domingo, 27 de noviembre de 2011

El significado de los tránsitos y de las progresiones


Un fragmento del libro “Los dioses del cambio” (El dolor, las crisis y los tránsitos de Urano, Neptuno y Plutón), de Howard Sasportas.


Si se entienden adecuadamente, los tránsitos y las progresiones permiten que el astrólogo tenga una percepción más cabal del significado más profundo y esencial de una determinada experiencia vital o de una fase de la evolución en la vida de su cliente. El examen de la carta natal de una persona revela de manera clara y concisa cuáles son las partes de su naturaleza que están maduras para ser concientemente integradas, exploradas o transformadas. Una parte importante del trabajo del psicoastrólogo es coordinarse de alguna manera con el Ser nuclear del cliente. Mediante el establecimiento de este vínculo de congruencia con el Si mismo del cliente, es como mejor puede el astrólogo guiar a la persona para que ésta promueva (o coopere con) aquello que el Sí mismo quiere sacar a la luz o hacer conciente en la personalidad.

En psicosíntesis –una rama de la psicología transpersonal fundada por el psiquiatra italiano Roberto Assagioli - se denomina “propósito” al paso siguiente que ha de dar la persona en su evolución. El propósito refleja la intención del Ser nuclear en cualquier momento, y estará relacionado de alguna manera con las preocupaciones y los problemas vitales inmediatos del cliente. Estas preocupaciones inmediatas –o problemas emergentes, como se las llama a veces - reflejarán también los tipos de tránsitos y de progresiones que se producen en la carta del cliente. Cuando examina los tránsitos y las progresiones en una carta, el astrólogo puede formularse las tres preguntas siguientes, para evaluar mejor cuál es la intención del Ser profundo de esa persona en un momento dado:

1                   ¿Qué es lo que está tratando de aparecer o de nacer por mediación del problema emergente?
2                   ¿Qué cualidad o cualidades arquetípicas está tratando de sacar a la luz el Sí mismo del cliente?
3                   ¿Cuál es el paso siguiente que el Sí mismo está tratando de conseguir que dé esa persona?

Aunque Pascal, el escritor y filósofo francés, afirmó que “la rama no puede tener la esperanza de saber cuál es el significado del árbol”, Viktor Frankl, por el contrario, abriga más esperanzas sobre nuestra capacidad de sondear el funcionamiento del Sí mismo. Tras aseverar que los monos utilizados para las pruebas de vacunación antipolio no tenían manera de comprender el propósito de los pinchazos que les aplicaban periódicamente, sostiene que los seres humanos somos diferentes: que nuestro cerebro, más evolucionado, nos permite tomar distancia y reflexionar, preguntarnos por qué está sucediendo algo. Gracias al tema natal y al sistema de los tránsitos y de las progresiones, contamos con una cartografía simbólica que nos ayudará a descubrir significado en las experiencias – tanto de signo “positivo” como “negativo” – que creamos y que atraemos a nuestras vidas.

En ocasiones, lo que se propone el Sí mismo nuclear está bastante claro. Otras veces, las razones de que nos haga pasar por épocas de dolor y de crisis no son tan obvias ni tan directas. Yo no creo que el Sí mismo nos plantee situaciones que nos torturan simplemente porque le divierte ser sádico; no es así como funciona. El propósito del Sí mismo es supervisar y guiar nuestra evolución para que nos despleguemos plenamente; por consiguiente, todo lo que pone en nuestro camino – aún cuando lleve consigo momentos de conmoción, desorientación y traumas – debe tener algo que ver con el proceso de convertirnos, creciendo, en aquello que tenemos que ser.

Nuestro Ser más profundo puede pedirnos que soportemos períodos de dolor y de crisis para así alcanzar ciertas cualidades o rasgos que no llegarían a desarrollarse en nosotros si no nos viéramos frente a esos desafíos. Dicho de otra manera: cuando se lo contempla desde una perspectiva más amplia, la de nuestro despliegue global y nuestro “viaje” individual, el conflicto puede servir a fines creativos y constructivos. Además, si en nuestro crecimiento nos hemos alejado de nosotros mismos, podría ser necesaria cierta dosis de dolor o de conflicto como forma de ayudarnos a recuperar el contacto con la persona que somos realmente, o como manera de volver a llevarnos a nuestro camino, al camino para el que estamos hechos. El dolor es un mensajero que nos dice que las cosas no son como deberían ser. Si durante algún tiempo no hemos sido fieles a nosotros mismos – si hemos descuidado persistentemente las necesidades o verdades fundamentales de nuestra naturaleza – la desarmonía que de ello resulta se refleja en enfermedades, tensión y sufrimiento. No importa que les prestemos atención o no: los síntomas físicos, u otras dificultades vitales, son frecuentemente esfuerzos del Sí mismo por hacernos saber que en alguna parte hay algo que se ha desviado de su camino.

Hay personas que parecen muy felices de vivir o expresar ciertas partes de su carta, en tanto que hacen caso omiso de otras con las que, por la razón que fuere, no se sienten cómodas. En una conferencia sobre el uso de la astrología que dio en la Asociación Astrológica de Gran Bretaña, la astróloga y psicoterapeuta Beata Bishop insistió en las consecuencias de suprimir o negar partes de nuestra carta o de nuestra propia naturaleza. Una de sus clientas era una mujer con el Sol en Leo, la Luna en Aries, Sagitario en el Mediocielo y Ascendente en Piscis. No tenía problemas para vivir sus características de Neptuno y de Piscis, pero no conseguía llegar a un acuerdo con los ardientes anhelos de Aries, Leo y Sagitario, es decir, la parte más extravertida y testaruda de su naturaleza. En la línea de su Ascendente Piscis, continuamente dejaba de lado sus necesidades para dar preferencia a otras personas y centraba su vida en el marido y la familia. Cuando Urano en tránsito por Sagitario entró en conjunción con su Mediocielo, la negación del elemento fuego en su carta se expresó mediante la aparición de síntomas como terribles ataques de pánico, pesadillas y accesos de angustia.

Las deducciones de Beata Bishop sin duda no serán extrañas para cualquiera que haya usado la astrología como instrumento para el counseling: “Me parece que cuando las personas no se parecen a su carta, cuando no expresan en su vida los factores más importantes del tema natal, es fácil que el conflicto que de ello resulte se traduzca en síntomas físicos. La mujer de mi ejemplo pagó un precio relativamente bajo, con sus terrores nocturnos y sus ataques diurnos de pánico, pero las cosas pueden ser mucho peores.”

Los síntomas mentales y físicos de esta mujer le estaban diciendo que había perdido el contacto con buena parte de su verdadera naturaleza. El dolor y la incomodidad resultantes le hicieron buscar ayuda. El Sí mismo no tuvo más remedio que recurrir a esos ardides para comunicarle que ya era hora de hacer algún cambio en su vida. No podemos negar que su incomodidad debe de haber sido grande, pero esa misma incomodidad era lo que ella necesitaba para iniciar un proceso de autocuración.


sábado, 12 de noviembre de 2011

Destino y Self


Fragmentos del Capítulo 10 del libro “Astrología y Destino”, de Liz Greene.


Como dice Jung: “Lo que le sucede a una persona es característico de ella, representa un patrón que hace que todas las piezas concuerden. A medida que discurre la vida, las distintas piezas van colocándose, una tras otra, en su lugar como si siguieran un diseño preestablecido”.

Cuando la vida nos da un golpe duro e inesperado experimentamos el lado oscuro del destino, lo que los griegos llamaban Moira. Cuando la vida parece dirigirnos hacia una meta y nos hace sentirnos agradecidos a la suerte experimentamos el lado luminoso del destino, lo que la Cristiandad llama Providencia.  El primer aspecto, fielmente reflejado por una imagen femenina primordial, parece implacable, despiadado y sin razón o propósito alguno relacionado con el individuo. Moira, después de todo, traza sus fronteras sin favoritismo, porque se trata de fronteras colectivas o universales, no de fronteras personales o individuales. El segundo, aunque pueda también suponer dolor, en última instancia parece benevolente, lleno de sabiduría y especialmente cuidadoso con el individuo. Frecuentemente ambos aspectos del destino son experimentados a la vez, aparecen juntos, como formando parte del mismo todo, en particular en el trabajo analítico, en el sentido de que las restricciones “injustas”, las lesiones y las pérdidas van comprendiéndose gradualmente como manifestaciones de un patrón interno que se mueve hacia un objetivo y que lentamente va ampliando y enriqueciendo la personalidad. Aniela Jaffe expresa esta coincidencia del modo siguiente:  “Básicamente la individuación consiste en el intento necesario y constantemente renovado de fusionar las imágenes internas con la experiencia externa o, dicho de otro modo, es la tarea de haer que el destino actúe sobre nosotros según nuestra propia intención.”

