ocurre con los sueños?

En ocasiones, cuando la marea se retira de la playa, quedan pequeños charcos de agua, especialmente en las salientes rocosas que la contienen. Tal vez ayude al lector pensar un instante en los camaroncitos, peces o hasta pulpitos atrapados en estos charcos de las mareas como si representasen algunos sueños nuestros. A veces, una enorme ballena puede quedar en la arena, agonizante o muerta. Las mareas que se retiran dejan sobre la playa todo género de desechos y a menudo apenas podemos reconocer de qué se trataban. Las profundidades y corrientes del inconsciente los llevan a las playas del consciente.

Hay muchas clases de sueños, y esta ilustración se aplica inmejorablemente sólo a unos pocos de ellos; no deberá, pues, tomársela literalmente, o como si cubrieran todos los casos de sueños. En realidad, mejor sería pensar en los sueños, en general, como las reacciones del inconsciente a lo que ocurrió durante (o lo que resultó de) la actividad consciente de la persona individual durante la vigilia.  Tal como la sociedad reacciona ante los actos productivos o distintivos de un individuo otorgándole riqueza o fama –o mandándolo a la cárcel- así el polo inconsciente de nuestro ser total reacciona ante nuestros sentimientos, pensamientos y conducta conscientes tan pronto como las polaridades se invierten. La vida tiene la palabra cuando, durante el sueño, asume el control. Pone a trabajar la parte consciente de nuestro ser total, hasta cuando procura reparar de algún modo los perjuicios que nuestro ego consciente, terco e individualista, ha causado.

Si el ego es particularmente decidido y positivo en su desafío a las modalidades tradicionales y morales de la colectividad, la cultura y la religión o más profundo aún, en su oposición o bloqueo a los instintos y emociones naturales de la naturaleza humana (como en la ascética, por ejemplo) entonces, de noche, cuando el individuo duerme, el polo colectivo de su ser alza vigorosas protestas, advertencias de peligro, y procura grabar en la polaridad del ego cuadros de consecuencias desastrosas o una sensación de fracaso inevitable y futilidad. Cuando ocurre esto, quedan en ciertas áreas sensibilizadas del cerebro algunas impresiones de las protestas del polo positivo, inclusive en algunos de los grandes plexos nerviosos del cuerpo.  Cuando las polaridades una vez más se invierten y el polo individual (el ego) vuelve al control consciente (o sea, despertamos), la consciencia atrapa estas impresiones como sueños.

La razón de que los sueños sean tan desconcertantes es múltiple. Primero, el polo colectivo de nuestro ser (la sociedad y la vida o la naturaleza humana) no puede comunicar sus trastornos o protestas en lenguaje intelectual; del depósito del pasado, sólo puede capturar a tientas imágenes que el cerebro o la memoria contiene, de las cuales unas pocas están vinculadas por analogía, o de algún modo puestas a tono con lo que el inconsciente trata de transmitir al consciente. Estas imágenes son, por tanto, primordialmente significativas en términos de analogías y símbolos; y se presentan en una secuencia que poco tiene que ver con los principios de la lógica consciente. El sueño representa una secuencia espacial de imágenes grabadas en el cerebro u otros centros nerviosos. La sensación de secuencia en el tiempo sólo surge cuando el ego que despierta, aún apenas recuperado de su estado negativo o pasivo de sueño, trata de examinar rápidamente estas impresiones creadas sobre las porciones del organismo humano con las que este ego está asociado más estrechamente (o sea, los centros nerviosos). Esto es como si un directivo atareado que irrumpe por la mañana en su oficina viera un montón de papeles esparcidos sobre su escritorio; le están llegando ya llamados telefónicos, y todo lo que puede hacer es examinar de prisa los papeles dispersos, en la mayoría de los casos no en el orden en el que sus diversas secretarias los pusieron antes que él llegara. Ocasionalmente, se destaca alguna información importante. Estando en su casa, al directivo lo despierta alguien que le da un mensaje crucial: el presidente está enfermísimo, el mercado de valores es probable que sufra un colapso a primeras horas de la mañana; hay incendio en el depósito, etc. Empero, aunque al directivo (al ego) el mensaje le llegue de repente, puede ser muy confuso; tal vez le llegue a través de un sirviente o de su esposa, que quizá no lo recibió con exactitud por teléfono, etc.

