Mostrando las entradas con la etiqueta Espejos del Yo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Espejos del Yo. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de enero de 2009

El ego, el lado conciente de la personalidad




El texto siguiente pertenece a Carl G. Jung y forma parte del libro “Espejos del Yo - Imágenes arquetípicas que dan forma a nuestra vida -", de Christine Downing. 


Los interesados en obtener la versión online de dicho libro, pueden solicitarla por mail a:  astrologiaparacomprenderlavida@gmail.com



Aunque sus fundamentos son relativamente desconocidos e inconscientes, el ego es un factor consciente por excelencia. Incluso es una adquisición empírica de la existencia individual. Parece surgir en primer lugar de la colisión entre el factor somático y el entorno, y, una vez establecido como sujeto, se desarrolla a partir de nuevas colisiones con el entorno y el mundo interior.

A pesar de la ilimitada extensión de sus fundamentos, el ego nunca es más ni menos que el conjunto de la conciencia. En tanto que factor consciente el ego podría, al menos en teoría, ser descrito completamente. Pero ello sólo daría una imagen de la personalidad consciente; faltarían todas esas facetas que son desconocidas o inconscientes para el sujeto. Una imagen completa debería incluirlas. Pero una descripción total de la personalidad es, aun en teoría, absolutamente imposible, porque su porción inconsciente no puede ser aprehendida. Esta porción inconsciente, como la experiencia ha mostrado con profusión, que de ningún modo carece de importancia. Por el contrario, las cualidades más decisivas de una persona suelen ser inconscientes y sólo pueden ser percibidas por quienes nos rodean, o han de ser laboriosamente descubiertas con ayuda exterior.

Claramente, la personalidad como fenómeno global no coincide con el ego, es decir, con el conjunto de la personalidad consciente, sino que constituye una magnitud que ha de ser distinguida del ego. Naturalmente, semejante distinción sólo es necesaria para una psicología que tiene en cuenta la existencia del inconsciente, pero para esta psicología tal distinción es de primordial importancia.

He sugerido denominar «Yo» [das Selbst] a la personalidad total que, aunque presente, no puede ser plenamente conocida. Por definición, el ego [das Ich] está subordinado al Yo y se relaciona con él como la parte con el todo.

Dentro del campo de la conciencia hay, como suele decirse, libre albedrío. Con este concepto no me refiero a nada filosófico, sino sólo al conocido hecho psicológico de la libertad de decisión correspondiente a la sensación subjetiva de libertad. Pero así como nuestro libre albedrío choca con las necesidades del entorno, también encuentra sus límites más allá de la conciencia en el mundo interior subjetivo, es decir, entra en conflicto con las realidades del Yo. Y así como las circunstancias exteriores nos acontecen y nos limitan, del mismo modo el Yo actúa sobre el ego como algo objetivamente dado que la libertad de nuestro albedrío poco puede hacer para alterar. Incluso es un hecho conocido que el ego no sólo no puede hacer nada contra el Yo, sino que en ocasiones es efectivamente asimilado por componentes inconscientes de la personalidad que están desarrollándose y se ve enormemente alterado por ellos.

Debido a su naturaleza, la única descripción general del ego que puede darse es de tipo formal. Cualquier otro modo de observación debería dar cuenta de la individualidad que se adhiere al ego como una de sus características principales.

Aunque los numerosos elementos que componen este complejo factor son en todas partes los mismos, varían infinitamente en cuanto a su claridad, su matiz emocional y su extensión. Por tanto, el resultado de su combinación -el ego- es, en la medida en que se deja esbozar, individual y único, manteniendo su identidad hasta cierto punto. Dicha estabilidad es relativa, ya que pueden ocurrir en ocasiones cambios de personalidad de gran alcance. Tales alteraciones no tienen por qué ser siempre patológicas; pueden también formar parte del desarrollo y por ello caer dentro del ámbito de lo normal.