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Una de las definiciones que Jung da del Self es esta: “Como concepto empírico el Self designa todo el rango de los fenómenos psíquicos del hombre. Expresa la unidad de toda la personalidad. Sin embargo, dado su componente inconciente, la personalidad sólo puede ser parcialmente conciente y por ese motivo el concepto de Self es, en parte, sólo potencialmente empírico y no deja de ser más que un postulado.”

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En ocasiones, Jung habla del Self como arquetipo, es decir, como uno de los distintos factores ordenadores o conformadores del inconciente. En este sentido, de la misma manera que Moira es un autorretrato del instinto natural primordial que determina los límites de la vida material y que castiga la transgresión de esos límites, el Self, con su impresionante rango de representaciones simbólicas: diamante, círculo, mandala, piedra filosofal, flor, tesoro, andrógino, anillo de oro, etc., es una imagen de aquel instinto individual que guía la evolución en la dirección de llegar a ser la totalidad significativa, única y singular que potencialmente siempre fue y cuyo desarrollo, aún parcial, supone una o varias vidas. Dicho de otro modo, el Self es un imagen del instinto religioso, ese aspecto del psiquismo que aspira a experimentar la unidad con la divinidad. Cuando Jung habla en este sentido el Self es “el” arquetipo, el Gran Círculo que engloba todos los aspectos del psiquismo y los funde en una totalidad única.

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El siguiente párrafo de The Development of Personality refleja lo que ha sido llamado el punto de vista “místico” de Jung sobre el psiquismo:  “¿Qué es, en definitiva, lo que induce al hombre a seguir su propio camino y a separarse de laidentidad inconsciente con la masa como si de una nube de niebla se tratara?  No es por cierto la necesidad porque la necesidad implica a muchos e inclina a refugiarse en la convención, ni tampoco una decisión moral porque un problema de este tipo se resuelve nueve de cada diez veces por una solución convencional. ¿Qué es entonces lo que inclina inexorablemente a la balanza a favor de lo extraordinario? Es lo que comúnmente se llama vocación, un factor irracional que hace que el hombre se emancipe del rebaño y del camino trillado. La personalidad genuina es siempre una vocación y hay que confiar en ella como en Dios… La vocación opera como una ley divina de la que no se puede escapar… El sujeto debe obedecer su ley como si fuera un daimon susurrándole nuevos y maravillosos senderos. Cualquiera con una vocación escucha la voz de su hombre interno: siente su llamada.

Lo que Jung llama “vocación” o “personalidad genuina” supone para el astrólogo una serie de problemas. Jung describe al Self como “la unidad de la personalidad como un todo” y podríamos considerar a todo el horóscopo, no sólo los signos, los planetas y las casas sino tamabién los aspectos, los equilibrios (o desequilibrios) de elementos y cualidades, las fases lunares, en definitiva todos los detalles que componen el arte de la interpretación horoscópica, como su impronta. El Self es, por consiguiente, la carta completa, natal y progresada, pero sea lo que fuere “lo que indica al hombre a seguir su propio camino” no aparece en el horóscopo. Cualquier astrólogo experimentado se ha topado con personas que lejos de manifestar su historia singular y única de su carta natal no se le parecen en nada sino que parecen copias de personajes de revista o televisión, con ideas, creencias y respuestas que son totalmente colectivas. En esos casos podríamos decir crudamente que no hay nadie en casa, es decir que no hay ningún individuo en casa sino sólo un altavoz que va repitiendo los sistemas de creencias y valores familiares y, a un nivel más amplio, las creencias y valores de la cultura prevalente en la que el individuo vive y trabaja. No hay nada en el horóscopo que pueda decirnos por qué una persona no está expresando su horóscopo, eso sólo puede verse desde fuera. El Self no se agota en la totalidad del horóscopo porque es algo más que el horóscopo.

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La mayoría de nosotros vivimos en un estado de gradual aproximación a nuestra personalidad total, primero nos encontramos con ella como “destino”en el mundo externo y sólo más tarde y en ocasiones tras considerables esfuerzos, la vivimos, también como “destino” como aspectos de nosotros mismos. Para el ojo astrológico uno de los rasgos más interesantes del trabajo analítico es que en la medida en la que el individuo va aumentando su conciencia del Self va manifestando más las tendencias descriptas en su horóscopo. Lejos de “trascender” la carta natal el individuo parece encontrarse más a gusto en ella, individuo y horóscopo empiezan a adecuarse y consecuentemente el individuo parece encontrarse más a gusto consigo mismo, con lo que es. Esto, por supuesto, es algo que tiene lugar sin ningún tipo de consideración del tema astrológico… En particular es el signo solar el que parece aumentar su “resplandor”, como si este punto del horóscopo fuera el “receptor” del Self del individuo pero no podemos responder a la pregunta de por qué ciertos individuos eligen hacer el viaje individual y otros no.

Otro problema que también tiene que ver con la relación entre el Self y el individuo que ya hemos considerado en otras ocasiones es ¿por qué una determinada configuración astrológica se manifiesta en una persona en un nivel y en otra en un nivel completamente diferente?  Hay ciertos aspectos del psiquismo que indudablemente pueden alterarse pero otros no.  El ejemplo siguiente ilustra brevemente este último caso. Cuando consideramos una vida desde una perspectiva amplia parece que los límites dados – sea por Moira, la Providencia o el Self - son precisamente los más adecuados para facilitar el desarrollo del individuo. Es difícil de describir a menos que uno lo haya experimentado pero he oído con frecuencia (y yo misma también lo he sentido así) que no conviene cambiar ningún aspecto del pasado porque había algo que es “adecuado”, algo que conduce al presente e incluso al futuro, algo que incluye tanto los aspectos “malos” y “desgraciados”, los “errores” y las “elecciones equivocadas” como los aspectos “felices” y las “elecciones correctas”. Esta experiencia profundamente subjetiva de “ajuste” no parece estar limitada por el horóscopo, más bien es una experiencia sobre el horóscopo, como si en el caso de haber podido elegir uno hubiera elegido precisamente su carta astral. La carta sin embargo no describe detalles mundanos tan precisos [del tipo de los acontecimientos sincrónicos que hemos visto en el capítulo precedente]. El horóscopo puede reflejar el “ordenamiento” de la vida, pero no un ordenamiento que descienda al detalle concreto. Así pues, una vez más nos encontramos con algunos aspectos del Self que van más allá de la carta natal.

miércoles, 5 de octubre de 2011

El Karma y la Carta Natal


Fragmentos del libro “Astrología, karma y transformación (Las dimensiones interiores del mapa natal)”, de Stephen Arroyo.

La palabra “karma” la usan de tan distintas maneras los ocultistas, astrólogos y los que se interesan por las leyes universales que guían nuestras vidas que, al considerar la relación de la astrología con el karma, primero de todo debemos aclarar el significado del término.

Básicamente, se refiere a la ley universal de causa y efecto, idéntica a la idea bíblica de que “cuanto el hombre siempre, eso también cosechará”. Esta ley es meramente la aplicación más amplia de nuestras ideas terrenas de causa y efecto; es evidente que nadie que plante hortigas podrá esperar que cosechará rosas.

La ley del karma es similar a la ley de la mecánica newtoniana que declara “por cada acción hay una reacción igual y contraria”. La única diferencia entre la ley universal del karma y la ley física mundana de causa  y efecto es el alcance de la existencia que cada una abarca. La ley del karma da por sentado que la vida es una experiencia continua, de ningún modo limitada a una sola encarnación en el mundo material. La ley universal de karma, pues, podrá verse como un modo de lograr  mantener la justicia y el equilibrio universales. De hecho, es una de las leyes de la vida más sencillas y que lo abarcan todo. Es inseparable de lo que algunos llamaron la “ley de la oportunidad”, o sea, una ley universal que a cada uno de nosotros nos pone en las circunstancias que nos proporcionan las lecciones espirituales exactas que necesitamos a fin de llegar a ser de apariencia más divina.

El concepto de karma se basa en el fenómeno de polaridad por el cual el universo mantiene un estado de equilibrio. Esto no equivale a decir un estado de inercia, sino más bien un equilibrio dinámico, en cambio constante. Inherente a este concepto es la premisa de que un “alma” individual (o un “ente” según algunas escuelas de pensamiento) tiene dentro de sí el poder causal que a su tiempo da fruto, da los “efectos”. La facultad que inicia este proceso es la “voluntad”, y a toda la estructura del fenómeno causal se la llama “deseo”. Al “deseo” puede vérselo como la aplicación de la voluntad de modo tal que dirija la energía de esa persona hacia la manifestación de un impulso o una idea.