Por supuesto, todas esas ilustraciones son muy inadecuadas; sólo pueden sugerir el carácter de un proceso que no puede traducirse exactamente sólo en términos de experiencias conscientes.

La astrología puede añadir otra dimensión a nuestro análisis de los procesos oníricos haciéndonos diferenciar los sueños en tres categorías básicas: la uraniana, la neptuniana y la plutoniana.

El tipo uraniano de sueño es un desafío directo a la mezquindad, a la inercia autosatisfecha, al egoísmo o a la crueldad del ego saturnino. El ego es esencialmente de carácter saturnino porque Saturno representa la estructura y los lindes del polo individual de nuestro ser. Cuando nos superindividualizamos de modo separado, exclusivo, estrecho y rígido, entonces este énfasis excesivo sobre la función de Saturno provoca, de la sociedad, de la vida o del Dios que está dentro de nuestro ser total, una reacción de polo complementario. Es como si la galaxia emitiera una corriente de rayos potentes dentro de un sistema solar cuyo campo electromagnético se hubiera superaislado y, de esa manera, pudiera convertirse en un “sistema canceroso” en la comunidad galáctica. La energía galáctica llega al sistema solar a través de Urano. El tipo uraniano de sueño es profético e iluminador, en su sentido más elevado. Puede ser incluso una aparición, un destello de inspiración o iluminación que llega durante la fase vigil de la actividad consciente del ego, como por ejemplo la imagen de Cristo y las palabras que se grabaran con violencia en Paulo en su trayecto hacia Damasco en respuesta a la decisión ciegamente tradicional y fanática del ego de éste, de destruir a los que creían en la nueva revelación divina.

Por lo común, los sueños uranianos son muy perturbadores. Llegan como un desafío y éste no es uno que el ego acepte con facilidad. Parte del sueño pueden ser palabras solemnes; a menudo, la luz, o un color definido, se destaca como un elemento vigoroso de la imagen onírica. Los que Carl G. Jung llamaba “arquetipos del inconsciente”aparecen habitualmente en tales sueños; se refieren a una de las experiencias más hondas y universales de la humanidad. Se relacionan con un aspecto o función básica de la vida universal, como ésta actúa en la naturaleza humana. Tienen, pues, con frecuencia, un carácter religioso; y el sueño puede tener el poder para transformar muy básicamente (conversión) al que sueña o perturbar cabalmente su autosuficiencia, su egocentrismo o sus ideas favoritas.

Sin embargo, los más frecuentes son quizá los sueños neptunianos. Son reacciones a todo lo que perturbe el equilibrio promedio, normal, de la relación del individuo con su sociedad, su salud, su digestión, o los instintos básicos del cuerpo. En este sentido, Neptuno responde mediante sueños a toda perturbación o peligro para las complicadas funciones que cumple Júpiter, tanto en el cuerpo como en la psique. Todo desafío a un principio social o moral de conducta, toda intrusión en una “dieta” segura (del cuerpo o de la mente) tiende a suscitar sueños neptunianos, y éstos son habitualmente muy fantasiosos. Si de noche el cuerpo se enfría debido a un repentino descenso de temperatura, uno puede despertarse recordando un sueño largo y dramático de caminar en medio de una tormenta de nieve, caer en agua helada, etc. Si un potente impulso induce a uno a quebrantar normas normas morales o sociales de conducta, es probable que, tarde o temprano, uno sueñe escenas dramáticas en las que quienes participen de esa situación aparezcan en entornos extraños pero simbólicos, quizá bajo disfraces que hagan que la verdad profunda de esa situación sea menos indegustable en su primer impacto para el individuo.