En tanto que punto de referencia del campo de la conciencia, el ego es el sujeto de todos los movimientos adaptativos, en la medida en que son efectuados por la voluntad. Por ello el ego desempeña un papel significativo en la economía psíquica. Ahí su posición es tan importante que no carece de buenas razones el prejuicio de que el ego constituye el centro de la personalidad o de que el campo de la conciencia es la psique misma.

Dejando aparte las alusiones de Leibniz, Kant, Schelling y Schopenhauer, y los esbozos de Carus y von Hartmann, es sólo a partir de fines del siglo diecinueve cuando la psicología moderna, con sus métodos inductivos, ha descubierto los fundamentos de la conciencia y probado empíricamente la existencia de una psique exterior a la conciencia. Con este descubrimiento la posición del ego, hasta entonces absoluta, quedó relativizada; es decir, aunque continúa siendo el centro del campo de la conciencia, es dudoso que constituya el centro de la personalidad. Es parte de la personalidad, pero no el conjunto de ella.

Como he mencionado, es sencillamente imposible estimar lo grande o pequeña que es su parte, o en otras palabras, hasta qué punto es libre o dependiente de las cualidades de esta psique exterior a la conciencia. Sólo podemos decir que su libertad es limitada y que su dependencia ha sido a menudo decisivamente probada.




martes, 22 de julio de 2008

Las Imágenes Arquetípicas




A continuación comparto con ustedes algunos fragmentos extraídos del prólogo del libro "Espejos del yo: imágenes arquetípicas que dan forma a nuestras vidas" de Christine Downing, que ofrece un excelente material para abordar la teoría de los arquetipos de Jung. 


Pueden solicitarme este libro en formato .pdf enviando un e-mail a: astrologiaparacomprenderlavida@gmail.com



… Jung denominó a las imágenes a través de las cuales se manifiesta el inconsciente «imágenes arquetípicas». Empleó la palabra arquetípico a fin de comunicar el poder que tienen ciertas imágenes para conectarnos con lo que se muestra como la fuente misma de nuestro ser. La palabra griega "arjé" indica principio, origen; "tipo" deriva de un verbo griego que significa «modelar» y del correspondiente sustantivo que indica una imagen o modelo. Así arquetipo significa el modelo a partir del cual se configuran las copias, el patrón subyacente, el punto inicial a partir del cual algo se despliega. Aunque Jung a veces menciona los arquetipos como algo impreso en nuestras psiques, también emplea esta etimología de forma más dinámica cuando define las imágenes arquetípicas como aquellas que pueden impresionarnos: «Estas asociaciones e imágenes típicas... nos impresionan, influyen y fascinan».
Jung distinguía entre arquetipos e imágenes arquetípicas. Reconoció que lo que llega a nuestra conciencia son siempre imágenes arquetípicas -manifestaciones concretas y particulares que están influidas por factores socioculturales e individuales. Sin embargo, los arquetipos mismos carecen de forma y son irrepresentables; hablando con propiedad son más psicoides que psíquicos: «El arquetipo como tal es un factor psicoide que pertenece, por así decir, al extremo invisible y ultravioleta del espectro psíquico... No debemos olvidar que lo que denominamos “arquetipo” es en sí mismo irrepresentable, pero podemos visualizarlo a través de sus efectos, es decir, las imágenes arquetípicas». Los arquetipos mismos, dice Jung, son vacíos y carentes de forma, nunca podemos verlos excepto cuando se vuelven conscientes, cuando se llenan de contenido individual…




… El interés de Jung por las imágenes arquetípicas refleja más énfasis en la forma del pensamiento inconsciente que en su contenido. Nuestra capacidad para responder a la experiencia como criaturas creadoras de imágenes es heredada, se nos da con nuestra humanidad. Las imágenes arquetípicas no son restos de pensamiento arcaico ni un depósito muerto, sino parte de un sistema viviente de interacciones entre la psique humana y el mundo exterior. Las imágenes arquetípicas que aparecen en mis sueños brotan de la misma capacidad humana que dio lugar a las antiguas mitologías de nuestros remotos antepasados. Los mitos no son causas de las manifestaciones contemporáneas e individuales, sino que existen en el mismo plano como analogías…