Toda la idea de karma es, por supuesto, inseparable de la teoría (o la ley) de la reencarnación. Aunque algunos autores consideraron que karma y reencarnación son metáforas o símbolos de un proceso mucho más sutil que lo que patentiza el concepto popular de estos términos, la mayoría que aceptó las enseñanzas de la reencarnación y el karma como una realidad viva se contenta con el significado tradicional e incluso evidente de estas palabras.

Yogananda estaba también íntimamente familiarizado con la astrología y sus comentarios son dignos de consideración: “Un niño nace el día y la hora en que los rayos celestiales están en matemática armonía con su karma individual. Su horóscopo es un retrato desafiante, que revela su pasado inalterable y sus resultados futuros probables. Pero el mapa natal sólo podrán interpretarlo correctamente los hombres de sabiduría intuitiva; éstos son pocos.”

Como lo mostré muy pormenorizadamente en mi libro “Astrología, Psicología y los Cuatro Elementos”, al mapa natal se lo puede considerar como si revelase el modo de energía del individuo que se manifiesta simultáneamente en todos los niveles: físico, mental, emocional e inspiracional, correspondientes a los cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego.

El sinchit karma, o karma de reserva, no se indica en el mapa natal, puesto que no es asignado a esta vida. De modo parecido tampoco se indica el kriyama karma, puesto que nos parece tener algún grado de libertad, por limitada que sea, en la determinación de qué karma crearemos en el presente. De allí que yo no quiera dar la impresión, hablando de “hado”,”destino” y términos similares, de que nada hay que podamos hacer o ser en respuesta a nuestro karma que cambie nuestras vidas de modo positivo. Por el contrario, aunque el mapa natal muestra al karma y por ende las restricciones que nos atan y nos impiden sentirnos libres, el mapa es también una herramiente que nos permite ver con claridad en qué ámbitos de la vida necesitamos trabajar para que transmutemos nuestro modo corriente de expresarnos. Llegamos a ser aquello en lo que la mente mora. En consecuencia, si podemos alterar sutilmente nuestras actitudes y modos de pensar, no sólo teniendo sino también viviendo un ideal, entonces podremos empezar a liberarnos de la esclavitud y a respirar libremente con el ritmo de la vida.

En verdad, como lo recalcara uno de los más grandes astrólogos del siglo XX –Dane Rudhyar-, los acontecimientos no les suceden a las personas de modo tan importante como las personas les suceden a los acontecimientos. Estas siete palabras sintetizan las posibilidades de nuestro desarrollo espiritual y psicológico cuando nos encontramos con nuestro karma, sea agradable o doloroso. En otras palabras, nuestra actitud hacia la experiencia es el factor crucial. Nuestra actitud sola determinará si, al encontrarnos con experiencias difíciles sufriremos o creceremos aprendiendo las lecciones que la vida nos está enseñando.

Por tanto, el mapa natal muestra nuestras pautas mentales, nuestros condicionamientos pasados, las impresiones y pautas mentales a los que Meher Baba hace referencia como sanskaras. El mapa muestra lo que ahora somos debido a lo que hemos pensado y hecho en el pasado. Estas pautas vetustas y profundamente arraigadas no se cambian con facilidad. No es asunto sencillo cambiar poderosas pautas consuetudinarias a través de la mera aplicación de un poco del anticuado “poder de voluntad”. Estas pautas tampoco cambian en esencia glosándolas con la chiflada jerga de algunas psicoterapias o filosofías de la Nueva Era que infatúan a la gente animándola a que afirme: “Me hago cargo de mi vida; yo hago que todo suceda; ahora sé que me estoy haciendo sufrir; etc.”. La evolución espiritual humana es mucho más sutil que eso. El viejo enfoque de tratar nuestros problemas diciéndonos “donde hay voluntad, hay un camino” se derrumba cuando la exigencia es demasiado intensa. Y el intento de racionalizar nuestros conflictos y crisis espirituales de la existencia sólo cerrará el paso de la corriente de energías vitales por poco tiempo, seguido por una liberación torrencial de energía que pone al descubierto totalmente la superficialidad del escapismo pseudo-espiritual. Las pautas kármicas son reales y potentes. Los hábitos no van a desaparecer de la noche a la mañana luego de una breve incentivación verbal para pensar positivamente. A estas fuerzas vitales se las debe aceptar y reconocer, y prestar la debida atención.

Conocimiento personal y realización personal son preludio necesario de la realización de Dios; pero, en las primeras etapas, quien estudia las verdades espirituales o las formas superiores de la astrología se desanima con frecuencia cuando las nuevas intuiciones respecto de su personalidad le revelan tantos consuetudinarios rasgos, emociones y pautas de orden negativo. Es a esta altura del desarrollo del individuo que gran cuidado deberá ejercitar tanto esa persona o cualquiera –astrólogo u otro- que intente aconsejar o guiar al estudiante. Debe explicarse que tal como, al abrir una puerta, una pequeña hendidura y el dejar que un rayo de luz entre en una pieza oscura revelan toda clase de polvillo en el aire y tal vez otra suciedad que antes no se manifestaba en esa habitación, de igual modo cuando se dan los primeros pasos hacia el conocimiento personal, ya sea utilizando el rayo de luz conocido como astrología u otro método iluminador, el estudiante muy a menudo desarrolla rápidamente una actitud negativa hacia su personalidad, su destino, su mapa natal, etc. Debe explicarse además que, a medida que aumenta la intensidad de la luz, el estudiante tomará conciencia más inmediata aún de sus defectos, debilidades y cualidades negativas, pero a tal conocimiento se le ha de dar la bienvenida como índice de un mayor conocimiento personal y un claro avance evolutivo.

Al estudiante se lo debe animar para que use tal intuición como un acicate para que asuma una clara acción constructiva en la transformación positiva de la vida individual, más que como una razón o una excusa por el temor o la ansiedad. Además, podrá señalársele al estudiante que, a medida que aumenta el nivel de conocimiento personal, a menudo el karma  de esa persona empieza a manifestarse en un nivel más sutil, puesto que ahora se ha franqueado para aprender lo que se debe aprender sobre la personalidad y, por ende, ya no hay necesidad de sacudidas o acontecimientos dramáticos para despertar al individuo del sueño de la letargia espiritual. Como lo señala Carl Jung: “La norma psicológica dice que cuando no se toma conciencia de una situación interna, sucede afuera como destino. Es decir, cuando el individuo no toma conciencia de sus contradicciones interiores, el mundo forzosamente deberá representar el conflicto y partirse en mitades opuestas”. (Aion, pág. 71)

Por tanto, parece seguro decir que un compromiso de desarrollo y conocimiento personales no sólo ofrece la promesa de ayudar al individuo a que en el futuro sea un alma más íntegra, feliz e iluminada, sino también que tal paso empieza a menudo a aliviar mucho sufrimiento en el presente, una vez que la confusión y el desánimo iniciales fueron vencidos.

Así podemos ver que todos tenemos ciertas influencias kármicas que debemos encontrar: todos deberemos cosechar los frutos de lo que hemos sembrado. La astrología, proveyéndonos un mapa de nuestros apegos, problemas, talentos y tendencias mentales, nos ofrece un modo –un paso inicial- no sólo de comprensión de lo que es exactamente nuestro karma en un sentido específico, y de ayuda para que trabajemos con estas confrontaciones dentro y fuera, sino también un modo de empezar a elevarnos por encima y obtener una perspectiva de este karma.

En consecuencia, el mapa natal muestra el pasado uso creativo o el mal uso de nuestros poderes. Si aceptamos la idea del poder de la mente y la voluntad del individuo, entonces deberemos aceptar también que somos responsables de nuestro hado, nuestro destino y nuestros problemas como aparecen en el mapa natal. En un sentido importante, podríamos entonces decir incluso que el mapa natal no muestra sino el karma. En el mapa puede, pues, suponerse que todo brota directamente de nuestras acciones, logros y deseos pasados. Aunque a Saturno  se lo llamó el “planeta del karma”en muchos escritos, esta es una simplificación excesiva. Realmente a la astrología se la podría llamar legítimamente “ciencia del karma”, o sea, un modo de comprender y aceptar nuestras responsabilidades de modo preciso.

En la interpretación de los mapas natales, casi todos los factores pueden considerarse como kármicos o como poseedores de implicancias kármicas. Sin embargo, hay algunos factores astrológicos específicos a los que se debería prestar especial atención en esta clase de investigación.

En tal sentido, para comenzar nos ocuparemos de la Luna.