El sistema freudiano del análisis de los sueños acostumbró a la mente moderna a pensar en lo que Freud llamó el “censor”. Dícese que este censor representa, por así decirlo, un género de guardián particular de la seguridad personal del ego, que lo protege contra todos los desórdenes o intentos desagradables que en sus dominios están en revolución. De esta manera, el polo colectivo de nuestro ser deja perturbadoras impresiones que son censuradas, modificadas, mutiladas u obliteradas por completo antes de que el individuo consciente se dé cuenta de ellas. Es muy dudoso que tal censor exista realmente. A lo que se refiere es sencillamente a una etapa particular de la relación entre las dos polaridades de nuestro ser –individual y colectiva, consciente e inconsciente, actividad diurna y sueño- una etapa en la que lo individual está particularmente en rebelión contra lo colectivo y el ego inseguro se siente constantemente en la necesidad de protegerse de la sociedad.

Los sueños plutonianos son más raros que los neptunianos. Pueden ser muy destructivos de la integración de la personalidad total, extrañas pesadillas que dejan una horrible sensación de miedo, presagios y muerte. En individuos más espirituales, pueden ser las proyecciones y los símbolos de experiencias profundas de autorenovación y de expansión de la esencia misma del yo. Los sueños uranianos son heraldos de lo que podría ser; muestran el camino hacia delante, inspiran para continuar, excitan al alma ligada al ego hacia nuevas posibilidades. Los sueños plutonianos pueden ser el reflejo sobre la consciencia vigil de pasos reales dados en el desarrollo interior y en el crecimiento del alma o, negativamente, revelan el dolor o la desesperación del alma que (al menos temporariamente) fracasó, y tal vez muestren el abismo que hay delante y las tenebrosas presencias que llenan esas abismales profundidades. Si, como es probable, existe por lo menos un planeta más allende Plutón, tal planeta debería referirse a experiencias interiores más reales aún y más definidas en las almas que, al menos hasta cierto punto, se convirtieron en partes integrales de la vasta comunidad de almas de apariencia divina, de las que la galaxia es el símbolo astrológico.

Jung dijo que hay niveles sobre niveles del inconsciente colectivo. Esto es así, en la medida de que existe una vasta jerarquia de niveles sobre los que los individuos pueden actuar consciente y creadoramente. La galaxia también, lo repito, es tan sólo una entre las miríadas de nebulosas espirales que constituyen un universo; y los universos pueden ser partes de un cosmos mucho más vasto. No existe un fin concebible de la posibilidad de llegar a ser un individuo consciente en niveles cada vez más abarcantes, más cósmicos. Empero, todo individuo – a menos que sea la Deidad que lo abarca todo – es tan sólo un centro activo dentro de una totalidad mayor, dentro de una colectividad. Debe haber siempre una relación que actúe en fases alternadas entre este individuo y esta colectividad. Como seres humanos, conocemos tales fases alternadas como consciencia vigil y sueño, existencia encarnada y muerte. Pero estos términos tienen significado solamente en términos de nuestra experiencia humana.

Los filósofos hindúes hablaban de los Días y las Noches de Brahma, el creador de los universos en los que la consciencia se desarrolla, y de las condiciones de inexistencia absoluta en la que nada existe. Empero, para el sabio, más allá de aquellos días y noches cósmicos, más allá de la consciencia y la inconsciencia, existe lo que contiene a ambos. A eso los hindúes lo llamaban simbólicamente el “Gran Aliento”, que exhala al mundo dentro de la existencia y lo inhala dentro de la paz inmensa. Así, experimentamos nuestro ego consciente que es exhalado dentro del mundo de la actividad diaria cuando despertamos y que es inhalado dentro del sueño cuando estamos acostados descansando. En un sentido, somos ambas condiciones, consciente e inconsciente; somos también lo que incluye a ambas. Los planetas desde el Sol hasta Saturno nos conducen hacia la actividad consciente; pero los planetas que están más allá de Saturno –cuando concluyó el día- nos conducen a nuestro yo mayor, las estrellas que nosotros somos. Cuando el ritmo alternativo nos lleva de regreso a la consciencia diurna, entonces Urano, Neptuno y Plutón procuran siempre hacernos recordar que no sólo somos un yo individual, ligado a Saturno y centrado en el Sol, sino que también pertenecemos a la comunidad mayor de las estrellas.


jueves, 16 de febrero de 2012

La Teoría de las Estructuras Disipadoras



Seguimos compartiendo fragmentos pertenecientes a libros de astrología de excelentes autores. Esta vez,  reflexiones de “Los dioses del cambio” (El dolor, las crisis y los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón), cuyo autor es Howard Sasportas.