… Cuando hablamos de imágenes arquetípicas no sólo nos referimos a imágenes oníricas o a imágenes mitológicas o literarias. En realidad nos referimos a un modo de responder a nuestra vida cotidiana con nuestra imaginación, en vez de hacerlo sólo de modo pragmático o lógico. Estamos hablando de una forma de ser en el mundo que está abierta a muchas dimensiones de significado, abierta a resonancias, ecos y conexiones asociativas y sincrónicas, no sólo causales. Estamos hablando del descubrimiento de un mundo que se muestra lleno de significación -de signos, símbolos, metáforas, imágenes-…


… Que una imagen sea arquetípica o no depende principalmente de la actitud de la conciencia que observa, de nuestra respuesta a la imagen, más que de ninguna cualidad inherente. También creo que hay ciertas circunstancias de la vida humana, como el nacimiento de un primer niño o la aparición de un arco iris tras una tormenta, que parecen evocar o desencadenar este tipo de respuesta. Hay situaciones en las que es difícil responder de modo racional o pragmático, situaciones que nos conmueven en toda nuestra condición de seres humanos. Aunque a menudo se afirma que las imágenes arquetípicas se forman en respuesta a experiencias típicas y recurrentes y a aspectos de la experiencia humana habituales, importantes y relativamente constantes, Hillman le da la vuelta a esta teoría: las imágenes que merecen nuestra renovada atención son arquetípicas. La repetición no forma parte de lo que crea la imagen sino de lo que ella engendra.
Cuando nos centramos en la imagen arquetípica, vemos claramente que no hay una distinción tajante entre lo personal y lo colectivo, pues la imagen arquetípica señala la articulación donde se encuentran lo interior y lo exterior, lo personal y lo colectivo. Representa la interacción dinámica y continua entre lo consciente y lo inconsciente, lo personal y lo colectivo. Jacobi sugiere que las imágenes arquetípicas están en un continuo que va de lo más particularizado a lo más general: «Cuanto más personal y actual es un problema, más intrincada, detallada y claramente definida es la figura arquetípica con la que se expresa; cuanto más impersonal y universal es la situación, más simple o borroso será el arquetipo»…


… Estas imágenes son sentidas como numinosas, mágicas, fascinantes, demoníacas o divinas. Parecen tener una fuente trascendente y autónoma más allá de la conciencia individual, más allá de nosotros. Aquí hay un aspecto peligroso: la inflación o el sentirnos poseídos, el peligro de creer que estas imágenes son sagradas y por tanto inviolables, inmutables, dotadas de una aprobación cósmica.
Todas las imágenes arquetípicas parecen evocar ambivalencia en nosotros. A la vez nos atraen y nos repelen; tienen aspectos oscuros, temibles y destructivos así como un lado benigno y creativo. A menudo intentamos rechazar este hecho para recalcar únicamente su aspecto creativo, o para moralizar y dividir el arquetipo en partes buenas y malas -la madre positiva y la madre negativa, por ejemplo- y así perdemos parte de la energía dinámica intrínseca a estas imágenes…


… Lo valioso de las imágenes arquetípicas, como lo valioso de los mitos, no es la resolución de problemas sino el «imaginar, cuestionar, profundizar». Las imágenes arquetípicas nos liberan de identificarnos con nuestros éxitos y fracasos como tales y de contemplar nuestras vidas como vulgares o triviales. La finalidad de prestar atención a estas imágenes es despertarnos a un sentido de nuestras posibilidades latentes todavía no realizadas, salvarnos de nuestra sensación de aislamiento y falta de sentido. Abrir nuestras vidas para renovarlas y rehacerlas…