En la presente vida, la personalidad se construye sobre las bases del pasado. Tal como la cuarta casa está en el fondo mismo del mapa natal, constituyendo la base sobre la que construímos nuestra personalidad operacional íntegra, de igual modo la Luna –que tradicionalmente “gobierna” a Cancer y la cuarta casa que participa del principio análogo- representa nuestros sentimientos raigales acerca de nosotros mismos. El principio de la Luna es similar a lo que muchos psicólogos llaman la “imagen personal”, aunque el sentido del yo representado por la Luna no es tanto una imagen consciente y visual como subliminal, habitualmente una indicación más bien vaga de lo que realmente somos.

Los astrólogos asociaron tradicionalmente a la Luna con el pasado, ya sea meramente el pasado durante esta vida, y conectado con los condicionamientos de la infancia y relaciones con los padres (especialmente la madre), o correlacionado con una comprensión más vasta del pasado en el contexto de la teoría reencarnacionista.

En muchos escritos astrológicos se ha expresado que, mientras la Luna muestra el pasado, el Sol muestra la orientación presente y el Ascendente señala el desarrollo futuro. Sin duda, hay un razonamiento sensato detrás de estos paralelismos y –en un nivel abstracto- son probablemente muy exactos en la mayoría de los casos. Sin embargo, en el presente todo llega junto; lo que hemos sido continúa influyendo en nuestras orientaciones, actitudes y acciones en el ahora. El hecho de cómo nos sentimos respecto a nosotros mismos y qué pautas de expresión sobrevienen más naturalmente y las sentimos más cómodas (la Luna), tienen gran impacto sobre nuestro modo presente de vivir.

Tal como la Luna refleja, en nuestro sistema solar, a la luz solar hacia la tierra, y concentra así la fuerza de vida hacia objetivos prácticos (simbolizados por la Tierra), de igual modo la Luna en astrología representa un reflejo general de lo que hemos sido en el pasado. Es una imagen de experiencia pasada y pautas de conducta asimiladas con las que ahora nos sentimos cómodos porque son familiares y porque –de hecho- hemos ejemplificado esas cualidades en nuestro mismo ser.

En otras palabras, la Luna simboliza –especialmente según la posición de su signo- pautas kármicas específicas, mentales y emocionales, que nos inhiben o nos ayudan en nuestros intentos de expresarnos y ajustarnos al mundo externo. Si los aspectos con la Luna son armónicos, revelan pasados condicionamientos y pautas de reacción espontánea que podrán ayudar a la persona a que se ajuste a la vida y a la sociedad como también a que exprese su yo. Si los aspectos de la Luna están tensionados, simbolizando así ineptitud para ajustarse con facilidad a la vida y/o una imagen personal negativa, estas predisposiciones emocionales deberán superarse. Es importante notar que la Luna simboliza tal reacción espontánea y tales pautas de conducta que estas orientaciones son primordialmente evidentes en la niñez, cuando nuestra conducta es más bien pura y desinhibida. De allí que el signo lunar y los aspectos sean muy inmediatamente eficaces en la primera parte de nuestra vida. A medida que envejecemos, es posible que superemos algunas antiguas pautas emocionales, incluso a punto tal que los bloqueos emocionales que muestre el mapa a través de aspectos lunares ya no tenga significados importantes.

No estoy diciendo que el signo de la Luna cese de ser importante, pues simbolizará siempre un tono dominante en el modo fundamental de ser de la persona. Pero lo que recalco es que los problemas y conflictos asociados con los aspectos de la Luna y con la expresión de las cualidades de ese modo simbolizadas pueden ser superados casi totalmente, o por lo menos ajustarse de manera saludable.

Puesto que la Luna es un símbolo tan complejo y puesto que sus significados son tantos y diversos, el modo más apropiado de explicarlos más es presentar un esbozo esquemático:

1) La Luna simboliza la imagen de uno mismo que una persona ve reflejada en sus tratos con el público. De allí que una Luna tensionadamente aspectada pueda mostrar ineptitud para proyectarse armónicamente a fin de que otras personas respondan de manera positiva. Una Luna aspectada armónicamente muestra, a menudo, que podemos expresarnos armónicamente al tratar al público y que tenemos buen sentido respecto de lo que al público le gusta. (En otras palabras, cuando respondemos intuitivamente a los demás con exactitud, ellos a su vez responden de modo positivo). Por tanto, los aspectos armónicos de la Luna muestran áreas en las que podemos proyectarnos con facilidad a fin de obtener una buena retroalimentación.

2) Una Luna tensionadamente aspectada muestra, a menudo, una imagen personal marcadamente inexacta, pues cómo la persona sienta acerca de sí misma basada en pautas pasadas e identidad pasada tal vez no sea una descripción exacta de la naturaleza verdadera de esa persona en el presente. Esta inexactitud de la imagen personal se refleja, a menudo, en conductas como éstas: tomar las cosas equivocadamente, ser extremadamente sensible, reaccionar en demasía ante bagatelas, vestir de manera que no se adapte a la naturaleza interior y a la verdadera personalidad, estar demasiado a la defensiva.

3) La posición de la casa de la Luna natal muestra el área de actividad de vida en que necesitamos obtener retroalimentación, donde podremos llegar a vernos más objetivamente y donde podremos armonizarnos en un sentido del yo que pueda proporcionarnos tranquilidad interior.

4) El signo de la Luna muestra cómo nos defendemos instintivamente. Por ejemplo, la Luna en fuego reacciona con ira; la Luna en aire, con racionalización,disputas o discusión; la Luna en agua, con retiro o eclosiones emocionales; la Luna en tierra, con aguante.

5) El Signo de la Luna simboliza también un modode expresión que llega naturalmente y un modo de conducta en el que nos sentimos seguros; pues el signo de la Luna muestra una vieja pauta de vida que habitualmente es medianamente cómoda (a menos que los aspectos estén demasiado tensionados).

6) Puesto que la Luna representa fuerte deseo de expresar un modo de ser que es parte natural e íntima de uno mismo, el signo de la Luna muestra también lo que necesitamos expresar a fin de sentirnos bien con nosotros mismos. Como lo expresa Grant Lewi, la Luna muestra el “deseo del corazón”. Los aspectos con la Luna muestran sencillamente con cuánta facilidad podremos expresar este modo de ser y con cuánta facilidad podremos alcanzar esta sensación de bienestar.

7) El signo de la Luna simboliza la aplicación práctica de la energía y la finalidad solares. He aquí porqué un trígono, un sextil o, hasta cierto punto, una conjunción Sol-Luna (lo mismo que tener sencillamente el Sol y la Luna en elementos compatibles) es un aspecto tan estabilizador y potencialmente creativo; pues en estos casos,  la energía solar podrá expresarse fácilmente de modo práctico.

Por todo lo anterior, debe quedar en claro cuán importante son el signo, la casa y los aspectos de la Luna en toda consideración de las revelaciones kármicas del mapa. Probablemente, en el mapa natal no haya otro factor que pueda relacionarse tan inmediatamente con las pasadas experiencias y pautas consuetudinarias. Debemos tener cuidado de no simplificar demás la asociación de la Luna con las vidas pasadas a punto tal de formular declaraciones como ésta: “Bueno, usted tiene la Luna en Leo, de modo que en una vida pasada debió haber sido un actor”. Tales interpretaciones pueden ser ocasionalmente válidas, pero habitualmente no tienen una finalidad constructiva y pueden dar al cliente la impresión de que el astrólogo está tratando sencillamente de impresionar con expresiones sensacionalistas, deducción ésta que tal vez sea muy precisa.

Lo importante en que hay que detenerse es la necesidad que la Luna simboliza en esta vida, y el enfoque más constructivo para interpretar mapas desde el punto de vista kármico es aclarar las motivaciones y las presiones más profundas que la persona sienta pero que no tiene modo de identificar o poner en una perspectiva más vasta.

Al concluir, podemos decir que cada uno de nosotros tiene la oportunidad de armonizar dentro de sí mismo las diversas manifestaciones del universo; y tenemos la oportunidad de aceptar a todos los demás seres humanos, incluso aquellos con los que pulsamos una nota discordante en el nivel de la personalidad.

¿Podemos vivir sin exigir que todas las experiencias y todos los seres humanos armonicen con nuestra sintonía? ¿Podemos hacer evolucionar una conciencia madura y desapegada que nos permita observarnos mientras representamos el papel que nos correspondió en el drama cósmico? ¿Podemos reírnos de nuestra complejidad, de nuestros conflictos y de nuestras incoherencias? Lo que es importantísimo: ¿podemos tener fe de que el universo es armónico y que sólo es nuestra visión estrecha la que ve discordancia?