En 1977 se concedió el Premio Nobel de química al científico belga Ilya Prigogine, por su teoría de las estructuras disipadoras, un trabajo que demostraba científicamente lo que muy bien sabían ya los antiguos chinos: que la tensión y la crisis desempeñan un papel decisivo en el proceso de transformación. Igual que wei-chi, la expresión china que significa “crisis”, los resultados obtenidos por Prigogine respaldan la idea de que los trastornos y las conmociones que sufrimos en la vida son también oportunidades para que suceda algo nuevo.

Prigogine estaba estudiando lo que en física se llama “sistemas abiertos”, que son los sistemas que participan en algún tipo de intercambio continuo de energía con el ambiente. Se caracterizan por una cierta dosis de fluctuación, es decir, son vulnerables y accesibles a diferentes tipos de energías que penetran en ellos. También las obras humanas, como los pueblos, las ciudades, los grupos y las organizaciones, son sistemas abiertos. Una ciudad, por ejemplo, no es algo aislado y excluído del resto de la vida: sus industrias utilizan la energía y las materias primas de las áreas circundantes y las devuelven al medio transformadas. Como también los seres humanos podemos ser modificados por nuestra interacción con el entorno y por los contenidos inconcientes de nuestra psique cuando invaden la conciencia, nuestro yo también es un sistema abierto y, por lo tanto, está sujeto a las leyes de la teoría de Prigogine.

De acuerdo con ella, siempre que las fluctuaciones y perturbaciones que ingresan en un sistema abierto se mantengan dentro de cierto límite, las propiedades de autorregulación del sistema permiten que éste mantenga en términos generales su función y su identidad. En otras palabras, el sistema puede hacer frente a cierta cantidad de alteración y perturbación sin desbaratarse por completo. De modo similar, hay perturbaciones internas o externas inevitables que pueden estremecer periódicamente nuestra vida, pero siempre que no sean demasiado grandes, la naturaleza homeostática del yo nos permite adaptarnos a tales fluctuaciones sin tener que alterar demasiado lo que nos está sucediendo en la vida. Hacemos unos cuantos ajustes menores y seguimos siendo en gran medida los mismos.

Sin embargo, si las fluctuaciones y perturbaciones que ingresan en un sistema abierto se incrementan más allá de cierto límite, empujan al sistema a un estado de “caos creativo”. Lo que había allí antes y que hasta ese momento había funcionado ya no puede seguir de la misma manera. El sistema se ve forzado a asimilar o a adaptarse a una influencia perturbadora demasiado grande para que pueda sobrevivir en su antiguo formato y se produce una crisis: para que el sistema pueda funcionar de la manera que sea, se ha de establecer un nuevo orden de cosas. Dicho con otras palabras, la ruptura del sistema hace que a éste le sea posible avanzar hacia una forma completamente diferente de organizarse. Tal es la naturaleza dinámica del crecimiento y la naturaleza de la transformación.

De modo similar, cuando en la vida todo nos va como una seda, en realidad no hay razón para cambiar. Generalmente, sólo cuando las cosas empiezan a irnos mal, cuando sufrimos reveses graves en importantes esferas de la vida, o cuando las circunstancias se nos hacen intolerablemente difíciles, tediosas o caóticas, empezamos a pensar seriamente en introducir cambios. O bien las estructuras existentes en nuestra vida se desploman totalmente, lo cual hace que ya no podamos mantener nuestro funcionamiento habitual: una relación con la que hemos estado estrechamente identificados se deshace, se nos muere la pareja o un hijo, perdemos a uno de nuestros padres, nos despiden en el trabajo, nos fallan nuestras creencias más queridas o nos enfrentamos con una enfermedad que nos pone en peligro de muerte. Aunque no todas las personas se ven afectadas en la misma medida o de la misma manera, generalmente este tipo de perturbaciones nos imponen transformaciones importantes en nuestro sistema de vida. Seguir del mismo modo que antes se vuelve difícil o imposible; la conmoción plantea o exige un proceso de reconsideración y una nueva evaluación de nuestra vida, nuestras actitudes, nuestros motivos y nuestros valores.