Las respuestas a estas preguntas determinarán, en gran medida, cómo enfrentamos nuestro karma en esta vida y qué clase de karma estamos creando ahora.


domingo, 11 de septiembre de 2011

El Astrólogo y la Consultoría


Es un fragmento del libro “Astrología, Karma y Transformación”, de Stephen Arroyo.

Recientemente se aclararon en mi mente muchos problemas, y esta creciente clarificación me conduce a una perspectiva nueva y más sana en mi trabajo, mi sentido de la finalidad y mi motivación, y la práctica de la astrología y la asesoría en general.

Hace muchos años, cuando yo acababa de empezar a estudiar astrología, yo creía que tenía que trabajar con la gente con alguna disposición íntima, pero no tenía idea de qué forma iba a tomar. Yo sabía que la astrología podía ser una herramienta valiosa en casi toda clase de trabajo con la gente, pero yo no deseaba que me conocieran como “astrólogo”. De hecho, me resistí a aceptar ese rótulo durante muchos años y, de alguna manera, todavía lo hago. Aunque en la actualidad, tras ganarme la vida exclusivamente mediante actividades asociadas con la astrología durante muchos años, estoy acostumbrado a que públicamente me conozcan como “astrólogo” – y en realidad he llegado a sentirme bien cómodo (o al menos me resigné) con ese rótulo – todavía insisto en que mi función principal en los diálogos de persona a persona es la de consejero o consultor; y ocurre que sólo uso la astrología como herramienta primordial de ese trabajo. Con muchos planetas en la casa 7 de mi mapa natal, el consejo de persona a persona llega con facilidad, naturalmente, y ha sido una parte muy vitalizadora de mi vida lo mismo que una profunda experiencia de aprendizaje. Y todo el tiempo veo más que, aunque no me hubiera familiarizado con la astrología, no obstante yo estaría tratándome con muchas personas de un modo inmediato y personal. Estos pensamientos surgieron en mí recientemente del conocimiento cada vez más claro de que no es la astrología lo que importa tanto como el astrólogo. La práctica de la astrología es un arte individualizado, y el “astrólogo” es, en primerísimo lugar, un ser humano a quien los demás, por varias razones, buscan en procura de ayuda, guía o esclarecimiento. Ya volveré a esta línea de pensamiento, pero primero tal vez sea de utilidad para algunos estudiantes de astrología mencionar suscintamente el proceso que yo atravesé en mi búsqueda de una estructura significativa de trabajo y un enfoque importante de la astrología y la asesoría en general.

Puesto que, como mencioné, no deseaba que me conocieran como “astrólogo”, con todas las connotaciones irrealistas, despreciativas o infladas que ese término tiene para muchas personas, yo pensaba muy naturalmente doctorarme en psicología, ser un “psicólogo” y – teniendo de esa manera confirmada mi identidad en la sociedad y labrado un seguro resguardo – de allí en más realizar la clase de asesoría y terapia que yo quería, con o sin la ayuda de la astrología. De ahí que me inicié en la Facultad de Psicología con la idea de que continuaría hasta doctorarme. Pronto resultó evidente, sin embargo,  que hasta los profesores “liberales” y de “mente abierta” con quienes me trataba no podían manejar la idea total de la astrología y todas sus ramificaciones últimas. Se ponían algo nerviosos cuando les hablaba de ella, y estaba claro que sufrían una especie de indigestión mental y emocional cuando enfrentaban la necesidad de asimilar una idea tan extraña para su modo habitual de pensar. La causa principal de tal indigestión creo que es sencillamente la rigidez del ego que se construye cuando nuestra vida se basa en el supuesto no examinado de que estamos controlando todos los aspectos de nuestro destino.

Para abreviar esta larga historia, el programa de Maestro en Artes lo concluí solamente con increíble persistencia y utilizando todas mis facultades de persuación (cuando el Sol progresado estaba en cuadratura con Saturno natal), y con la ayuda de un profesor algo simpático (un triple Cancer!). Luego me resigné a la fuerte probabilidad de que ningún programa de doctorado del país encuadraría en mi naturaleza más bien rebelde y cuestionadora. También advertí que, de todas las “teorías de la personalidad”, las técnicas terapeúticas y los estudios experimentales tratados en los círculos de la psicología académica, tal vez sólo el diez por ciento de ellos tenían relevancia alguna para lo que yo percibía como la vida real. Esto no equivale a decir que los astrólogos no estudien este diez por ciento; de hecho, creo que no sólo deben estudiarlo sino que también es probable que sean muy pobres consejeros si no lo hacen. Personalmente, he oído decir a muchos astrólogos cosas como éstas: “Bueno, ¿no cree usted que la astrología incluye a toda la psicología?” Por supuesto, la astrología, puesto que es un vasto lenguaje simbólico de la vida, en última instancia tiene las herramientas para simbolizar todas las fases de la experiencia psicológica. Pero la implicancia de afirmaciones o preguntas como la antedicha es: puesto que la astrología es tan grande ¿no sería más fácil ignorar esta molestia llamada psicología? Es como decir que preferimos el cristianismo al hinduismo. Después de todo, ambos supuestamente tratan sobre Dios ¿no es así? Tales afirmaciones se basan en la inferencia de que la astrología es una creencia como la religión. Simplemente escogemos una y rechazamos las otras. Esta actitud ignora el hecho de que la astrología y la psicología son simplemente enfoques diferentes de la vida, para entender el funcionamiento interno del individuo. Pueden contribuir muchísimo entre sí y la labor de muchos de los astrólogos más innovadores y precursores demuestra el valor de esta combinación dinámica de las dos disciplinas.

Yo sería el primero en admitir que muchas teorías psicológicas y muchos sistemas terapéuticos se basan en suposiciones que no son ciertas o incluso más bien ridículamente limitadas. Muy a menudo reflejan la particular parcialidad del teórico que las desarrolló y –si compartimos esa parcialidad, ese enfoque de la vida – tal vez descubramos que las ideas de esa persona son compatibles con las nuestras. Mucha teoría psicológica no se basa en una verdad cósmica sino más bien en la proyección  de nuestras inadecuaciones y verdades a medias. Esto es inevitable cuando cualquier persona intenta idear una teoría o un sistema para describir o explicar el funcionamiento humano, si esa persona no tiene una perspectiva universal sobre la que base sus conceptos. De ahí que, aunque creo que muchos astrólogos podrían beneficiarse con más sofisticación psicológica y con una familiarización con ciertas teorías psicológicas, no debería permitirse que ocurra la idealización de la psicología. Los psicólogos como grupo andan tropezando en la oscuridad más que los astrólogos. En la mayoría de los casos, el mapa natal puede iluminar los hechos de la experiencia pero no las causas últimas, y las teorías psicológicas raras veces revelan tampoco las causas últimas. Pues cuando llega a lo último, cuando llega a responder el más profundo porqué del cliente, ése es el momento en el que la práctica de la astrología se convierte en un arte consultivo, el momento en el que las suposiciones o creencias particulares, religiosas, espirituales y filosóficas del astrólogo tienen su impacto. Y cuando más comprenda el profesional este hecho, más podrá asumir la responsabilidad plena por la calidad del trabajo, y más podrá empezar a franquearse a un conocimiento inmediato de una finalidad mayor en actividad.

Mi actitud hacia mi trabajo es, en la actualidad, difícil de expresar. No me identifico con el término “psicólogo” y tampoco con el rótulo de “astrólogo”. Mi trabajo con los clientes lo veo como el de consejero, alguien que indica a los demás la dirección en que verán los significados más profundos de su experiencia vital, una función que creo debería ser una de las primordiales finalidades del trabajo de cualquier astrólogo. Veo a la astrología como una herramienta increíblemente valiosa e inspiradora de reverencia para ayudarnos a vivir la vida y entenderla más plenamente, pero para mí no es una religión ni siquiera un modo de vida. Es un arte individualizado y, tal como nuestro uso de la astrología puede ayudar a los demás a que perciban con aguzada claridad su singularidad individual, sus habilidades creativas y sus posibilidades de crecimiento, de igual modo podrá ayudar al profesional a que descubra en sí mismo esa esencia de la finalidad creativa que inevitablemente trasciende todos los rótulos o pretenciones profesionales. En otras palabras, creo que quienquiera que descubra que su finalidad creadora le compele a la práctica de la astrología como profesión, debería comprender que tiene el privilegio de servir de guía a los demás que luchan por encontrar su camino en medio de las tormentas, torbellinos y naufragios de la vida en el plano material. Muy poco importa qué rótulo se use. Podrían llamarnos psicólogos, astrólogos, consejeros, consultores, guías, amigos, buenos vecinos o servidores. Lo que importa es la calidad del trabajo, la calidad de la conciencia que penetra y es de esperar que ilumine nuestros encuentros personales y en profundidad con los demás.

De modo que ahora, cuando mis estudiantes me preguntan cómo hacer para convertirse en astrólogos profesionales, si hay escuelas a las cuales asistir, cursos que seguir, organizaciones que integrar, o pruebas que aprobar, les digo: lo que importa son ustedes! No es la astrología misma, aislada de ustedes. No han de convertirse en computadoras llenas de datos ininteligibles y miles de informaciones. Ciertamente deben aprender lo básico, familiarizarse con las diversas ramas de la astrología y las distintas escuelas de pensamiento que tratan sobre diferentes enfoques y métodos interpretativos. Pero todo eso es simplemente un antecedente, un cimiento sobre el que construyan sus personalidades, su trabajo, su estructura esencial a través de la cual pueda correr su energía personal creadora. Realizando este trabajo, aprenden a hacer la labor que les piden. Siendo lo que son, llegan a ser  lo que son. No hay un momento mágico en el que todas las mediciones mágicas caen en el sitio justo y confirman que ustedes son designados ahora astrólogos vivos y reales. Si han de ganarse la vida aconsejando a los demás, los demás acudirán a ustedes porque ustedes son lo que son más que simplemente porque saben lo que saben. Como dijera Jung, es la personalidad del “médico” la que tiene o no efecto curativo. El “sistema” que ustedes usen resulta irrelevante en última instancia, pues lo que resulta importante es el hecho de que estén usando su sistema personal, nacido de su propia experiencia. Ustedes son el sistema, el canal a través del cual corre la conciencia.

Mi experiencia y mis más recientes percepciones me impulsan a decir que la astrología debe verse y usarse como parte de asesoramiento, no como algo autocontenido y aislado de los diálogos íntimos del profesional auxiliador. La astrología, a menos que se aplique a una persona específica y a una situación específica, no puede usarse en su potencial pleno. De hecho, creo que muchos astrólogos (y todo astrólogo profesional experimentó esto en alguna medida, ya sea que reconociera o no lo que sucedió) pierden la perspectiva de lo que están haciendo y de cuál es la finalidad esencial al absorberse demasiado en las minucias astrológicas, en los juegos mentales y en interminables tecnicismos matematicos o “esotéricos”. Es difícil tener presente todo el tiempo una infinidad de pormenores y hechos aparentemente inconexos que tratan sobre el efecto y las implicancias últimos de nuestras afirmaciones. Lo grande del trabajo de Dane Rudhyar es que sigue recordándonos la finalidad mayor de la labor astrológica y la totalidad de la persona individual. Pero con demasiada frecuencia decimos “Esa es una gran idea!” y luego seguimos olvidándonos de vivir, en nuestro trabajo, ese conocimiento. Las personas son criaturas de hábito, y a menos que el astrólogo se examine continuamente y continuamente redefina y aclare la finalidad de su trabajo, es casi inevitable que caerá en algún hábito rutinario que, a su tiempo, le inhibirá de mantener la apertura requerida para una labor consultora incisiva y útil.

Esta apertura es tan necesaria porque creo que el astrólogo sirve de canal de una dimensión de orden, conocimiento e intuición que es normalmente inaccesible para los otros consejeros.  A través de las lentes del mapa natal, el astrólogo puede aprender a enfocar su conciencia de tal modo que empieza a conocer cosas, o al menos percibir la posibilidad de cosas que no puede calcular lógicamente, no importa cuántas fórmulas matemáticas use. Cuando el profesional continúa usando la astrología diligente y profundamente durante una cantidad de años, descubre que la intuición puede aguzarse, la sensibilidad psíquica puede acrecentarse y su sentido del asombro puede exceder todas las fronteras. En un sentido, el consejero astrológico cumple, a menudo, las funciones de medium, antena que se proyecta hacia el cosmos, sintonizando con las dimensiones de la experiencia para las que, con frecuencia, no hay términos psicológicos apropiados o a veces ni siquiera explicaciones lógicas. De ahí que tengan gran efecto los ideales, valores, propósitos, motivaciones y, en general, la pureza del canal. Más que por cualquier otra razón, es por esto que la práctica de la astrología, en su mejor expresión, es un arte completamente individualizado que jamás puede volverse computado, dogmatizado o tal vez sorprendentemente enseñado del modo con que se enseñan otros “temas.”

La astrología que se usa del modo antes mencionado sirve pues al profesional como un método de depuración y evolución personales, como un medio para desarrollar los poderes y las facultades interiores que yacen dormidos en la mayoría de los seres humanos. ¿Pero cómo empezamos a lograr esta sintonía con otras dimensiones (simbolizadas en el mapa natal del astrólogo por un fuerte acento en los planetas trans-saturninos)? La respuesta creo que es la apertura (que necesariamente excluye demasiada infatuación o arrogancia) combinada con una práctica cabal y continua. Debemos mantener la sintonía mediante uso constante de las facultades en desarrollo, pues si fuéramos a “hacer un mapa” sólo una vez por mes más o menos, se habría perdido todo el ímpetu del crecimiento de estas facultades nuevas. De ahí que cuando mis estudiantes que quieren ser “astrólogos profesionales” me expresan este deseo, a menudo les pregunto cuántos mapas están haciendo por semana. ¿Simplemente están leyendo libros, o empezando a aplicar las teorías de modo inmediato, comprobándolo todo y asimilando los significados esenciales de los factores astrológicos mediante experiencia personal? Si me dicen que están haciendo dos mapas por semana, les pido que hagan tres o cuatro. Sólo mediante práctica constante, y en profundidas, un arte tan trascendente y exigente como la práctica de la astrología puede tornarse cabalmente accesible y prácticamente útil.

Nada se consigue con facilidad. Es muy difícil que un astrólogo de fines de semana se sintonice bastante y obtenga suficiente experiencia para realizar un trabajo de elevada calidad. Por ejemplo, si estamos enfermos, ¿querríamos acudir a un médico que sólo practica la medicina en su tiempo libre? No quiero ser demasiado dogmático en esta cuestión, pero me parece claro que, a fin de lograr el nivel más elevado de práctica astrológica, debemos tener mucha experiencia práctica que nos proporcione los antecedentes y la amplitud necesarios para alcanzar una perspectiva exacta de las situaciones de los clientes individuales. Si sólo hemos efectuado una docena de mapas en nuestra vida, y todos ellos son de amigos o parientes, en realidad, tenemos muy poca experiencia que extraer. De ahí que, si por ejemplo alguien nos pregunta qué esperar cuando Urano transite el Descendente y la única experiencia que tenemos con ese factor es haber visto que tía María se divorció de tío Guillermo, tal vez recalquemos con facilidad la posibilidad de divorcio como la manifestación probable de ese período, ignorando el hecho de que un cambio revolucionario de actitud respecto a la pareja puede ser buena para el matrimonio de esa persona. De modo parecido, es fácil para los astrólogos caer en el hábito de esperar la manifestación más sensacional, problemática o traumática de cualquier configuración astrológica. Esta predisposición hacia una actitud negativa surge porque el consejero astrológico –como otros en las profesiones auxiliares- se enfrenta naturalmente con el lado problemático de las cosas. Los clientes de la mayoría de los astrólogos quieren una consulta porque piensan que existe un problema, una decisión difícil de tomar, o un sentimiento de descontento o ansiedad que quieren aclarar. Pero ¿qué ocurre con todos esos otros millones de personas que nunca piden ayuda, que jamás conciertan una cita con persona alguna de las profesiones auxiliares? Con seguridad, ellas también tienen sus altibajos, sus crisis y conflictos. Y con seguridad atraviesan períodos de los tránsitos y las progresiones de los cuatro planetas exteriores que a menudo se dice que son “difíciles”. ¿Qué experimentan durante estos ciclos? Creo que el astrólogo concienzudo necesita realizar un esfuerzo activo para buscar otras personas que los clientes, hacer sus mapas y establecer un diálogo con ellas a fin de comprobar qué otras manifestaciones posibles de estos períodos de “crisis” puede haber y a fin de interrogarlas en cuanto a su experiencia personal durante estos importantes períodos de cambio. En las profesiones auxiliares cualquiera puede desarrollar con facilidad un criterio más bien desequilibrado respecto de los demás si no tiene el cuidado de mantener un equilibrio entre sus tratos con los que tienen problemas evidentes y amistades bastante normales que están totalmente separadas de su trabajo.

Creo apropiado mencionar una cita que me llegó hoy por correo, como parte de una carta de un corresponsal lejano. Ciertamente, se podría considerar un fenómeno sincrónico que, mientras escribía este capítulo, llegó la carta con la cita del siguiente fragmento:  El consejo es tan efectivo como la vida que efectivamente lleva el terapeuta… Si el consejo no es un modo de vida, entonces es un juego de técnicas.