La relación entre la teoría de las estructuras disipadoras y los posibles efectos de los tránsitos de (o de las progresiones en que están en juego) Urano, Neptuno y Plutón es obvia. He dicho ya que Saturno está asociado con la forma, el límite y la estructura, y que Urano, Neptuno y Plutón son, en este aspecto, los enemigos de Saturno. Son “principios de desestructuración”, que socavan las estructuras existentes de modo que algo nuevo pueda ocupar su lugar. En cierto sentido, Saturno representa el principio homeostático del yo, el deseo de mantener y preservar lo que es. Por contraste, Urano, Neptuno y Plutón (cada uno a su manera) aportan fluctuaciones y perturbaciones críticas: nos desintegran para que podamos avanzar hacia una nueva manera de ser.

A veces, las perturbaciones que provocan estos planetas son desagradables: enfermedad, depresión, etc. Pero también pueden ser de naturaleza positiva: casarse, enamorarse, comprar una casa, obtener nuevos conocimientos que modifican nuestra visión de la vida, un éxito repentino, el logro de un ascenso o incluso un premio en la lotería. Estos acontecimientos, exteriormente positivos, provocan tanta tensión en el orden establecido de nuestra vida como los sucesos exteriormente negativos. No importa cuál sea exactamente la naturaleza de las fluctuaciones que nos perturban ni cómo las provocan Urano, Neptuno y Plutón; todos los tipos de cambios, conflictos, paradojas, tensiones y traumas que generan requieren alguna especie de cambio.

Cambiar no es fácil. En cuanto seres humanos y criaturas del hábito, orientamos gran parte de nuestra energía a tratar de evitar el dolor y las crisis. A la mayoría de nosotros no nos gusta la idea de perder nada a lo cual estamos apegados. Especialmente, no nos gusta perder aquello de lo cual proviene nuestro sentimiento de identidad, de ser nosotros mismos: relaciones, trabajo, ingresos, ideales o principios. Es tan difícil renunciar a las partes desgastadas de nuestra estructura psíquica (como antiguas pautas, imágenes negativas de nosotros mismos o lo que el análisis transaccional llama “guiones”), que quizás no nos hayan servido nunca de mucho, como a las posesiones o a las personas que son importantes en nuestra vida.

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Los que estamos en mitad del desafío y el trastorno vinculados con Urano, Neptuno y Plutón podemos finalmente llegar a una etapa en la que aceptamos la crisis y los cambios que traen consigo los tránsitos de estos planetas. El escritor y psicoanalista James Hillman diría que, cuando se ha alcanzado esta etapa, nuestros sentimientos han conseguido por fin verterse libremente en nuestro destino, reconciliándonos con un acontecimiento mediante lo que él llama “esa unión del amor con la necesidad”. Una vez aceptada la crisis, con la aceptación puede llegar, en su momento, el reconocimiento de que aquello por lo que hemos tenido que pasar ha sido una parte necesaria de nuestro crecimiento y del despliegue de nuestras potencialidades. La amargura de las lágrimas se convierte en la sal de la sabiduría.

La aceptación permite que actúe la magia que sana. Con esto no quiero decir que llegar a este punto sea fácil ni que se dé de la noche a la mañana. No es nada fácil confiar en los artilugios de Urano, Neptuno o Plutón, ni reconocer que el dolor, el fracaso,la perturbación y el cambio, que cuando nos agobian parecen más bien una maldición, puedan tener algo valioso para ofrecernos. Pero el dolor, el conflicto y la tensión son, de todos modos, “transformaciones que pugnan por producirse”. Al negarlos nos defraudamos: nos negamos la transformación. El proceso de transformación se inicia cuando los aceptamos.