Pienso que, de modo parecido, podríamos decir que la práctica de la astrología como un arte de persona a persona es sólo tan efectiva como la vida que efectivamente lleva el astrólogo y que, si nuestra práctica astrológica no se integra con nuestro modo de vida, entonces se convierte meramente en un juego de “técnicas”, técnicas que, aunque quizás curiosas y divertidas, son, en última instancia, sin sentido.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Orientaciones para Interpretar el Sol y la Luna

Texto perteneciente al libro "Los Luminares" (Seminarios de Astrología Psicológica), de Liz Greene y Howard Sasportas.

EL SOL

Por Signo

1) El signo en el que está el Sol muestra el camino que es preciso tomar para cultivar un yo y un sentimiento de invidualidad sanos. Al desarrollar las características constructivas de nuestro signo solar, nos sentimos más completos y realizados. Necesitamos tener un lugar en nuestra vida donde podamos expresar e irradiar las cualidades de nuestro signo solar (quizás a través de una vocación o profesión).

2) El signo solar es un símbolo de aquello por lo cual es necesario luchar (conscientemente) y que es preciso alcanzar, no de lo que simplemente surge de forma instintiva.

3) El signo solar también matiza la imagen que tenemos del padre y del animus.

Por Casa

1) La casa del Sol (y la que contenga a Leo o lo tenga en la cúspide) designa un área de la vida en la que necesitamos alcanzar logros y distinguirnos de alguna manera, sobresalir o sentirnos especiales. Al dedicarnos a las actividades asociadas con esa casa, nos formaremos un sentimiento más claro de quiénes somos, de nuestro yo y nuestra identidad. (Es en ese ámbito de la vida donde nos separamos de la madre arquetípica y definimos mejor nuestra condición de seres independientes).

2) La vida  puede ser una lucha en la casa del Sol. Tenemos que librar batallas con los dragones que nos retienen o que obstruyen nuestro crecimiento y nuestro desarrollo en la esfera de la experiencia asociada con la casa del Sol. Con frecuencia sentimos que este es un dominio en el que podríamos hacer más de lo que ya hemos hecho y mejor.

3) En la casa del Sol pueden aparecer los problemas con el padre o con el animus.

4) La casa del Sol podría dar pistas sobre una vocación o profesión.

Los Aspectos del Sol

1) Cualquier planeta que esté en aspecto con el Sol representa una energía o un arquetipo que se vincula (constructivamente o no) con la evolución de la individualidad, la identidad y la autoexpresión. Es necesario encontrar maneras constructivas de expresar e incluir esta energía en la vida (tal vez mediante una vocación o profesión que implique a este planeta). Por ejemplo, alguien con el Sol en aspecto con Neptuno tiene que encontrarse de alguna forma  con este planeta como parte del proceso de individuación; también podría dar expresión a Neptuno mediante una carrera "neptuniana", orientada quizás hacia la sanación, la música o las artes.

2) Es probable que nos enfrentemos con los aspectos del Sol por mediación de otras personas importantes en nuestra vida (especialmente en el caso de la oposición). Por ejemplo, alguien con el Sol en oposición con Saturno puede sentir que los demás lo limitan o lo bloquean. En última instancia, tenemos que reconocer e integrar las características que habitualmente proyectamos en los demás.

3) Los problemas relacionados con el padre y con el animus se verán matizados por la naturaleza de cualquier planeta que esté en aspecto con el Sol.

LA LUNA

Por Signo

1) El signo lunar dice algo sobre nuestra manera de experimentar o de ver a nuestra madre, y también sobre cómo somos como padre o madre; sobre la forma en que alimentamos psicológicamente a los demás y sobre cómo nos gusta que nos alimenten. Describe la imagen del anima o de lo femenino.

2) El signo lunar define nuestra naturaleza sentimental, la forma en que respondemos o reaccionamos instintivamente ante los acontecimientos y el entorno. Siempre que la Luna no esté demasiado inhibida por otros aspectos (o por un fuerte condicionamiento cultural adverso), respondemos de forma natural a la vida de acuerdo con su signo.

3) El signo lunar muestra con frecuencia una manera de ser que nos da consuelo y seguridad. También nos indica dónde nos refugiamos cuando necesitamos un descanso, una pausa o un santuario. Y puede describir algo sobre nuestra vida doméstica.

Por Casa

1) La casa de la Luna nos indica dónde somos sensibles y estamos atentos a las necesidades de los demás, pero también dónde nos dejamos influir fácilmente por ellos; dónde reflejamos a los otros y dónde tendemos a fundirnos con lo que nos rodea.

2) La casa de la Luna nos indica dónde somos fáciles de moldear y de configurar por el hábito y el condicionamiento. Nuestra vivencia de la madre estará en alguna medida vinculada con esa casa, que es también donde podemos estar limitados por las ideas, las expectativas, los valores y las normas de nuestra familia o de nuestra cultura. Es ahí donde actuamos de manera regresiva, arrastrados hacia el pasado, donde podemos ser infantiles o apegados.

3) Si anhelamos la esfera de la vida que se asocia con la casa de la Luna es porque nos hace sentir seguros y cómodos o porque nos da un sentimiento de pertenencia. Esta casa es el lugar donde nos refugiamos cuando necesitamos un descanso o un santuario.

4) La esfera de la vida asociada con la casa de la Luna es donde experimentamos altibajos, muchos estados anímicos diferentes y fluctuaciones del comportamiento.

Los Aspectos de la Luna

1) Los aspectos de la Luna matizan la imagen del anima y lo que hemos vivido por mediación de nuestra madre o cuidadora. Por ejemplo, ¿encontramos a Júpiter o a Saturno a través de la Luna (es decir, a través de las mujeres o la madre)? ¿Reconocemos nuestra imagen del anima o la proyectamos?

2) En general, los planetas que están en aspecto con la Luna indican los condicionamientos de la niñez y definen nuestra naturaleza sentimental. ¿Somos abiertos, cerrados, estamos a la defensiva? Nuestras reacciones, ¿son rápidas o lentas? La naturaleza de un planeta que esté en aspecto con la Luna describe nuestras respuestas instintivas a la vida y también lo que tendemos a encontrar en la esfera emocional. Los aspectos lunares también darán su matiz a la forma en que cuidamos de los demás y los atendemos como también a la forma en que nos gusta que hagan esto mismo por nosotros.

3) Los aspectos de la Luna describen algo sobre nuestra vida doméstica.

4) Los planetas que están en aspecto con la Luna pueden manifestarse a través del cuerpo y de nuestra manera de movernos. En particular, los aspectos lunares definen la relación que tiene una mujer con su propio cuerpo.

domingo, 10 de julio de 2011

Los Luminares

Hoy comparto con ustedes la Introducción del libro "Los Luminares" (Seminarios de Astrología Psicológica), de Liz Greene y Howard Sasportas, cuya lectura recomiendo de modo especial.


La palabra luminary, de acuerdo con el Chambers Twentieth Century Dictionary, significa, simplemente, "fuente de luz". Describe también a "alguien que ilustra cualquier materia e instruye a la humanidad". Así, en el mundo de la literatura o del teatro, un luminar es alguien de gran talento - un actor como Lawrence Olivier o un escritor como Thomas Mann - que mediante su excelencia define la norma a la que todos aspiramos. Un luminar es alguien que sirve de ejemplo, encarnando lo mejor que se puede lograr.

En una astrología más temprana y más poética, al Sol y la Luna se los llamaba los Luminares o, alternativamente, las Luces. Cabe preguntarse qué son estos luminares, estos "instructores" ejemplares que llevamos dentro y que definen, cada uno en su dominio, la norma interna a la que aspiramos como individuos. En el pasado, la astrología interpretó los emplazamientos planetarios como una especie de dato inamovible, como la forma en que estamos hechos. Del Sol y de la Luna se dice, por lo tanto, que representan las características esenciales que definen de forma irrevocable la personalidad individual. Pero cualquier factor astrológico es también un proceso, porque cuando se lo ve a través de la lente de la penetración psicológica, el ser humano no es algo estático, sino que se mueve a lo largo de la vida en un proceso interminable de cambio y evolución.  Un emplazamiento astrológico describe una flecha que apunta hacia alguna parte, una energía creativa que gradualmente recubre de carne los huesos pelados de la pauta arquetípica, un movimiento inteligente que, con el tiempo, va llenando los austeros bocetos en blanco y negro del mito esencial de la vida con los colores sutiles de la experiencia y de la opción individual. Los luminares son, en el horóscopo, auténticos instructores, que reflejan lo que podríamos llegar a ser un día, presentando de forma simbólica lo mejor que podemos lograr.

Los seres humanos nacemos sin terminar. Comparados con otras especies animales, llegamos prematuramente al mundo, y durante muchos años dependemos de otras personas que puedan asegurarnos la supervivencia física y psicológica. Recién salido del huevo, el pequeño cocodrilo tiene dientes capaces de morder, un cuerpo totalmente coordinado que puede correr y nadar, y un desinhibido instinto agresivo que le permite buscarse la vida y lo protege de otros depredadores. Pero nosotros, el magnum miraculum de la naturaleza, de  quienes  Shakespeare  dijo  que   "lloriqueamos y vomitamos en brazos de la niñera" -desdentados, débiles, descoordinados e incapaces de alimentarnos solos -, somos, al nacer, víctimas potenciales, porque si nadie nos cuidase, nos moriríamos. Expulsados del Edén, que es el útero, sin contar con elementos tan básicos como nuestro propio coche, nuestro propio piso y nuestra propia tarjeta de crédito, necesitamos una madre o una madre sustituta de quien podamos depender, y esta inmediata y absoluta dependencia física da origen a un apego emocional profundo y duradero a esa fuente primaria de vida, apego que no tiene otro contrapeso que nuestros posteriores esfuerzos por separarnos de ella. Y como en el comienzo la madre es todo nuestro mundo, empezamos a percibir el mundo a la luz de nuestras primeras experiencias de ella, y aprendemos a ser nuestra propia madre de acuerdo con el ejemplo que ella nos dio. Si ella es un contenedor seguro que puede satisfacer en la medida suficiente nuestras necesidades básicas - la "madre suficientemente buena" a que se refiere Winicott -, llegamos a ser adultos que confían en la vida y estamos convencidos de que el mundo es, en lo esencial, un lugar que nos apoya bondadosamente, porque hemos aprendido, por el ejemplo de nuestra madre, a ser bondadosos con nosotros mismos y a apoyarnos. Pero si se denigran o manipulan nuestras necesidades o, simplemente, no se hace caso de ellas, entonces nos convertimos en adultos que creen que el mundo está lleno de enemigos de una fuerza y una astucia sobrehumanas, y pensamos que la vida no favorece nuestra supervivencia, porque nosotros mismos no la favorecemos. Nuestra madre nos da el primer modelo concreto del instructivo cuidado de uno mismo que significa la Luna, nuestro primer ejemplo de lo que es posible lograr. Pero la Luna, el luminar que nos enseña a cuidar de nosotros mismos de acuerdo con nuestras propias y peculiares necesidades está en última instancia dentro de nosotros, y puede enseñarnos -si nuestra experiencia inicial no fue "suficientemente buena"- a sanar nuestras heridas, de modo que finalmente podemos confiar en la vida.

La diferenciación de nosotros mismos como entes por derecho propio, relacionados con nuestra madre pero diferentes de ella, es el anuncio de nuestro nacimiento psicológico. Hay algo dentro de nosotros que lucha contra la total dependencia y la fusión de la infancia, y que nos va guiando por el camino largo y espinoso que nos lleva a convertirnos en seres independientes con poder sobre nuestra propia vida. Y esto no es cuestión simplemente de que nos salgan dientes y aprendamos a morder a otros cocodrilos. El Sol, el luminar que nos instruye en los ritos y rituales de la separación, nos atrae con el gran misterio del "yo", la reluciente promesa de una personalidad distinta y auténtica, que sea diferente de las otras y que tenga no sólo el ingenio necesario para sobrevivir, sino también la capacidad de llenar la vida de significado, sentido y alegría. Tal como nos lo presenta el viaje del héroe arquetípico, el pasaje de la dependencia de la madre a una existencia independiente, en lo interior y en lo exterior, está erizado de miedos y peligros. La unidad con la madre es bienaventuranza, es el capullo intemporal y eterno del Jardín del Paraíso, donde no hay conflicto, soledad, dolor ni muerte. Pero la autonomía  y la autenticidad son solitarias, porque, ¿y si nadie nos ama? Además, ¿de qué sirven tanta lucha y tanta angustia si un día, como todas las criaturas vivientes, hemos de morirnos? Al parecer, nuestros maestros interiores, como Marduk, el dios babilónico del fuego, y su oceánica madre Tiamat, están trabados en mortal combate. O, como dice el poeta Richard Wilbur: "Esta planta querría crecer y seguir siendo semilla, / desarrollarse y sin embargo escapar / del destino de adquirir forma...".

Se ha dicho que la historia es el relato del despliegue de la conciencia. Así como nuestra historia personal se inicia con la salida del niño de las aguas uterinas, también la historia mitológica del universo comienza con el dios o el héroe solar que emerge triunfante del cuerpo de la Gran Madre primaria. La batalla del héroe con la madre (el dragón) y su definitiva apoteosis en brazos de su padre divino no son, ciertamente, el final de la historia, ya que en última instancia debe regresar de las alturas olímpicas para unirse, en su condición de ser humano, con su complemento femenino, transformado -merced a los esfuerzos del héroe- de dragón en mujer amada. Pero el héroe solar que llevamos dentro, dispuesto a la lucha durante un tiempo (que es a veces el tiempo de una vida), es ese luminar interior que orienta la emancipación del ego de las compulsiones ciegas e instintivas de la naturaleza hasta que se convierte en "mi" luz, inicialmente solitaria, pero realmente indestructible.

El Sol y la Luna simbolizan dos procesos psicológicos básicos, pero muy diferentes, que actúan dentro de todos nosotros. La luz lunar que nos seduce para hacernos volver a una fusión regresiva con la madre y a la seguridad del contenedor urobórico es también la luz que nos enseña a relacionarnos, a cuidar de nosotros mismos y de los demás, a pertenecer, a sentir compasión. La luz solar que nos conduce a la ansiedad, el peligro y la soledad es también la luz que nos instruye sobre nuestra divinidad oculta y -tal como lo expresó en el siglo XV Pico della Mirandola- sobre nuestro derecho a ser orgullosos cocreadores del universo de Dios. Encontrar un equilibrio viable entre estas dos luces, una coniunctio alquímica que rinda honor a ambas, es el trabajo de toda una vida. La diferenciación del yo a partir de la fusión con el mundo de la madre, de la naturaleza y de lo colectivo nos permite alcanzar la razón, la voluntad, el poder y la capacidad de elegir, y en términos históricos esto ha generado los notables adelantos sociales y tecnológicos de nuestra cultura occidental del siglo XX. Podemos idealizar el distante pasado de un mundo matriarcal más "natural", pero cuando consideramos lo que había entonces para ofrecer -una esperanza de vida de veinticinco años, un total desvalimiento frente a la enfermedad y las fuerzas de la naturaleza y un desprecio absoluto por el valor de la vida individual - podemos apreciar mejor cuál es el don que nos ha concedido nuestro instructor solar durante el largo viaje evolutivo que hemos realizado desde que salimos de la caverna madre. Sin embargo, tal vez hayamos ido demasiado lejos, a expensas del corazón y del instinto; y nuestro ciego maltrato de la madre tierra nos ha llevado al borde de un abismo ecológico. Con los ojos fijos en el resplandor de la luz solar, nos hemos disociado míticamente de la madre en vez de diferenciarnos de ella, y así como una vez estuvimos a su merced, ahora ella está en igual situación ante nosotros... tal como lo están nuestros cuerpos y nuestro planeta. También en nuestra vida personal parecemos estar todavía luchando por conseguir ese equilibrio rítmico que se refleja en la danza cíclica del Sol y de la Luna en los cielos. Jung decía que si algo anda mal en la sociedad, algo anda mal en el individuo; y si algo anda mal en el individuo, algo anda mal en mí. "Mí" se refiere tanto al Sol como a la Luna, dos maestros interiores que, debido a sus peculiares emplazamientos en cada carta natal, nos proporcionan nuestras personales normas de excelencia en lo que se refiere al cuerpo, al corazón y a la mente, y nuestros modelos personales de lo mejor que podemos lograr para el despliegue del espíritu y el alma. Por más poderosos que puedan ser en la carta natal los planetas más lentos, en última instancia son el Sol y la Luna los que deben canalizar y dar cuerpo a esas energías, y modelarlas en la experiencia y la expresión individuales. Entender que el Sol y la Luna son descripciones de rasgos de carácter no es más que empezar a entender la astrología; sin embargo, cultivar lo que simbolizan los luminares de modo que lleguemos a ser vasijas adecuadas para contener lo que hay dentro de nosotros puede ser el mayor reto que hemos de afrontar y el mejor logro que podamos alcanzar en una vida individual.

Liz Greene
Howard Sasportas
Londres, noviembre de 1991